Hatuey, el rebelde

Amín-Arias-Garabito

Amín Arias Garabito
@AminArias

Hatuey De Camps nació marcado con el símbolo de la lucha por la libertad. Su nombre, que en lengua arauaca, el idioma común que hablaban los taínos, ciguayos y caribes de la isla de Haití, a la que algunos empezaron a llamar Quisqueya tras la aparición del libro de Pedro Mártir de Anglería a principios del siglo XVI, y que fuera bautizada con el nombre de La Española por Cristóbal Colón, significa “hombre prudente y esforzado”.

Y ciertamente Hatuey fue un hombre prudente que supo interpretar a la perfección su papel en el desarrollo histórico de la República Dominicana, ocupando el lugar en el que se necesitaba del sosiego y del pensamiento agudo y filosófico para hacer triunfar la revolución. Simbolizó de igual manera la fuerza de los movimientos que rompieron con los años de oscurantismo que nos dejara la dictadura de Trujillo y los años de dura represión balaguerista, para encumbrarse hasta el lugar al que sólo acceden los héroes de las grandes batallas.

De Camps Jiménez fue honrado por su padre, violinista fundador de la Orquesta Sinfónica Nacional, diputado y diplomático, y por su madre la maestra de escuela que le enseñó a leer y ayudó a formar intelectualmente a varias generaciones de dominicanos, al recibir el nombre del Cacique Hatuey, el mismo que tras presenciar las atrocidades cometidas contra su pueblo con el asesinato de Anacona, la retención de Guarina, la entrega a los españoles de Guarocuya, la desesperada huida de Higüemota y Mencía por las montañas de Maguana, la imposición del cristianismo a la cacica Inés de Cayacoa o el secuestro y envío ante los Reyes Católicos del Rey Caonabo, se embarcó en canoas junto a cientos de seguidores para cruzar el Mar Caribe y establecerse en Cuba, donde organizó, mediante una estrategia de guerra de guerrillas, la resistencia contra los esclavistas encabezados por Diego de Velázquez, fundador de Azua de Compostela y otros pueblos del Sur en 1504 y conquistador de Cuba.

Lo mismo hizo De Camps honrando su nombre de bautismo cuando, tras la llegada a la República Dominicana de los exiliados fundadores del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) que volvieron precisamente de la Cuba en donde luchó el cacique Hatuey hasta su muerte en la hoguera en 5012, como queriendo significar que el pueblo cubano nos devolvía los aportes que desde los tiempos de la colonia hasta la propia Revolución Cubana los dominicanos hicimos en favor de la configuración de su país, con la aportación de figuras tan destacadas de la historia de nuestros hermanos isleños como fue, entre otros, el General Máximo Gómez, le tocó la responsabilidad de abrir de par en par las puertas del primer local del partido en su Cotuí natal, empleándose a fondo hasta lograr llenar de votos blancos las urnas de las primeras elecciones democráticas de 1962 que dieron el triunfo al PRD del Presidente Juan Bosch.
Su marca le acompañó durante los años de la Guerra Civil, y es en 1965 cuando funda el Frente Revolucionario Estudiantil Nacionalista (FREN); se adhirió a las revueltas estudiantiles de la UASD contra el gobierno de la derecha hasta llegar a convertirse en Presidente de la Federación de Estudiantes Dominicanos (FED), puesto que desempañaba cuando fue asesinado su compañero y líder revolucionario Amín Abel Hasbún, en cuyo funeral tuvo la responsabilidad de leer su panegírico.

De Camps, al igual que el cacique Hatuey, dedicó su vida a las reivindicaciones sociales. Llegó al Congreso de los Diputados para convertirse en su Presidente durante el mandado del Presidente de la República Don Antonio Guzmán Fernández, culminado en 1982 por el Lic. Jacobo Majluta, quien asumió las riendas del país al conocerse la trágica muerte del Jefe del Estado. La confianza que Salvador Jorge Blanco depositó en él, le convirtió en su Ministerio de la Presidencia hasta 1986.

Fue uno de los perredeístas más cercano a José Francisco Peña Gómez, con el que configuró el tándem perfecto como Secretario General del PRD, y al que sustituyó en la presidencia del partido cuando el más grande líder de masas de la República Dominicana pasó a la inmortalidad histórica, después de unos convulsos años en los que el país casi vuelve a experimentar los sinsabores de una guerra fratricida como la que habíamos tenido justo al inaugurarse los años de democracia.
Permaneció en el PRD hasta el momento en el que los principios antireeleccionistas de la organización se vieron traicionados por la reforma constitucional que enfrentó a quienes apoyaron la decisión del Presidente Hipólito Mejía de volver a permitir la reelección presidencial, quebrantándose así uno de los pilares fundamentales del peñagomismo, contra quienes como, Milagros Ortiz Bosch, una de las candidatas favoritas para ocupar el Palacio Nacional, entre otros altos dirigentes y la militancia en general, se oponían abiertamente.

Aquel error, que costó al PRD las elecciones del 2004, y las siguientes, llevó a Hatuey a abandonar la organización política para fundar el Partido Revolucionario Social Demócrata (PRSD) con el que se presentó como candidato a la Presidencia de la República.
El filósofo Hatuey De Camps fue el eterno candidato. Su lealtad le impidió saltar los espacios de sus antecesores. Supo fundamentar una base moral inquebrantable de la que no se separó jamás. Prefirió inmolarse, tal y como hiciera el Cacique Hatuey, y murió fiel a la causa revolucionaria por la que entregó su vida.

Su última batalla la libró con todas sus fuerzas contra una enfermedad, el cáncer, que no le dio más tregua. Fue una lucha encarnizada y mucho más dura que la que por años protagonizó frente sus detractores, que no eran pocos, algunos de ellos compañeros de filas que veían en él a un presidenciable demasiado recto como para llegar al lugar en el que a veces no todos los espacios están lo suficientemente limpios.

Los dominicanos que amamos la libertad le tendremos siempre como referente de la izquierda, como símbolo insustituible de la socialdemocracia, y como pilar fundamental del valor, la entereza y el pensamiento democráticos. Su legado sigue con nosotros.

¡Hasta siempre, compañero!

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