Duarte, el cristiano excomulgado

Duarte, el cristiano excomulgado

 

Amín Arias Garabito

Político dominicano residente en Europa

@AminArias

Hoy conmemoramos un día más del natalicio de Juan Pablo Duarte, Apóstol e ideólogo principal de la Independencia de la República Dominicana. Como siempre, las misas en su honor se celebrarán a lo largo y ancho del país y allí donde haya una comunidad dominicana más o menos organizada en torno a sus instituciones y organizaciones sociales. Y tiene sentido si tomamos en cuenta que el Padre de la Patria fue un gran creyente y católico practicante hasta el final de sus días.

Sin embargo, esa postura contrasta con el propio trato que le dio la Iglesia a Duarte. El debate sobre su expulsión del seno de la Iglesia existe. Hay elementos importantes que sostienen tanto la tesis de su excomunión como la contraria. Y lo mejor del caso es que se ha encontrado al menos un documento oficial que sirve como punto de partida para intentar dar solución al embrollo histórico de la excomunión de Juan Pablo.

La supuesta excomunión de Duarte por parte de la iglesia católica es una de esas partes de la historia que en la escuela nunca nos contaron, historia absolutamente borrada y desconocida hasta que hace más bien poco se ha abierto el melón durante el bicentenario de su nacimiento, en el 2013.

Oculta ha estado esta historia durante doscientos años, evidentemente por la cantidad de intereses particulares existentes y que han dado vida a un halo de misterio alrededor de la figura del Patricio, como la mayoría de las historias que rodean a la figura del Padre de la Patria dominicana.

Historiadores como Guido Riggio Pou, entre otros, sostiene que Juan Pablo Duarte fue excomulgado junto a otros miembros de la Trinitaria tras la publicación de la Carta Pastoral del 24 de julio de 1844.

Para entender todo esto tenemos que estudiar la figura del Arzobispo Dr. Tomás Portes e Infante, que es de una ambigüedad manifiesta. Este personaje, que fue quien dijo “¡Oh, salve Padre de la Patria!” a la llegada de Duarte al puerto de Santo Domingo, en marzo de 1844, días después de que Francisco del Rosario Sánchez proclamara la República, se movía por intereses políticos vinculados a los beneficios personales que quería obtener.

Además, la posición de la iglesia en la incipiente república se identificaba abiertamente con la Anexión a España más que con la independencia pura y simple. Su objetivo era la Separación de la República de Haití, sin que eso supusiera la creación de un Estado independiente. Mas bien sus deseos eran la vuelta al seno de la Madre Patria de la que nos había separado Núñez de Cáceres con su proclama secesionista de 1821, y recuperar los privilegios del clero.

Esta posición eclesiástica hay que encuadrarla dentro del marco en el que Haití representaba los intereses de una República laica. Boyer había despojado a la Iglesia de todos sus bienes inmuebles y había suprimido sus privilegios, hasta el punto de eliminar los sueldos a los sacerdotes, obligando a la iglesia a autofinanciarse. El ahogo financiero al que le sometió el Estado llevó a la Iglesia a cerrar definitivamente la Universidad Santo Tomás de Aquino, Primada de América, y cuya clausura se atribuye erróneamente a una decisión del gobierno haitiano.

La vuelta al seno de España garantizaba la obtención de esos privilegios y la recuperación de los bienes inmuebles que les habían sido expropiados. Por eso, y tras el golpe de Estado de los trinitarios contra Tomás Bobadilla y los conservadores que dominaban la Junta Central Gubernativa, el Arzobispo Portes se declaró fiel a Pedro Santana, quien abiertamente defendía la vuelta al seno de España.

El documento leído en todas las iglesias dice lo siguiente: “Se dará (Dios) por ofendido si no obedecéis los mandatos y ordenes, tanto del general de divisiones y jefe supremo Santana, como los de la Junta Gubernativa, para lo cual os conminamos con excomunión mayor, a cualquiera clase de persona que se mezclase en trastornar las disposiciones de nuestro sabio gobierno, y del bien social”.

Queda clara la excomunión de todos los que desobedecieron la orden. No obstante, los contrarios a esa posibilidad, como Juan Daniel Balcácer, afirman que eso no se produjo nunca, aduciendo que para que se dé una excomunión, en la misma debe ser publicada de forma expresa el nombre de la persona afectada.

Sin embargo, si analizamos la figura eclesiástica de la excomunión, encontramos que la misma puede darse de dos formas: la primera es la “excomunión automática” (latae sententiae) que existe cuando formalmente la iglesia excomulga a alguna persona y la nombra específicamente tras la comisión de un delito. Por su parte, la segunda de las formas existe en el momento mismo de la constatación de una amenaza colectiva dirigida a un grupo determinado aunque los miembros componentes de este grupo no sean mencionados de forma explícita (ferendae sententiae).

Duarte y los trinitarios, a ojos del Gobierno, cometieron un delito. La Iglesia les advirtió colectivamente sobre el mismo con la amenaza de “excomunión mayor” si desobedecían a Santana. Les “conminó” a no hacerlo, y conminar significa “amenaza”, la que lleva implícita un castigo. Es decir, si se conmina a no hacer algo y se desobedece entonces el castigo viene ya dado en la advertencia.

En resumen, los trinitarios y todos los que desoyeron los reclamos de la Junta Central Gubernativa y desobedecieron a Santana, sufrieron las consecuencias y fueron expulsados del seno de la Iglesia. Duarte fue excomulgado.

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