Creatividad y coraje para informar

Por Mori Ponsowy | Para LA NACION

El 17 de mayo, Sabino Alancay llegó en bicicleta al Concejo Deliberante de Rosario de Lerma, en Salta. Desde febrero había un vallado que impedía a los periodistas transmitir las sesiones, pero él estaba dispuesto a que los vecinos estuvieran informados. Estacionó su bici y entró a la sede del legislativo con una caña de pescar de dos metros y medio. Se detuvo obedientemente tras la valla y, desde ahí, ante la mirada atónita de los concejales, estiró la caña. Esperó a que su celular colgara sobre el centro de la mesa, atado al anzuelo como un pescado, y entonces dijo: «¡Estamos al aire!». En ese preciso instante, los rostros de los concejales cambiaron de color, los vecinos empezaron a escuchar a través de FM Argentina cómo se trataban sus asuntos y la presidenta del cuerpo, Alicia Nebrada, pidió que llamaran a la policía para que se llevara a Alancay de ahí.

Al rato, llegaron los uniformados. «¿Qué está haciendo?», le dijeron a Alancay. «Yo, trabajando», dijo él. «¿Y ustedes?» Desorientados, los oficiales comprobaron que el periodista no causaba desorden, ni le faltaba el respeto a nadie, así que le recordaron a Nebrada que, por ley, las sesiones del Concejo Deliberante son públicas.

Alancay tuvo suerte. En muchas ciudades argentinas lo que separa a los periodistas de los gobernantes es más que una valla capaz de ser salvada con ingenio. Un solo ejemplo: el 17 de abril, Sergio Luna quiso cubrir la sesión del Concejo Deliberante de Candelaria, en Misiones, y los concejales lo agarraron a trompadas. No se trata de algo que sucede sólo en poblados lejanos: en el Congreso Nacional los obstáculos a la prensa son mayores que nunca antes en democracia. El 4 de abril, durante el debate por YPF, se prohibió trabajar en el palco de periodistas; el 30 de mayo de nuevo no se permitió cubrir la reunión de Labor Parlamentaria, como se ha hecho históricamente.

El oficialismo justifica su enfrentamiento con la prensa asociándola a los poderes concentrados, los medios hegemónicos u oscuros intereses destituyentes. Pero ¿cómo justificar el enfrentamiento no ya con un gran medio, sino con un periodista aislado? ¿Qué pasa cuando desde las más altas esferas del poder se califica de «escoria», «esbirro» o «nazi» no sólo a un editorialista de un gran medio, sino cuando se usa el poder del Estado para agredir a periodistas que colaboran con sitios online, fundan pequeñas revistas o vierten opiniones en sus blogs?

Silvia Mercado es periodista e investigadora, especialista en peronismo. Su primer trabajo fue en plena dictadura, como jefa de Prensa del premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel. Ha trabajado en distintos medios, entre ellos, Página 12. Silvia me contactó cuando hice correr la voz de que buscaba información para esta nota. «Me gustaría contarte los acosos que sufrí por pensar distinto», dijo. «No lo había contado antes porque tenía miedo. Pero ya me cansé.» Silvia es docente de la Universidad de Lomas de Zamora, donde ganó, por concurso, la cátedra de Comunicación Institucional en la Facultad de Ciencias Sociales, y donde también dicta Comunicación Estratégica en posgrado. Hasta fines de 2010, escribía en lapoliticaonline y mantenía su blog El Aguijón. «Me llegó la información de cuánto ganaban los panelistas de 6,7,8 y la publiqué en mi blog. El dato empezó a circular por todas partes y a los pocos días 6,7,8 me dedicó parte del programa, con un nivel de agresividad atemorizante, ligándome a intereses oscuros, sin asidero en la realidad.» Poco después, alguien hizo desaparecer su blog. «Abrí otro, y seguí escribiendo.»

Más adelante, Silvia publicó una nota sobre la movilización en que Mariotto le pidió a la Corte Suprema que se expidiera sobre el artículo 161. «Dije que los alumnos de las universidades de Ciencias de la Comunicación del conurbano habían ido en micro, porque los vi llegar. Cuando fui a dar mi próxima clase de posgrado, Santiago Aragón, decano de Ciencias Sociales de la Universidad y presidente de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual, me preguntó por qué había escrito eso. Traté de restarle importancia al asunto, pero cuando salí de dar clase tenía dos cubiertas bajas.» Silvia siguió escribiendo. «En una nota conté una reunión que Osvaldo y Lidia Papaleo tuvieron con el matrimonio Kirchner y, en marzo, Aragón me dijo que no podía seguir dando la materia que había ganado por concurso. Me aseguró que me había querido defender y que no había podido, pero que no me preocupara porque seguiría cobrando.»

