El drama cíclico

Manuel Antonio Mejía

Autor: MANUEL ANTONIO MEJÍA
Madrid, España

“La verdad es totalmente interior. No hay que buscarla fuera de nosotros ni querer realizarla luchando con violencia con enemigos exteriores.»
Mahatma Gandhi.
Acababa de cumplir 84 años y era para aquel entonces el representante del gobierno de su país en el cual llevaba medio siglo y un lustro; era su monarquía considerada la más vetusta de todas en el viejo continente; sólo Luis XIV en Francia igualaba su tiempo de mandato. Pero vino la tragedia. Creíamos que luego de aquel día en que ocurrió el asesinato del archiduque Francisco Fernando , heredero de la corona austriaca, en Sarajevo, estando a bordo de su automóvil Gräf & Stift, en las tempranas horas de la mañana del día 28 de julio de 1914 de mano de Gavrilo Princip, serbobosnio, de 19 años de edad, miembro de la Organización La Mano Negra, lo que fue el detonante de la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial, y del surgimiento del cataclismo continental de trascendencia inolvidable en la memoria histórica mundial y del final de los primeros imperios del Renacimiento para pasar a la era de los grandes imperios europeos de la época contemporánea, todo quedaría en un nuevo renacer en la consciencia del nuevo hombre, propio de un nuevo proceso de desarrollo en todos los ámbitos, pero no fue así.

La humanidad tuvo que darle, por tanto, la razón a Voltaire cuando dijo que “(…) la civilización no suprime la barbarie, sino que la perfecciona.” Ya sabíamos que José de San Martín, a este respecto había aludido que «(…) cuando hay victoria en vencer al enemigo la hay mayor cuando el hombre se vence a sí mismo.» Pero el espejo del destino tenía en su oculto túnel de cosas por cumplir otros planes. Y ocurrió posteriormente lo que ocurrió, y todos sabemos a partir de 1939: la sucesión y alargamiento del devastador conflicto en el tiempo; triste “apoteosis” de muerte, tristeza, dolor, amargura, pesadillas y malos recuerdos en la mente y archivo del ser humano.

Se la llamó la Segunda Guerra mundial. Mas no nos vamos a envolver ahora en describir cosas más o menos recientes de hace algo más seis décadas. Sin embargo sí recaeremos en recordar el proceso o parentesco sucedáneo de aquellos acontecimientos que en los tiempos de los hombres profundamente ávidos de poder y gloria imperó sin medida. Es a lo que yo llamo “el Drama Cíclico”, término con el que denomino este ensayo.
«La paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa», había sentenciado Erasmo de Rotterdam. Pero por aquellos años “El Drama Cíclico” de los más devastadores inicios de la supremacía de la guerra con los nuevos voluntarios aéreos y destructivos de los tanques y la pólvora no reconoció de pequeños o grandes adversarios.
Así que como apuntó Neville Chamberlain supimos que “para hacer la paz se necesitaban, por lo menos dos; mas para hacer la guerra, bastaba sólo uno».

Esta verdad innegable debería llevarnos a no tener que subyacer en un peor problema como es la negación de la realidad y la comprensión entre seres racionales frente a un acontecimiento visual a escala mundial como es el de la Globalización; ya que en la actualidad el ciudadano no exige, única y exclusivamente un espacio en la tierra a la que pertenece por nacimiento y origen; aspira hoy día a un derecho; a un espacio en el nuevo puzle mundial; un mundo tecnológico y propio de la postmodernidad, esta, en el presente, tan puesta en cuestión y discusión por los más influyentes intelectuales del mundo, creándose -lo que yo llamo y será motivo de un nuevo ensayo que a la postre preparo respecto a los seres críticos de hoy- “El Octavo Continente”; es decir, el área invisible del planeta de los vistos pero no vistos por una parte de la comunidad mundial que, sin el derecho a llegar a los extremos, actúa de forma indiferente ante una realidad que podría traer consigo lo que sería la “guerra de los sin sueños y sin armas” frente a los -como ya los denominó Idenfonso Falcones en su nueva obra- “Herederos de la tierra”. “La violencia es el miedo a las ideas de los demás y la poca fe en las propias.

