
“Sin disciplina ciudadana no hay futuro económico”
Por: Yanio Concepción
La República Dominicana necesita con urgencia un cambio económico real y sostenible. Sin embargo, ese cambio no puede seguir apoyándose en promesas fáciles ni en visiones idealizadas del desarrollo, porque el país que anhelamos no se construye desde el discurso, sino desde la producción de riqueza, el trabajo decente y una disciplina ciudadana orientada al bien común.
Durante años hemos querido vivir de un ideal de bienestar sin asumir plenamente la responsabilidad de generarlo. Pretendemos avanzar sin fortalecer la productividad, sin aprovechar de manera estratégica nuestros recursos naturales y humanos, y sin consolidar una cultura del trabajo que dignifique y eleve a la persona. Ninguna sociedad progresa sin esfuerzo colectivo ni sin reglas claras.
En ese contexto, el cooperativismo y la economía social y solidaria representan una alternativa seria y probada para impulsar un desarrollo más equitativo e incluyente. No se trata de regalar ni de promover el asistencialismo, sino más bien de empoderar.
El cooperativismo educa, organiza y democratiza la economía, permitiendo que más ciudadanos accedan a oportunidades reales, con responsabilidad y corresponsabilidad.
Nada verdaderamente sostenible es gratis. Cuando el Estado o cualquier institución reparte beneficios sin formación ni compromiso, lo que se genera es dependencia y parasitismo social.
El bienestar social auténtico no se improvisa: se construye con trabajo decente, educación económica, esfuerzo colectivo y con las buenas prácticas de los valores. El cooperativismo no crea clientes del sistema, forma ciudadanos económicos disciplinados y responsables.
Al analizar la realidad latinoamericana, resulta pertinente la reflexión del periodista Roberto Mazzini, radicado en Colombia, quien ha señalado que para que un modelo colectivista sea mínimamente funcional debe existir una base sólida de riqueza y condiciones estructurales muy específicas.
Sociedades como Suecia, Noruega o incluso China han logrado altos niveles de cohesión social porque son altamente productivas, disciplinadas y con instituciones fuertes.
En estas naciones, el cumplimiento de las normas no es opcional, el abuso del sistema es sancionado y el esfuerzo individual que aporta al bien colectivo es reconocido. El Estado goza de autoridad y legitimidad, no por imposición, sino por confianza ciudadana. Lamentablemente, ninguna de estas condiciones se cumple plenamente en América Latina y el Caribe, porque nuestra región arrastra históricamente instituciones débiles, bajo nivel de productividad y una cultura frágil de lo colectivo.
Con frecuencia se premia al que se aprovecha del sistema, pagar impuestos se percibe como un castigo y el saqueo de los recursos públicos se normaliza. En ese escenario, insistir en modelos que prometen redistribuir riqueza sin crearla solo conduce a repartir pobreza.
La experiencia internacional demuestra que el único camino probado para sacar a los pueblos de la pobreza es el trabajo sostenido, la disciplina social y un sistema económico organizado con reglas claras.
Países como Japón, Corea del Sur, Singapur o Malasia eran más pobres que muchas naciones latinoamericanas tras la posguerra, y hoy son potencias económicas. No lo lograron con dádivas, sino con educación, trabajo y disciplina.
La República Dominicana necesita avanzar hacia un modelo equilibrado que articule tres pilares fundamentales: una economía privada transparente y productiva; una economía pública con gobernanza y enfoque en la equidad; y una economía social y solidaria fuerte, basada en el cooperativismo, la participación y la rendición de cuentas.
Este modelo solo será posible si asumimos una cultura de disciplina ciudadana, tanto de los gobernantes como de los gobernados. Como bien advierte Roberto Mazzini, debemos dejar de creer en líderes que prometen riqueza sin esfuerzo ni trabajo duro. Si queremos distribuir riqueza, primero debemos generarla. Y eso solo se logra con trabajo decente, valores y compromiso colectivo.
El cambio económico que necesita la República Dominicana comienza por la disciplina ciudadana y por la decisión firme de construir prosperidad, no de administrarle pobreza al futuro.


