El PRD y PLD: ¿qué los diferencia?

El PRD y PLD: ¿qué los diferencia?

fffPor FRANCISCO. S. CRUZ

 

El PLD después de su recién finalizado VIII Congreso -con sus bemoles, democracia domesticada y la certeza de la conveniencia de la permanencia en el poder- ha dejado un sabor amargo y de conjeturas en las psiquis de algunos de los analistas políticos, pero, sobre todo, de aquellos sociólogos-politólogos (más bien, dirigentes políticos agazapados) que hace rato hacen oposición política disfrazada de seudos análisis periodísticos “científicos-objetivos” y dizque de “opinión pública”. Vaya nueva modalidad de perredeismo mediático, de “izquierda burra” trasnochada y de “Sociedad civil” financiada. Pero allá ellos.

Ahora bien, hagamos un paralelismo histórico de ese ejercicio del poder obviando -por razones históricas-políticas específicas- los siete meses del gobierno Bosch-PRD de 1962-1963. Habiendo hecho la salvedad, situémonos ahora en 1978 y la vuelta del PRD al poder en el contexto de la crisis-quiebra del modelobanapatista de Joaquín Balaguer, y de un PLD en ciernes e imberbe electoralmente (18,000 votos, para la fecha).

El caso del PRD (1978-1986 y 2000-2004)

Fuera de discusión: la correcta estrategia política-electoral nacional y la bien orquestada campaña internacional para desalojar al Dr. Joaquín Balaguer del poder que el PRD llevó acabo (1978), además –y ya en el poder-, de la apertura democrática, de la excarcelación de los presos políticos y del clima de libertades públicas que se abrió; aunque tampoco es menos cierto decir que en ese período 78-82 (sin embargo, cierta inercia-incoherencia del PRD durante el gobierno y post-golpe de Estado-1963, puso en evidencia esa falencia en su ADN-orgánic tal una suerte de “eslabón perdido”) fue donde se encubó y se puso de manifiesto la capacidad fraticida-destructiva del PRD que en el ejercicio del poder y con toda la correlación de fuerza nacional e internacional -para prolongarse en el poder más allá de 1986- no supo dirimir las diferencias políticas-ideológicas de su cúpula jerárquica, de las “tendencias grupales”, ni mucho menos, para arbitrar los proyectos presidenciales que se fueron armando en su seno hasta desembocar en un suicidio (el del Presidente Silvestre Antonio Guzmán, 1982), y según se especuló, por la pujanza, presión y animadversión que orquestó el relevo, del mismo PRD en el poder, con Salvador Jorge Blanco que, sintomáticamente, salió del poder (1986) prácticamente para la cárcel, no antes de declamar aquella ritma-mofa a su compañero de partido, Jacobo Majluta (“Las lágrimas son agua y van al mar…” del poeta Gustado Adolfo Becquer), sumándose, dicha derrota, a la cadena de “triunfos electorales” del Dr. Joaquín Balaguer que, en su momento, el extinto Dr. Olivero Félix (folclórico delegado reformista ante la JCE) encerró entre comillas.

Esa vorágine autodestructiva del PRD, o más bien de su cúpula y “tendencias” (grupos puramente corporativos de volátil inteligencia emocional y despojados del más elemental basamento doctrinario-filosófico) exhibida en el poder y como comportamiento partidario interno, fue la que propició la vuelta y rehabilitación política-electoral del Dr. Balaguer (1986) que como el Aves Fénix resucitó por obra y gracia de un ejercicio del poder catastrófico signado por ambiciones grupales, corrupción pública y el desvío ideológico-doctrinario de lo que fue la prédica socialdemócrata en la trayectoria y liderazgo de su líder -post-Bosch- más visionario y formad el Dr. José Francisco Peña-Gómez.