La persona que no está en paz consigo misma, será una persona en guerra con el mundo entero. La guerra es una enfermedad como el tifus.” Y no es broma; en esta ocasión nos hacemos a la idea de Antoine de Saint-Exupery hablando; reflexionando.
Este nuevo fenómeno mundial vendría a sustituir los nuevos e indeseados miedos de la comunidad que a todos nos une y rediversifica a la vez en la nueva comunidad internacional. No ponerle coto y darle solución a este fantasma recurrente es permitir ser abatidos por una fuerza con menos poder que la ilusión y los grandes sueños de un mundo cambiado y cambiante a los ojos del nuevo hombre; la no sustitución de las guerras del terror que ya vemos persistentemente desde hace tantos siglos sacude la mirada de nuestras pupilas estremecidas en cada rincón, vulnerable o invulnerable, del planeta, de forma que lo que, posiblemente cuenta es darnos una nueva oportunidad como seres con el control del razonamiento; del raciocinio humano. La preguntas es si lo que nos seguirá bastando es llegar al hierro contra el hierro y ver en Ghandi una de sus póstumas frases: “Ojo por ojo, y el mundo acabará ciego.» O, como bien lo aseguró Oscar Wilde, al expresar que “el hecho de que un hombre muera por una causa no significa nada en cuanto al valor de la causa.»
Observamos nuevos focos y esto es grandemente peligroso por tratarse del trauma que suelen provocar las profundas desigualdades sociales en los pueblos; las brumas; el abandono o promoción de las sediciones; hechos de los que no recuerdo en la historia no hayan dejado de causar contundentes golpes a los procesos de paz entre las naciones y sí la exacerbación a las confrontaciones y acontecimientos sin precedentes. «Una era construye ciudades. Una hora las destruye», soslayó el poeta Séneca. De tantos hemos aprendido que nunca ha habido una guerra buena o una paz mala. La guerra es la guerra y la paz es la paz. Explicada en el lenguaje más llano, la paz, es la armonía de lo necesario; hoy imprescindible entre todos los hombres.
Otros elementos que caracterizan estos grandes fallos humanos, y de hecho vemos en el día a día cómo crecen, son el abuso infantil, en especial los casos que tienen que ver con la captación de niños para la guerra o tomados como grupos humanos de organizaciones de desaprensivos y pseudos líderes, que intentan en cada momento, irrumpir con el mal, cada amanecer, cada atisbo de brillante porvenir. Así golpean el poco de quietud que pocas veces apreciamos en el planeta. Kark Kraus lo explicó de una manera insuparable: “La guerra es una masacre de gentes que no se conocen, para provecho de gentes que si se conocen pero no se masacran. El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres”. No creamos que no está ahí el decálogo de las mayores compañías de trastrueque de armas para la destrucción en poblaciones con pobreza extrema y gran incertidumbre en su futuro mediato, incluso lejano.
Estas compañías de cabeza de listas irresponsables pululan en África, Siria, Afganistán, Iraq, Palestina, Irán, El líbano…; es decir, naciones en donde el hábito de la guerra se ha convertido en un temible y temerario negocio; espejo tétrico de la destrucción humana promovida por macro-factorías que operan a todas luces en occidente pero que niegan su participación y son creídas. Toda una obra teatral inigualable sólo encontrada en una novela trágica escrita como “Dogs of War” o “Los perros de la guerra”, de Frederick Forsyth. La Nuestra visión debe ser la de acatar que tal como describió Alberto Navarro, “la humanidad [no sea verdad], camina hacia la barbarie”
Terminaremos este ensayo con unas palabras de profundo pesar pero alto optimismo emergidas de las reflexiones de John F. Kennedy: «El hombre ha de fijar un final para la guerra. Si no, la guerra fijará un final para el hombre.»

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