ALAILÁ, NUESTRA SEÑORA DE LA ALTAGRACIA.

ALAILÁ, NUESTRA SEÑORA DE LA ALTAGRACIA.

 

Amín Arias Garabito

Político dominicano residente en Europa

@AminArias

 

21 de enero, Día de Nuestra Señora de la Altagracia, advocación católica de la Virgen María, de la que hay varias versiones sobre su aparición o llegada a la isla de Santo Domingo.

Consta en una Cédula Real de 1506 que los hidalgos Alonso y Antonio de Trejo, hermanos naturales de Plasencia, Extremadura, vivían en esa fecha en La Española. Como una de las versiones les atribuye a ellos el hecho de llevar desde tierras extremeñas una imagen de la Virgen, se da por sentado que para esa fecha ya se encontraba en Santo Domingo la advocación, aunque un fuera popular.

Otra versión es que apareció a unos campesinos encima de un naranjo. Otra, que durante la Guerra de la Reconquista, los dominicanos se encomendaron a ella y ganaron la batalla a los franceses en el Este.

Independientemente de las versiones que alimenten el mito de la aparición de la Virgen, lo cierto es que el pueblo dominicano empezó a venerarla. Los criollos celebraban su festividad en esa fecha con misas. Pero los africanos, que tenían prohibido adorar a sus dioses, los mulatos y el pueblo en general que tenía sus propias creencias, se buscaron las castañas para seguir con las celebraciones de la diosa Alailá.

Efectivamente, Alailá  es el nombre de la diosa africana que honraban los esclavos y sus descendientes de la isla de Santo Domingo el 21 de enero, y que, por razón de mantener sus creencias vivas, sortear la prohibición de la Iglesia, y por el sincretismo sobrevenido del pueblo dominicano, tomó la iconografía de Nuestra Señora de la Altagracia, para así protegerla, engañando a sus amos para que no les prohibieran más hacer sus celebraciones.

Los esclavos disfrazaron sus celebraciones ancestrales con manifestaciones sincréticas, se rindieron, aparentemente, al catolicismo, con el único fin de mantener viva su religión. El resultado somos nosotros.

Pocos hablaremos de ella mencionando su verdadero nombre. Sin embargo, nos perderemos en las celebraciones que acompañan esa herencia africana. Y no pararemos de bailar Palos, entonar salves y llamar a los luases de las 21 divisiones de nuestra religiosidad popular, del vudú dominicano. Muy pocos reconocerán una diosa africana en esa imagen que veneran.

¡Cómo me gustaría que desterrásemos de una vez por todos esos prejuicios que nos han llevado a abandonar nuestros orígenes! Cómo me gustaría que abrazásemos a África, cuna verdadera de más del 80% de la población dominicana y Madre de nuestra cultura, que es sincrética con la europea, cierto, pero que cuando nos miramos al espejo vemos más cosas que «el negro detrás de la oreja».

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