El muro de las lamentaciones.

El muro de las lamentaciones.

Amín-Arias-Garabito-150x150Amín Arias Garabito
Político dominicano residente en Europa
@AminArias

Cuando los romanos vencieron a los judíos y Judea pasó a formar parte del Imperio, la maldad de Vespasiano quedó plasmada en su orden de destruir el Templo, pero más aún en ese deseo cumplido de que se quedara una parte de aquel lugar sagrado en pie para así abofetear cada día a los sometidos, los que acabarían lamentandose eternamente por la desaparición de su lugar de culto.

Allí quedó en pie el Muro Occidental, llamado de los Lamentos, para dar testimonio de la desgracia de aquel pueblo. El muro, que originalmente era un muro de contención construido para soportar la ampliación de la explanada donde se erigieron tanto el Primero como el Segundo Templo de Jerusalén, es desde ese entonces la representación misma de la separación entre los hombres. Ha servido como elemento de división entre culturas, y todo a pesar de ser un lugar sagrado y dedicado a Dios, que no deja de ser el mismo dios de las tres grandes religiones monoteístas: judía, cristiana y musulmana.

Los muros sólo separan, únicamente provocan división, alejan, fanatizan y enloquecen. Y a esos niveles de locura y fanatismo es a donde pretende llevarnos el fidelísimo patriota e insigne nacionalista Vinicio Castillo Semán y sus secuaces. El vástago de ese gran adalid de la libertad y la decencia, el máximo ejemplo de la responsabilidad y el amor a la patria, Don Marino Vinicio Castillo (hago constar mi ironía), es el encargado de vendernos un proyecto de ley que pretende levantar un muro divisorio entre las dos repúblicas que componen la isla de La Española.

El proyecto, además de absurdo, es el ejemplo más claro de la esquizofrenia que padecen algunos «buenos dominicanos». Es el resumen de la hipocresía más absoluta y el desconocimiento más perverso.

A los dominicanos que llenaron de yolas las costas de Puerto Rico no les pusieron ningún muro en el Canal de La Mona. Quizás lo único que utilizaron los boricuas en contra fueron sus leyes con las que aplicaron sus legítimos derechos, como hacemos nosotros en nuestro país. A los dominicanos que en los años 80 llenaron las calles de Caracas, tampoco se les levantaron muros, todo lo contrario, Venezuela siempre ha recibido a los dominicanos con los brazos abiertos, y para encontrar una muestra de ello sólo tenemos que recordar donde pasó Juan Pablo Duarte toda su vida cuando otro «buen dominicano», el amantísimo patriota Pedro Santana, lo condenó a él y a toda su familia al destierro perpetuo.

A los compatriotas que fueron y se establecieron en San Martin, Aruba o Curazao, tampoco se les levantaron muros en aquellas islas, donde la única barrera existente podría ser la idiomatica. Nueva York y otras ciudades estadounidenses están llenas de dominicanos desde los años 70 y hoy son decenas los que hacen política en aquel país, que tienen cargos de representación o dirigen departamentos en universidades tan prestigiosas como la de Columbia; publican en periódicos tan renombrados como The New York Times o ejercen de maestros en universidades, institutos especializados, y salvan vidas en hospitales de prestigio. En España y el resto de Europa más de lo mismo. Sólo en este país la comunidad dominicana supera ampliamente los 100.000 residentes.

La construcción de un muro en la frontera no es la solución al problema migratorio en la República Dominicana. Si hay inmigrantes irregulares en el país es porque hay mafias de este lado de la frontera que se benefician del tráfico de personas; es porque hay empresarios que pagan desproporcionadamente menos a los jornaleros haitianos que a los dominicanos y no les proveen de los derechos laborales que les corresponden como trabajadores; es porque las distintas administraciones gubernamentales, de todo signo político, se han beneficiado de la mano de obra barata que ofrecen nuestros vecinos. Si hay inmigración irregular es porque no ha habido voluntad política de organizar los flujos migratorios.

Construir un muro es un grandísimo disparate. Pero es que aunque fuera necesario, como arguyen sus defensores, no es una prioridad. Antes que levantar una valla están la consignación del 4% del PIB a la educación, el mejoramiento del sistema nacional de salud, la lucha contra la pobreza y la marginalidad, contra el hambre, en favor de dotar a los dominicanos de los sistemas elementales de agua potable y luz. Esas son las verdaderas preocupaciones de nuestros nacionales: el cómo llevar el pan de cada día a la casa y no si llega uno más o uno menos.

La propuesta es racista hasta más no poder y se justifica en una supuesta invasión silenciosa del territorio nacional orquestada por las potencias europeas, EEUU y Canadá, con el fin de unificar la isla y hacer un sólo país. Ese es el cuento más estúpido del universo, y quien se lo crea es que vive en la luna.

Haití y República Dominicana no serán nunca un mismo país porque ya lo fueron en el pasado durante 22 años y la fórmula no cuajó, se separaron y así han vivido durante los últimos 170 años. Eso si, unidos para siempre en la misma isla.

No seremos un mismo país pero sí podemos ser hermanos que se respetan mutuamente. Podríamos ser la potencia central del Caribe si uniéramos nuestras fuerzas de forma estratégica con visión futurista. Nuestro principal socio comercial tras los EEUU también podría ser nuestro aliado en otras cuestiones. Sólo es dejarnos de absurdos complejos de inferioridad y sentarnos a hablar, a pactar y a trabajar. Disparandonos cañonazos eternamente no saldremos ninguno de los dos países del atoyadero en el que nos han metido nuestros gobernantes. Y menos si ponemos un muro que nos impida vernos las caras.

No queremos lamentarnos frente a un muro, lo que buscamos es el desarrollo de nuestro país para que nuestros nacionales no tengan que abandonar su tierra, y buscamos también el desarrollo de Haití, porque ellos, al igual que nosotros, se merecen caminar en la senda del progreso.

Facebook Comments