Precisamente, la lamentable -y algo hasta curioso- muerte de Peña-Gómez  (1998) envió un mensaje de recomposición-recompensa al PRD que se tradujo en sendos triunfos electorales, a saber: 1998 (mayoría parlamentaria y municipal) y en el año 2000 (vuelta al poder con Hipólito Mejía). Pero la historia registra lo qué significó ese cuatrienio y esa mayoría parlamentaria para el país.

A grosso mod quiebra-bancarrota del sistema bancario, pérdida de nuestro crédito internacional, vergüenza nacional-internacional por la ocurrencia e incontinencia verbal de un Presidente –sin discurso ni manejo adecuado- en foros internacionales, rampante corrupción pública, incursión abierta y pública del narcotráfico en las campañas políticas (caso Quirino), ajuste de cuentas entre actores de la delincuencia trasnacional, etcéteras.

Y encima, la vuelta del fantasma de la reelección presidencial (la increíble reforma Constitucional del 2003, ¡de sólo tres noches!). Esto sin mencionar el lado folclórico y roba la gallina de ese interregno (2000-2004): los papelitos decretos, o de boca (al calor de una mano de dominó), los chistes-burlas del Presidente ante la carestía de la canasta familiar, y ni se diga, de las extravagancias y abuso de poder de un súper-consultor jurídico -otrora promesa de la juventud perredeísta- que junto al ex secretario general –hoy suspendido (¿o expulsado?)- conforman un binomio de político ya sin futuro.

En conclusión y sin apelación, en el PRD –y lo avala su registro históric la Habana-1939 y todo el trayecto de su cuna-exilio, 1961-2012, en el país- lo fratricida-fragmentario de su vida orgánica es estructural y consustancial a su atípica democracia interna: absurdamente el caos. Por ello tiene pertinencia, de sobra, aquello de que esa organización política ya cumplió su rol histórico.

El caso del PLD (96-2000 y 2004-2008-2012-2016)

La trayectoria exhibida del PLD en el poder es y ha sido, en término político y del manejo del poder, diametralmente opuesta a la del PRD, probablemente, o quizás, por la escuela política que su fundador impuso como método y doctrina en lo que fue la construcción y el desarrollo político-electoral del PLD. Lógicamente, esto sin entrar a discutir el impacto político-ideológico que significó la alianza que lo llevó al poder en el 1996.

Lo que, y en mi opinión, tiene una doble explicación: por un lado, de pura lógica política-electoral (todo los partidos políticos nacen y se justifican para alcanzar el poder, ¿o no?); y por el otro lado, relevo político-generacional de los grandes liderazgos “caudillezcos” (Balaguer, Bosch y Peña-Gómez); y lo coyuntural político-electoral (¿quién en política se encierra y se condena -a la derrota pendeja por pruritos ideológicos- en el contexto de una segunda vuelta electoral que obliga y exige alianzas?).

Visto estos antecedentes, observemos cómo el PLD -partido político y cúpula jerárquica- se ha comportado en el ejercicio del poder y cómo ha sabido canalizar –sin traumas mayores- las diferencias internas de su jerarquía y la emergencia del relevo dirigencial en el poder (e incluso, con Bosch en vida). Para ello sería conveniente examinar -pedagógicamente- dos fenómenos: su primer gobierno (96-2000) y el posible relevo en el poder: Danilo Medina vs. Jaime David Fernández (año 2000).

Es el propio Leonel Fernández quien mejor ha explicado el fenómeno político-coyuntural 96-2000, diciendo que el que no sabe cómo se llegó al poder en el 1996, tampoco podrá comprender el porqué se perdió en el 2000. El aparente simplismo de la explicación despeja lo que era obvi en el año 2000 el PLD seguía siendo un partido de cuadros y aunque había impuesto una inflexión electoral en el 90, no es menos cierto que ese evento -de evidentes anomalías y posible “fraude colosal”- solo significó la ruptura del bipartidismo (PRSC-PRD) y la irrupción significativa del PLD a los estamentos de poder nacional-local (Senado-sindicatura) y, en cierta forma, el embrión-entendimiento de una cuasi alianza soterrada (con el extinto dirigente Norge Botello como cabeza e interlocutor) antesala del Frente Patriótico (1996).

