Los flujos de haitianos a RD: ¿inmigraciones o “invasiones pacíficas”?

Por: JULIO CESAR MEJIA SANTANA

Desde las primeras migraciones humanas que salieron del más viejo continente (África) – “donde se inició toda la aventura humana en forma de grandes corrientes migratorias” hasta colonizar el espacio planetario-, como bien señala el historiador y poeta de Benín Zakari Dramani-Issifou de Ceelxa en su libro África Genetrix-, miles de millones de seres humanos se han traslado de un sitio a otro para protegerse de fenómenos climáticos, de las hambrunas u otra forma de violencia o para mejorar sus condiciones de vida[1], y no con intenciones de conquistar territorio a la fuerza o de manera pacífica.

Si bien por millones de años las migraciones humanas en el planeta  estuvieron asociados a la expansión y colonización y/o conquista de nuevos territorios habitables, que en la mayoría de los casos implicaban la penetración no autorizada por la fuerza a otro territorio demarcado de un conglomerado humano determinado, desde la perspectiva contemporánea de la demografía, la sociología, la antropología y otras ciencias sociales y disciplinas, los movimientos o desplazamientos de personas de un país a otro en la época moderna están motivados por asuntos de orden laboral, estudios, infraestructura de servicios y otras mejores facilidades que ofrece el país receptor, salvo algunas excepciones, como traslados forzosos, movimientos masivos de refugiados, etc.

Un ejemplo histórico, en época menos remota, de esta confusión de términos o conceptos al respecto, es el calificativo de “invasiones” (de “bárbaros”) que hace la historiografía tradicional de los grandes desplazamientos de pueblos seminómadas de las regiones más frías de Eurasia hacia el sur impulsados por las frías heladas que se produjeron entre los años 535 y 536 d. C., en los que no existía un liderazgo militar claro o intenciones expansionistas. Muchos de esos contingentes de población cruzaron las fronteras relativamente desarmados y no al modo de una invasión militar organizada, si bien esas migraciones empujaron a su vez a otros pueblos que acabaron presionando sobre la fronteras de los imperios de la zona templada como el Imperio Romano, el Imperio Sasánida o el Imperio Gupta[2].

Según el Diccionario Demográfico Multilingüe versión en español, “Se da el nombre de migración o movimiento migratorio al desplazamiento, con traslado de residencia de los individuos desde un lugar de origen o lugar de partida, a un lugar de destino o lugar de llegada y que implica atravesar los límites de una división geográfica”[3].  El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define invadir -del latín invadere– como “interrumpir, entrar por la fuerza”, “ocupar anormal e irregularmente un lugar”[4], y en Wikipedia como “una acción militar que consiste en la entrada de las fuerzas armadas de una entidad geopolítica en el territorio controlado por otra entidad semejante, normalmente con el objetivo de conquistar el territorio o cambiar el gobiernoestablecido”[5].

Pese a la precisión conceptual anterior, en la actualidad, políticos, intelectuales y opinadores de derecha e izquierda, comunicadores y sectores de la opinión pública siguen denominado como “invasión” en sus respectivos países los desplazamientos o flujos de mexicanos y centroamericanos a EEUU, de centroamericanos en México, de colombianos al Perú, de italianos a Suiza, personas, de turcos en Alemania, de Sirios refugiados en varios países de Europa, de africanos y europeos del este en Italia, de africanos en España, de haitianos a República Dominicana, para citar algunos casos. Sin embargo, son claras las evidencias de que esos movimientos contemporáneos de personas no se enmarcan dentro de una estrategia político-militar deliberada de ocupación o colonización del territorio donde se asientan.

En el caso de la República Dominicana, la pregunta clave es ¿constituyen en general los flujos o entradas de personas desde Haití o en particular las entradas transfronterizas no autorizadas o ilegales de haitianos al territorio dominicano y su radicación posterior un fenómeno de naturaleza migratoria o una “invasión “pacífica”?

La idea de una “invasión pacífica” por parte de los nacionales haitianos que ingresan a territorio dominicano desde Haití es de larga data. La percepción de los dominicanos en general y en particular de las élites políticas e intelectuales conservadoras sobre los flujos de población desde Haití, tanto los de carácter permanente o temporal y los movimientos transfronterizos, ha estado históricamente signada por  las invasiones militares haitianas que sucedieron a la rebelión independentista de 1844 hasta el año 1959.

