Cannes, la ciudad que no verá nunca en las noticias

 

 

JOSE RAFAEL SOSA
CANNES, Francia. Fuera de toda duda, la elegancia exquisitamente  farandulera con sabor a Jet Set Internacional que emana por los poros sensibles esta ciudad. El Cine parece marcarlo  todo.  El viajante que llega al Aeropuerto de Niza y que es llevado a Cannes, se deleita con un paisaje verde que asalta la vista, con una arquitectura ya modernísima o proveniente de los castillos medioevales, conservados como tesoro colectivo, tiende a imaginar una ciudad en la cual el espacio de lo ordinario,  de lo aburridamente común, debe ser la excepción.
Más no es así. Tras la estelaridad mediática y real con que el cine asalta esta ciudad, desde sus escaparates en los que aparecen inmensas claquetas, donde las tiendas de joyas se llaman Cinecitá o se apellidan Loren ó Bardott, existe una comunidad con necesidades tan comunes como hacer cumplir las leyes de tránsito, comprar frutas o sacar a pasear las mascotas y las criaturas procreadas, ambas en su respectivo lugar de importancia.
No todos en Cannes son directores y productores de cine. Ni estrellas rubias despampanantes. Hay gente normal: madres y padres con sus hijos, obreros encargados de las más ordinarias funciones municipales. Reglas de tránsito que se cumplen, mascotas tratadas con amor, y una ciudad encantadoramente provocativa al consumo.
El nombre original de esta comuna francesa, emplazada en los Alpes Marinos, es Kan, pero hoy día, tras 66 años celebrando el Festival de Cine más prestigioso del mundo, la imagen que tiene este destino turístico, se lo debe tanto a la industria del cine como al MIDEM, el mercado del disco europeo de mayor tradición y fuerza comercial.
Pero  ni  la bucólica imagen que ofrecen las postales de la Riviera Francesa, ni todo el volumen de información que emana del 66 Festival y su historia, dan una idea exacta de lo que es ésta comunicad  en su rol de ciudad. Esta no es una ciudad solo para captarla en cine o destinada a las apariencias, a veces superficiales e inútiles-.
El lema de la ciudad :«La vida es un festival», no es aplicable ciento por ciento a su discurrir como comunidad: hay pedigüeños y abandonados de la mano de Dios  que ofrecen piezas en violín a cambio de que el transeúnte sensible y compadecido, deje uno o dos euros a sus pies, las bicicletas ordinarias (que deben costar no más de 50 euros, como máximo) comparten las vías públicas como si nada con los «Lamborgini» y los BMW del año, los obreros del ornato de la ciudad, bregan con alcantarillas y los policías municipales, que dominan mínimo cuatro idiomas, multan a los conductores mal parqueados mientras se ocupan de que el tránsito en la avenida de la Riviera Francesa (el equivalente al malecón de Santo Domingo, pero con sus debidas distancias respetadas).
Una ciudad viva, con gente ordinaria, con personas comunes, que cruzan sin mirar las ofertas de los escaparates, que exhiben trajes y accesorios que la mayor parte de quienes viven aquí, jamás usarías.
Una ciudad para el consumo visual y de un desafiante «efecto demostración» , tras la cual queda una comuna que se desarrolla a diario, construyendo una cotidianidad que pocos valoran.
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