De las apetencias de los políticos y sus circunstancias.

wilson ferreras

Wilson A. Ferreras F.

El autor es director de comunicaciones ultramar del PRM, Barcelona, España.

Los políticos se deben a los pueblos que pretenden dirigir, no a los motivos que en determinadas circunstancias se aprecian en la distancia.

Es cierto que determinadas situaciones del destino en momentos determinados nos hacen creer ver en las circunstancias del tiempo y el espacio situaciones que podrían parecernos favorables para el objetivo perseguido, mas sin embargo siempre hay que tener presente las razones por las cuales estamos en política, jamás deberíamos desviarnos de ellas, sacrificando principios por objetivos posibles.

Las organizaciones políticas son las instituciones que nos dan las bases para la ejecución de ideas, proyectos personales y colectivos a corto o largo plazo, que deben siempre ir encaminados a mejorar las comunidades y los individuos que las forman, mejorando en todo momento el entorno en el que pretendemos interactuar.

Hace mal el político que en procura de su proyecto personal viola las debidas reglas del juego de la alterabilidad tanto en la administración de la cosa pública, como en la traición a su institución partidaria, cuando los lideres o los electores de la misma le indican que es tiempo de relevo, tanto en sus deberes de funcionario, como en su posición dentro de la organización a la que se pertenece.

Es práctica habitual en los sujetos politiqueros, el resistirse al cambio y a la alterabilidad tanto en el poder como en sus funciones, tomando casi siempre decisiones adversas a las que se espera de él, sacrificando muchas veces la institución y a los electores siempre que las decisiones no sean las que en su momento ellos crean las adecuadas.

En estas circunstancias es cuando se constatan los verdaderos valores del actor político, si es capaz de acatar los mandatos de su organización o de su pueblo, que le pide mesura en unas circunstancias dadas.

Es risible el accionar de nuestros políticos, que diciéndose democráticos, no son capases de aceptar de buen grado, que ya ha llegado su hora que por circunstancias o por un mal accionar ya ha pasado su tiempo, que es momento de renovación y desprendimiento,  que nacemos para servir no para servirnos, de lo que se nos manda administrar.

Graso error del político que se cree indispensable para la dirección de un conglomerado sin que nadie le suceda, pero aun peor es el pueblo que se hace cómplice del político insaciable que se cree predestinado para las funciones que ocupa.

Aun haya sido capaz de hacer una buena gestión de los recursos a su cargo siempre habrá alguien más que podría hacerlo mejor, alguien que con ideas nuevas podría aportar a la comunidad más frescuras en su accionar.

El poder emana del pueblo y solo él es el soberano capaz de dárnoslo y quitárnoslo  cuando lo crea de lugar, como políticos debemos estar siempre prestos a oír sus rumores y sobre todo de acatarlos con sagrada gallardía

No al transfuguismo, no al político mesiánico, sí a la renovación y a la alterabilidad.

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