Esas invasiones reales, y sobre todo las atrocidades y atropellos cometidos por las tropas haitianas de invasión en varios casos, “han marcado la memoria nacional dominicana” y son  “son realmente la raíz histórica de ambas formas de antihaitianismo”, como bien sentencia el prestigioso historiador Frank Moya Pons, memoria que se actualiza en el presente de manera tan viva y palpable que sectores políticos, sociales y de opinión que reivindican en la actualidad el nacionalismo como ideología política siguen denunciando y alertando sobre el peligro de la “invasión pacífica”, “haitianización creciente del país”  y  hasta de la “colonización del territorio dominicano” por parte de los haitianos, apelando a argumentos nacionalistas tradicionales que datan de la época de las guerras dominico-haitianas del siglo XIX.

Desde la proclamación de la República Dominicana, el Estado dominicano se vio compelido a recurrir a la memoria colectiva, haciendo uso de los temores  de la población dominicana a la guerra con Haití instrumentalizando un antihaitianismo de Estado para mantener y elevar el espíritu bélico del pueblo dominicano, sobre todo el de las tropas militares que luchaban con elevado coraje y gallardía para preservar la naciente República.

Si bien esta instrumentación del antihaitianismo cesa en los años que sucedieron la guerra restauradora por la colaboración a la misma que prestó el gobierno haitiano y por las relaciones de reciprocidad que fomentaron ambos gobiernos una vez finalizada la guerra, resurgió en el último cuarto del siglo XIX y continuó a principios del siglo XX en medio de las tensas negociaciones sobre los límites fronterizos que durante varias décadas sostuvieron   los gobiernos dominicano y haitiano, incluso en algún momento con la mediación del Papa León XIII.

Pero es en la Era de Trujillo, a partir de 1937 y 1938, cuando el antihaitianismo se erige como ideología oficial de Estado, y asume el racismo como elemento especial de su propia definición -lo cual complejiza aun más la problemática, pues “su propósito fundamental, a partir de ese momento no fue tanto mostrar las diferencias políticas con Haití, sino enfatizar las diferencias raciales entre ambos pueblos. El Estado hizo acopio de nuevo todos los contenidos del antihaitianismo histórico y los convirtió en el material fundamental de una nueva propaganda antihaitiana” (Moya Pons, 2012).

El trastocamiento de la memoria histórica propiciada por las élites intelectuales hispanófilas  y sectores políticos conservadores desde el siglo XIX ha incluido como estrategia política y educativa de alienación la ocultación de hechos históricos trascendentes y de colectivos humanos y personas que evidencian la decisiva partición de dominicanos afrodescendientes en la proclamación de la República, en su defensa ante las amenazas y ataques militares de Haití, y en su posterior construcción y consolidación. Un ejemplo de ello sería el “blanqueo” que hace – de manera deliberada, según hipótesis del filósofo e historiador Pablo Mella- el insigne historiador José Gabriel García del “Batallón Africano” y del Regimiento No. 1 de la naciente República -conformado por los batallones 31 y 32-, mayoritariamente compuestos de afrodescendientes dominicanos  – antiguos esclavos o libertos y mulatos de extracción popular-, liderados, el primero por Santiago Basora y Esteban Pou, y el segundo por el dominico-haitiano Pablo Alí. Como señala Mella en su libro Los espejos de Duarte:

“Ante la cantidad de testimonios que he encontrado al respecto, me inclino a defender la hipótesis de que la llamada historiografía liberal” de José Gabriel García “blanquea” narrativamente a estos batallones, porque tiene que admitir contra su juicio racista que ellos representaban la fuerza militar más importante del lado dominicano en 1844”[6]

Las consecuencias de este “blanqueo” o maquillaje han sido tales que los registros oficiales de identidad personal de los dominicanos no permiten conocer la composición etno-demográfica o racial de la población nativa, pues un poquísimo numero de los dominicanos son registrados como negros, y la inmensa mayoría se le identifica como indio (“claro” u “oscuro”, ni siquiera mulato o mestizo), una categoría antropológica e históricamente inexistente, escamoteando los rasgos fenotípicos afroides de la mayoría de los cedulados.

