Cerca de un millón de personas «comen» al año gracias a la Iglesia

El 60% de los acogidos por Cáritas llegan derivados por los ayuntamientos.

 

Madrid- Las siete hermanas de las Siervas de Jesús de la Caridad son el alma de la Obra Social Santa María Josefa. Trabajan en uno de los barrios madrileños donde más se percibe la crisis y «ofrecemos las 24 horas del día a los más necesitados», explica la madre Josefina. Además de promover un servicio de ropero cada tarde, su labor se centra en alimentar a unas 600 personas al día, de lunes a sábado. Entre ellas, más de 100 familias.

Su centro es uno de los más de 5.000 que Cáritas tiene distribuidos en todo el territorio nacional. De acuerdo con su Memoria 2010, más de 950.000 personas participaron en alguno de los programas de acogida y asistencia que ofrecieron para las personas menos favorecidas  que, desde que estalló la crisis económica en 2008, se han disparado. «En 2011 dábamos de comer a unas 400 personas al día. Hoy son más de 600», explica la hermana Josefina.  La mayoría de estas personas –«más del 60 por ciento», de acuerdo con Cáritas–, acuden a los centros de la Iglesia derivadas por los ayuntamientos.

Para acudir a uno de ellos, las hermanas reciben previamente una carta de los asistentes sociales o de una parroquia que les explica la necesidad de la persona que acudirá cada día a su comedor, aunque «en la puerta se agolpa mucha más gente de la que tenemos registrada y a todos les damos comida. Nunca decimos que no a nadie», añade la religiosa. Ni ella ni sus seis hermanas comprenden la apuesta de algunos ayuntamientos socialistas de obligar a la Iglesia a sufragar el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI): «Si nos obligan a pagar, faltarán recursos y muchas personas se quedarían sin comer. Empezarían a faltar alimentos», sostiene preocupada. No es la única que se opone a la medida que promueve la izquierda, los propios comensales se oponen a la idea: «Deberían predicar con el ejemplo», insiste Julián, que acude cada día por su menú. Una de las que le sirven la comida es Carmen Duesca, de 64 años. También es religiosa, de otra congregación, pero acude un día a la semana como voluntaria. Su labor es clave para el desarrollo de la acción de la Iglesia: «Llevo toda mi vida como voluntaria y sí he notado un cambio con la llegada de la crisis. Hay más gente pidiendo y viviendo en la calle. Además, las personas sin hogar ya no tienen aspecto desarraigado y cada vez son más jóvenes». Carmen, al contrario que la madre Josefina, no se opone al cobro del IBI: «No creo que sea la solución, pero podría ser una muestra de fe por parte de la Iglesia», explica. Carmen forma parte de un amplio grupo de voluntarios, más de 62.000, que ofrecen su tiempo sin esperar nada a cambio. «El perfil es muy amplio. Vienen muchos jubilados que deciden dedicar su nueva vida a ayudar al prójimo. Con el problema económico que atravesamos, también acuden más jóvenes», explica Josefina. «Ahora hay más solidaridad que nunca. Gracias a ellos funciona esta cadena», añade Carmen.

Entre los que acuden a los comedores sociales y a los centros de acogida ya no existe un perfil concreto. «Antes venían más mujeres, pero ahora ya no hay distinciones. La media está proporcionada, aunque los menores de 30 cada vez acuden con más asiduidad», insiste Josefina. Los inmigrantes siguen siendo uno de los  grupos con más necesidades.

 

LA RAZON

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