Valentina Lovell es menudita, se ríe a cada rato y, aunque acaba de cumplir treinta, parece de veintidós. En 2009, se fue a vivir a El Soberbio, en Misiones. Trabajó un tiempo en turismo, pero cuando vio que en el pueblo pasaban cosas «raras», renunció a la agencia e inventó una revista de distribución gratuita que ella misma redactaba y diagramaba. Dedicó la nota central del primer número a hablar sobre el deplorable estado del hospital. En el cuarto número denunció que el Concejo Deliberante había autorizado a circular a los vehículos sin verificación técnica, cosa que va en contra de la ley nacional de tránsito. Para el quinto, investigó a qué se debían las interminables colas en los bancos que tanto la habían sorprendido desde que llegó y descubrió que el 20% de la población recibía pensiones por invalidez. «Hay cuatro médicos que por doscientos pesos te hacen un certificado trucho para acceder a la pensión. Me enteré de una chica de veintidós años, sana, a la que el intendente mismo, Alberto «Coleco» Krysvzuk, le dio cien pesos para «ayudarla» a que fuera al médico a que le hicieran el certificado.» Ese número de la revista se tituló: «El Soberbio: Capital Nacional de la Invalidez».

A partir de ese día, la vida de Valentina se convirtió en una pesadilla: Krysvzuk hablaba por radio difamándola, visitaba a los anunciantes de la revista conminándolos a no poner publicidad, y hasta presentó una propuesta en el Concejo para impedir que saliera la revista. «Yo caminaba por la calle y él me seguía con el auto a pocos metros; yo trabajaba en la radio y él daba vueltas en círculos alrededor del edificio; me mandaba mensajes.» Una vez la dejaron encerrada en el baño de un boliche. Otra, recibió un mensaje que decía: «Si no dejás de hablar, te va a pasar lo mismo que a Carvallito». (Carvallito fue un periodista al que mataron en la región.) «Muchos colegas están amenazados», dice Valentina. «Nadie se anima a hacer denuncias. Desde que asumió, Krysvzuk ha matado con el auto a cinco personas. Empecé a investigar la muerte de un chico y Daniel Montenegro, un abogado amigo del intendente, de pronto se me acercó, me agarró la cara y dijo: «Dejá de sacar fotos o te voy a matar a palos».» Al día siguiente Valentina se vino a vivir a Buenos Aires. «La gente ahí tiene miedo de hablar. Pero yo descubrí mi vocación.»

Gabriel Levinas es fundador de plazademayo .com, un portal en el que las notas se hacen en colaboración con los lectores. El también habla del miedo. «Muchos periodistas me dicen que prefieren firmar con seudónimo porque no quieren sufrir represalias ni enfrentarse a la ristra de agresiones que vienen cuando no se comulga con el oficialismo.» El portal de Levinas fue hackeado varias veces, violando sistemas muy complicados. «Una vez, tras recuperar el sitio, le pasé la nueva contraseña por mensaje de texto al webmaster y, a los dos minutos, bajaron de nuevo el sitio y dejaron escrito: «El silencio es salud».»

Levinas se jacta de haberle pegado siempre al gobierno de turno. «Los milicos me pusieron una bomba, pero después nunca tuve miedo de perder un amigo o a recibir llamadas agraviantes… hasta ahora. Yo igual hago las notas, pero pienso: «Voy a tener que aguantar que vengan las pirañas y me muerdan los talones otra vez, ¿valdrá la pena?». Al fin digo: «¡No puede ser!», y va la nota igual. Pero conozco mucha gente que no tiene la locura que tengo yo, que soy una bestia. A la gente más normal estas cosas la frenan más.»

Conté tres casos, pero hay muchísimos más. Y, a pesar de todo, los periodistas siguen escribiendo, convencidos de que tienen derecho a investigar y a disentir, aun cuando, hoy, hacerlo los exponga a la difamación y al agravio impulsados desde el corazón mismo del poder.

«Cumplí con mi labor», dijo Alancay más tarde, mientras se subía a la bici. «Eso sí: para la próxima voy a traer una caña más resistente porque ésta se doblaba un poquito cuando la cambiaba de lugar.» Es un buen ejemplo de cómo, con creatividad y coraje, es posible combatir el silencio que otros intentan imponer.

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