El sustrato racista de la ideología antihaitiana  sigue aún vivo, y  continua operando de hecho, en la sociedad dominicana contemporánea, como un mecanismo sico social y sociolingüístico para ocultar la infravaloración que se hace de las herencias africanas –con predominio de las de tipo fenotípica y estética-, una realidad muy presente en la cotidianidad de los dominicanos, practicada con frecuencia de manera tan ingenia y cruda -aunque a veces velada- que violenta públicamente las reglas mínimas o básicas de decencia y convivencia civilizada que hemos construido en los últimos siglos los seres humanos. Como bien afirma Pual Collier en su excelente libro Éxodo: Inmigrantes, emigrantes y países de (2013)[7] “La mayoría de los inmigrantes de los países pobres tienen una raza distinta a la de la población nativa de los ricos países de acogida, con lo que la oposición a la inmigración raya peligrosamente el racismo”.

Ahora bien, es con la unificación política de la Isla en 1822, sobre todo con la conformación de asentamientos campesinos que implicó el traslado de cientos familias haitianas a la parte este de la isla, que se inician los flujos de personas al territorio de RD desde Haití en magnitudes significativas. Luego de la Separación de Haití en 1844 y hasta 1934, decenas de esas familias se quedaron en territorio dominicano, y se asimilaron gradualmente a la sociedad o se dominicanizaron.

Durante los primeros noventa años de vida republicana, entre 1844 y 1937, decenas de familias haitianas se quedaron en territorio dominicano, se asimilaron a la sociedad dominicana o se dominicanizaron-hecho que ha sido desconocido u ocultado por la historiografía tradicional-, lo que se originó en las élites intelectuales de la época la idea de “invasión” u “ocupación” “pacífica” del territorio dominicano por parte de inmigrantes haitianos. Este proceso de asimilación o criollización se interrumpió en 1937 con la matanza de haitianos ordenada por Trujillo (“el Corte”) y su programa de dominicanización de las tierras fronterizas

Por otro lado, pese a la matanza de miles de haitianos en 1937, el cierre y militarización de la frontera y la implementación del programa de dominicanización fronteriza por el gobierno de Trujillo, los cruces transfronterizos de población haitiana no se detuvieron, dando lugar incluso a una sub población bilingüe (“rayanos” y “am-bas-fils”) asentada en la línea (“raya”) fronteriza. Una población, como bien lo describe Moya Pons “un conglomerado de personas más o menos bilingües y más o menos binacionales, más o menos católicas y más o menos voduístas, más o menos negras y más o menos mulatas, más o menos dominicanas y más o menos haitianas”.

Sin embargo, desde principios del siglo pasado, los flujos estacionales de braceros haitianos a la industria azucarera, y posteriormente a otros cultivos agrícolas (café, arroz, cacao, etc.) fueron dominantes durante varias décadas, y  desde los años 80, con la crisis, privatización y quiebra de la mayoría de los ingenios azucareros, el colapso del acuerdo de contratación anual de braceros haitianos, entre los gobiernos dominicano y haitiano -el primero suscrito en 1952- y la inestabilidad política en Haití, los flujos de personas de Haití a RD son muy variados en términos de la finalidad u objetivo (laboral, por estudios, turismo, negocios, etc.), su forma de penetrar al territorio (aérea, terrestre, marítima), su autorización legal o no (con visado, sin documentación por la frontera), según la estadía en RD (de residencia habitual en RD, temporal, circular, transfronterizo). Anualmente entran a territorio dominicano por la frontera de manera no autorizada legalmente un número no bien cuantificado de haitianos, sino también que miles de ciudadanos haitianos entran cada año con visa de turista otorgada por los consulados de RD en Haití, muchos de los cuales se radican en el país, dinero recaudo por esas visas que en parte ha enriquecido a personas de las élites económicas y sociales del país que han tenido el privilegio de ostentar cargos -en su mayoría sin ser diplomático de carrera-, y es una fuente importante de recaudación de ingresos del fisco.

