Canario de adopción, Zapata ha llegado al Centro de Alto Rendimiento (CAR) de Madrid minutos antes de las 10.00 en un Mercedes gris en el que aún porta la L de novel. Sin embargo, de novato no tiene nada en la pista: el año pasado fue glorioso para él, con una medalla de bronce en el Mundial de Glasgow y una posterior de oro en los Juegos Europeos de Bakú, que confirma su brillante porvenir. El más inmediato, en los Juegos Olímpicos de Río. Y todo con una formación muy alejada de los deportistas de alta competición. Comenzó de adolescente en Lanzarote, con escasos medios para los que necesita esta práctica. “Aún así, trabajaba duro con mi entrenador de entonces y conseguimos llegar a un nivel aceptable para competir en suelo y en salto”, rememora.

Por si ya hubiera pocos obstáculos, su salto al CAR llegó dos años más tarde de lo habitual. Con diecisiete en vez de los quince a los que la mayoría acostumbran a recalar. “Ya era muy tarde. No sé que hubiera sucedido si hubiera comenzado antes, pero estoy conforme con lo que he conseguido hasta ahora”, dice nervioso, con cierta timidez. Sorprende, dada la personalidad que suele mostrar en público. No careció de ella cuando siendo un chaval sus amigos no paraban de insistirle en que lo de la gimnasia era algo de niñas. “Me decían constantemente: ‘Déjalo porque es de chicas y no vas a sacar nada de ahí’. Pero me daba igual. Yo lo que quería era conseguir mi objetivo”. La meta de ser profesional, llegar al estrellato, ser el mejor.

Para ello, para todo, su madre fue imprescindible. Fue ella la que agarró a sus tres hijos y se los llevó de su República Dominicana natal a Canarias sin mirar atrás, en un viaje desesperado en busca de un mejor porvenir. A una ciudad que a Ray, con diez años cuando desembarca, no le gusta. Acostumbrado a su niñez colorida, cálida y absolutamente feliz en Santo Domingo, se encuentra con un Lanzarote en el que se muere de frío y que no colma sus ganas de jugar, de ser niño, de revolotear de aquí para allá. Al otro lado del charco, su infancia había sido bien distinta. “Era muy inquieto. Estaba siempre liándola, subiéndome a los árboles y a los tejados de las casas. Un desastre. Por la noche nos juntábamos todos los amigos y jugábamos al escondite y ese tipo de cosas. Fue una infancia muy feliz”. En Lanzarote, en cambio, se aburría. “Le decía a mi madre que me quería ir. Hasta que hice amigos y me encontré más cómodo”.