Amor y la unidad familiar muro contra la violencia

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María de la Cruz

Socióloga dominicana residente en España

 

 

La violencia no es una realidad solamente de hoy.  Es tan antigua como la misma sociedad y es tan poliforme como los seres humanos, las guerras, sin sentido, las matanzas étnicas  , los odios eternos entre pueblo semejantes , los duques irracionales que separan seres humanos por la xenofobia o el racismo, fronteras mas allá de los límites geográficos fundamentadas en el poder y en el dicho popular que reza “quien más puede menos llora”, las incompatibilidades culturales que superan odio y venganza sin sentido y según vamos descendiendo, vivimos día a día la violencia en nuestro quehacer diario, hasta hacerla parte de nosotros mismos y ejercerla automáticamente como si fuera un derecho personal.

Por eso cuando Gandhi decía que a la violencia solo se le combate con la no violencia que es la otra cara del ser humano, lo único que nos pedía, era un ejercicio racional de rearmar nuestra conciencia humana  social, para descubrir su gran valor en la construcción de una sociedad digna de seres racionales.

En ese sentido cuando se habla de violencia, nos referimos a cualquiera de sus manifestaciones, a la violencia estructural, en todos los niveles de la vida y de la condición humana que, se ejerce desde el poderío que impone la ley del más fuerte para justificar lo injustificable.

Hemos hecho de la vida a través de la historia, la universidad de la violencia, y somos los catedráticos más profesionales y eficaces, que gradúan a otros alumnos con un ejemplo tan eficaz, que validamos en la premisa, que dice, que la violencia solo genera violencia. Ej. si nuestro hijo pequeño llora, le aplicamos nuestro remedio, porque supuestamente nosotros sabemos porque lo hace, si se queja nosotros queremos saber más que él sobre lo que le duele, se va siendo joven y manifiesta algún problema, le aplicamos los remedios que nos aplicaron a nosotros, sin preguntarnos cuál es la causa del problema, les aplicamos las soluciones que nos parecen a nosotros, sin darnos cuenta si en nuestras actitudes estamos ejerciendo algún tipo de violencia.

No podemos situarnos en el contexto de que ante la violencia estructural, nada se puede hacer, y menos cambiar  porque la historia también nos habla de hombres y mujeres que han ido cambiando las condiciones de vidas de los seres humanos para que hoy podamos disfrutar  sus conquistas, pero para eso debemos situarnos cada quien en nuestro contexto y desde allí actuar. Uno de esos referentes es la familia.

La familia como fundamento de la sociedad, debe realizarse en la igualdad para que pueda llegar a lograr los objetivos esenciales de su constitución. Es el lugar donde el hombre y la mujer se complementan en su feminidad y masculinidad, pero sobre todo en la creación de los muros de la no violencia. En ella encontramos la función activa del amor que debe derrumbar las incomprensiones y dar alas a la razón y a los sentimientos más notables del ser humano. La familia es la escuela primaria de los valores más notables que deben habitar en el ser humano y los hijos deben forjarse en esa cultura.  El ejercicio de la no violencia es el principal objetivo para eliminar el maltratador egoísta que llevamos dentro.

Recuperar los espacios de la familia, de la escuela, de la comunidad natural, del barrio, para que tomemos conciencia de nuestra condición humana, como ciudadanos llamados a vivir los valores de la justicia y la igualdad, que construyan los pilares del ejercicio para la no violencia.

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