Entender los desplazamientos internacionales de personas en general, y en particular, los flujos de personas de Haití a la República Dominicana -ya sean regulares o irregulares- como movimientos de población o migraciones que se producen por factores de expulsión en el lugar de origen (Haití, por ejemplo) contrasta  con el enfoque, visión o (pre) juicio en la que se inscriben sectores políticos, intelectuales, sociales y religiosos locales que, desde una postura política de corte neo nacionalista y con tintes racista, postulan que los flujos de personas a nuestro país desde Haití y su patrones de asentamiento en territorio dominicano constituyen más bien una “invasión pacífica” o “colonización”  del territorio de RD.

De manera similar que las grandes oleadas migratorias “de pueblos nómadas y seminómadas en el pasado que buscaban lugares de asentamiento más favorables, los actuales flujos de haitianos hacia la RD son en su mayoría de pobres que buscan sobrevivir, no gente con intención de conquistar ni colonizar ni poseen los más mínimos recursos militares, económicos, políticos, sociales, educacionales, religiosos ni de algún otro tipo para invadir el territorio de asiento.

Si bien la magnitud creciente de entradas ilegales de personas a territorio nacional por la porosa frontera dominico-haitiana, como resultado de la compleja y bien organizada red traficantes de personas reclutadores  e intermediarios, con la complicidad de militares y personal de migración, no se sostiene el argumento de que la gestión del Gobierno dominicano es desbordada por la incompetencia en el manejo del control fronterizo.

Finalmente, ¿cuáles consecuencias tiene y podría tener la idea, consigna y advertencia de “invasión pacífica” de haitianos en la sociedad dominicana?

Tiene al menos las siguientes implicaciones y consecuencias negativas:

  • Invasión es un término con alusiones negativas, cargado de estereotipos y prejuicios, que desvirtúa la realidad y provoca un estado de alarma al fomentar un sentimiento de amenaza y peligro dentro de la población autóctona que si bien demográficamente existe por una potencial capacidad emigratoria de Haití –pero que también es una oportunidad al poder contar con fuerza laboral no calificada barata- militar y geopolíticamente es insostenible. Tampoco no debe ser motivo o excusa para escandalizar apocalípticamente con  juicios  agoreros ni frivolizar intelectual y políticamente la presión demográfica, que con todas sus connotaciones de orden económico, social, político, cultural, étnico y religioso, parece ejercer el potencial migratorio de Haití.
  • Palabras como “invasión pacífica”, “horda negra”, “avalancha”, etc. transmiten además la idea de la inmigración como una presión sin precedentes que está fuera de control porque desborda las posibilidades de gestión y control del Estado dominicano, lo cual es insostenible.
  • La implicación más peligrosa de la supuesta “invasión pacífica” es que al ser un término con connotaciones bélicas, su solución será siempre de corte militar violenta, como lo están demandando algunos sectores de la sociedad dominicana, incluso personas muy ilustradas, pues si se está enfrente de una invasión de depredadores de valores morales y costumbres (“de las hordas negras”), entonces el problema es de soberanía, de desnacionalización, de pérdida progresiva de la fisonomía española, de decadencia de la “raza” dominicana. Y la solución que se desprende de este razonamiento sería la reedición, esta vez como falsa comedia, de la tragedia de de miles de haitianos  en 1937, la “purificación”, “depuración”, o “limpieza étnica”, ideas fascistas en las que se han inspirado el más abyecto un fundamentalismo religioso y fanatismo racial –tanto en Europa como en África- para justificar matanzas masivas como las de los kosovares de origen albanés por los serbios, de los tutsis por los hutus en Ruanda y  de los judíos por los alemanes durante la segunda guerra mundial.

Mi recomendación final como investigador y ciudadano afrodescendiente es que, dado que dado que no existe una política oficial del estado que promueva la percepción de “una invasión pacífica” y el antihaitianismo, todo dominicano -se reivindique o no como patriota- está en el deber cívico y ciudadano de colaborar para desterrar de nuestro léxico términos que expresen ideas tóxicas acerca de la inmigración de haitianos, tales como “invasión pacífica”, o invasión de “hordas negras” de haitianos”, pues antes de contribuir a crear un ambiente adecuado para el entendimiento de una problemática muy sensible para los dominicanos, oscurecen el camino en la búsqueda de una solución racional a un problema complejo que data de casi un siglo.

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