Desde ese plano de análisis, el cuatrienio 96-2000 vino a sellar el relevo político-generacional de los viejos caudillos ya diezmados por la edad, los achaques de salud y el cierre de un ciclo histórico de gravitación política omnímoda signado por la oratoria, la represión, la inflexión política-electoral de 1978 y de 1990; y el surgimiento de un nuevo liderazgo nacional encarnado en Leonel Fernández que asumió el andamiaje político-ideológico de la post-modernidad (96-2000 y 2004-2008-2012) con la ejecución de reformas en el organigrama estatal y del sustento jurídico-político (sin dejar de resaltar que en materia de obras públicas e infraestructuras vial, Leonel cambió “el rostro del país”) para adecuarlo a los vientos de modernidad con sus signos de adelantos científicos-tecnológicos y los nuevos escenarios internacionales en el contexto de un espectro universal dominado por el mercado, los bloques de países orientados por intereses estratégicos-económicos y de influencia geopolítica (G-20, G-8, UE, etc.) y los organismos supranacionales.

Así y bajo la impronta de gobierno exitoso, en término de realizaciones y reformas, llegó el año 2000 y con él el certamen electoral mandatario-constitucional con un PLD todavía de cuadros y un ex presidente Joaquín Balaguer renuente a una nueva reedición del Frente Patriótico (y fue tan gráfico, en aquel momento, que incluso acuñó una frase-mote que aún perdura y tipifica a los peledeístas: les llamó “come solo”).

Sin embargo y aunque la no reedición del Frente Patriótico de alguna forma contribuyó a la no retención del poder, hubieron dos factores claves que con mas certeza, a mi modo de ver, explican la derrota: 1) el PLDper se no era un partido de masas, y además; 2) el PLD como organización política no entendió que la coyuntura política-electoral del 2000 pintaba para Jaime David Fernández Mirabal –aunque sólo fuere para explotar un referente histórica y una proyección presidencial en potencia- y no para Danilo Medina. Incluso aunque igual se perdiera con Jaime David.

Lo que acabo de decir no es nada nuevo, sino, lo que la sociología política despojada de cualquier sesgo ha sostenido.

No obstante -y es lo relevante-, a pesar de esa derrota inexplicable y del error de no escuchar “la voz del pueblo” en el año 2000, ello no significó ningún trauma ni ruptura divisional en el PLD, pues lo que el 2004 exhibió fue que el liderazgo de Leonel Fernández se hizo mayoritario –a pesar de que Jaime David Fernández Mirabal no leyó bien el momento al presentarse- y se alzó con la victoria electoral, entre otras razones, por el desastre de gobierno que Hipólito-PPH-PRD regenteó y porque Leonel Fernández ya había sido identificado, por las grandes mayorías nacionales y su partido, como el líder indiscutible del país.

Aquí es bueno señalar que si el liderazgo y la proyección de Jaime David  Fernández Mirabal entraron en reflujo y desarme a partir del 2004; en cambio, el liderazgo de Danilo Medina –dentro y fuera del PLD-, entró en crecimiento, y para el 2008, en desafío consciente (esto es, como mejor radiografió don Federico Henríquez Gratereaux: “… Danilo prefirió remar una canoa en el Canal de la Mona”).

Este nuevo match-evento aunque con mayor virulencia y desafío hacia el interior del PLD, no trajo ruptura irreconciliable –ni mucho menos división- aunque si una frase lapidaria: “me ganó el estado”. Luego vino un repliegue inteligente, táctico y provechoso que Danilo Medina supo diseñar y construir  en contra de las visiones y de las proposiciones más radicales de algunos de sus leales ortodoxos. Incluso, se llegó a hablar de dos partidos. Pero tal imaginario sólo tuvo existencia efímera y en las cabezas de algunos.

