Carnaval dominicano: desborde de alegría en festejo tradicional

Carnaval dominicano: desborde de alegría en festejo tradicional

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Santo Domingo (PL). Desfiles de carrozas, comparsas y personajes emblemáticos protagonizan las tardes dominicales de febrero en la capital dominicana, cuyo carnaval 2014 atrae la atención de decenas de miles de participantes.

A diferencia de otros años, en un escenario diferente, la céntrica avenida Máximo Gómez, desde la calle José Contreras hasta el Malecón, acoge el festejo con predominio de vivos colores y la alegría entre los asistentes de todas las edades.

Califé, los africanos, los indios, la muerte y los pintaÂ?os, entre otros animadores del jolgorio, de acentuado arraigo popular, se mezclan con el público, cada vez más ávido de nuevas exhibiciones artísticas.

Ti-ti, manatí; ton-ton, molondrón; roba la gallina, palo con ella, vocea el coro mientras el personaje disfrazado pide dinero o comida para «sus pollitos» en los establecimientos comerciales.

Varias monedas, un billete de baja denominación y algunos dulces se convierten en respuestas a la demanda antes de dar paso a una mayor algarabía de un grupo de niños, adolescentes y jóvenes que sigue «al ave doméstica» y se beneficia de sus gestiones. La escena anterior se repite en diferentes lugares del país durante los días de carnaval, aunque también otras representaciones forman parte de la tradicional fiesta.

Un recorrido por algunos sitios de la geografía nacional permite conocer a los platanuses, con sus llamativos trajes de hojas de plátano y mango, y a los diablos cojuelos, de las respectivas provincias de Sánchez Ramírez y La Vega. Muchos dominicanos afirman que en este último territorio ocurren las mejores festividades, cuyo origen data, según investigaciones históricas, de la segunda década del siglo XVI.

Desde entonces, los habitantes de la llamada Vega Vieja se disfrazaban de moros y cristianos, y realizaban celebraciones que evolucionaron hasta las actuales.

Expresiva teatralidad, baile de las cintas y los diablos, con trajes simples de color rojo, amarillo y verde y sus máscaras de orejas grandes, boca abierta y dientes al aire, son parte inseparable de las jornadas festivas.

Cada domingo de febrero, los referidos personajes salen a la vía pública armados de sus vejigas de toro, y golpean a todo el que ose bajar a la calle mientras respetan a los ocupantes de las aceras.

Un neófito cualquiera en estas tradiciones puede asombrarse con tales comportamientos, pero casi siempre quiere conservar el buen recuerdo de ser protagonista y no simple espectador.

Otras voces guardan todos los halagos para el carnaval de la Ciudad del Morro, de la provincia de Montecristi, donde contienden dos bandos y el látigo es usado sin piedad.

Por un lado, se encuentran los Toros, hombres que llevan una máscara distintiva con la imagen de esos animales y trajes de colores diversos, y en el otro, los Civiles, de pantalones cortos como parte de un atuendo normal.

El elenco ganador del enfrentamiento es aquel que soporta con mayor éxito los embates del contrario o consigue derribar o atemorizar a su oponente.

Con dos siglos y medio de existencia, este jolgorio posee símbolos mágico-religiosos de purificaciones, valor, machismo y relaciones que destacan su identidad, aseguran estudiosos del tema.

En las fiestas de Santiago de los Caballeros, la segunda ciudad más importante del país, también existe una histórica pugna entre los Lechones y los Pepines, cuyas respectivas caretas se asemejan a cerdos y llevan cuernos puntiagudos.

Mientras, los diablos cojuelos, como personajes centrales, reciben el nombre de Macarao y Taimacaro en las provincias de Hermanas Mirabal y Puerto Plata, por ese orden.

Los primeros muestran llamativos trajes de papel crepé y sus máscaras representan distintos animales, y los segundos reproducen deidades taínas en los antifaces y elementos de la cultura española y africana en el vestuario.

Sin embargo, la mayor cantidad de personajes se encuentran en Santo Domingo, sede de los actos oficiales y confluencia de las manifestaciones del resto de la nación.

Por las calles capitalinas, addemás, andan los trasvestis, los monos de Simonico, los galleros y el papelón, entre otros.

Durante las celebraciones, nunca faltan el merengue y la bachata para poner a bailar o hacer mover los cuerpos, repletos de felicidad, de casi todos.

Tampoco desaparecen las sutiles alusiones a la vida política y los temas actuales de preocupación de la mayoría del pueblo, que muestra su rica imaginación a la hora de expresar criterios propios.

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