Finalmente y previo a algunas escaramuzas –que más bien confundieron al PRD- el PLD, su líder y su liderazgo jerárquico, supo interpretar el momento y facilitar la alternancia en el poder (2012) con Danilo Medina que era el líder-candidato emergente con mejor proyección electoral-presidencial y una propuesta programática insuperable.

Con estos tres episodios, en mi opinión, el PLD –post-Bosch- ha cerrado un ciclo de madurez política de su liderazgo jerárquico y ha enviado un mensaje inequívoco a la sociedad dominicana que consiste en que: saben relevarse, respetarse y que están conscientes de que el poder no se debe perder por apetencias de grupos ni por falta de inteligencia emocional (es decir, el entendido intra-partido de que todo es relativo y coyuntural, y nada es estático, sino dinámico); pero tampoco, por no saber hacer los cambios, las reformas ni leer los nuevos tiempos.

Lo que proyecta el PLD –post VIII Congreso-, muy a pesar del monopolio de su jerarquía, de una democracia domesticada y de una avasallante maquinaria electoral, es la mancuerna de una élite dirigencial unida y unificada en torno a un liderazgo compartido –de arriba-abajo- que sabe botar los altibajos-golpes del re-juego político y de que no siempre se gana, y que también hay coyunturas internas favorables y desfavorables. Pero, sobre todo, y como dice el dicho popular, que es “mejor estar arriba con presión que abajo con depresión” y no como el PRD que hace –fuera y dentro del poder- todo lo remotamente posible para descalificarse y no volver al poder.

Todo lo anterior cierto que encierra e infiere un pragmatismo político innegable y hasta si se quiere de teatro, ¿pero qué partido político o poder alguno –allá, en la Habana o, en la China- no lo es?

Lógicamente, esto no quiere decir –¡Dios me libre!- que el PLD y su liderazgo son infalibles y que sus gobiernos han estado exentos de niveles –que otros llaman de simple percepción- de corrupción pública, de errores y de algunos liderazgos subalternos (bellacos y bellaquitos) que no han querido subvertirlo y desacreditarlo todo. No, eso y mucho más ha sucedido en el PLD.

La diferencia está en que en el PLD no se ha hecho escuela de esos errores-instintos-flagelos y que ha primado –al menos en el manejo del poder y de las relaciones jerárquicas partidarias internas- una máxima que su líder fundador –el Prof. Juan Bosch- dejó impregnada una máxima que se puede leer o descodificar como sigue: dentro del partido se puede todo, fuera de él, nada. Y eso está grabado en el disco duro de los peledeístas –de cuadros, de masas, ortodoxos o eclécticos- y, sobre todo, de su cúpula jerárquica.

Por ello yerran, medio a medio, aquellos seudos analistas políticos y sociólogos-politólogos que diagnostican división y ruptura irreconciliable entre Leonel y Danilo a raíz de la redefinición de la correlación fuerzas hacia el interior del PLD que el VIII Congreso certificó (en pantalla gigante-electrónica) obviando que antes fue –y en el lenguaje de ellos- el caudillismo “testaduro” de Bosch; luego el “leonelismo” –que una socióloga light llamó “liderazgo mediático”-, después el “jaimismo”, como ahora el “danilismo”.

Muy probablemente –esos astrólogos-, se caerán de bruces, sí, de cara al 2016, resulta que es Jaime David Fernández Mirabal, Margarita Cedeño, Domínguez Brito, o el propio Leonel Fernández, el candidato relevo del PLD en el poder, y victorioso.

Ultimadamente –y por más que quieran pitonisas y hechiceros disfrazados de  seudos “cientistas sociales”- no hay forma de análisis socio-político que arroje certeza científica-metodológica examinando al PLD bajo el prisma del registro histórico de la ruta catastrófica-autodestructiva que ha recorrido el PRD. Ese intento de análisis -desde cualquier perspectiva “sociológica-periodística” u ángulo metodológico- resultará, siempre, chueco, tendencioso y, por demás, sesgado.

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