Homosexualidad en los altares

amin2_0Amin Arias Garabito
Político dominicano residente en Madrid

Una cruzada contra el Embajador (3)

La relación del cristianismo con la homosexualidad existe desde sus inicios. Es tanto así que podemos mencionar a grandes personajes de la Iglesia católica y reconocidos santos de la Iglesia ortodoxa que siguen siendo venerados y de los cuales nadie duda de su condición homosexual. Es el caso de los santos mártires San Sergio y San Baco, quienes representan el ejemplo más antiguo de la iconografía católica y ortodoxa de la tolerancia a las parejas homosexuales que tenían los primeros cristianos. Las santas mártires Perpetua y Felicitas y Santo Polieucto y San Nearco, completan ese trío de parejas homosexuales cristianas que siguen en los altares.

San Sebastián, San Elredo de Rieval y el propio San Agustín de Hipona van completando ese escenario de hombres y mujeres homosexuales dedicados a Dios. O el caso de Santa Juana de Arco, considerada por muchos la primera travesti, asesinada por la Iglesia Católica por vestir como hombre.

Y no podíamos dejar de mencionar a los papas gays más reconocidos de la historia: Juan XII, Benedicto IX, Pablo II, Sixto IV y Julio III. Aunque no son los únicos, porque el escritor Javier García Blanco en su libro “Historia Negra de los Papas” llega a mencionar a más de una veintena de herederos del trono de Pedro que fueron homosexuales.

De igual forma se han documentado más de 80 manuscritos encontrados en distintas bibliotecas de Europa, incluyendo la del Vaticano, en los que se documenta la celebración de rituales matrimoniales entre personas del mismo sexo celebradas en iglesias católicas y ortodoxas durante la Edad Media (en 2003 hubo un gran escándalo en el seno de la Iglesia Ortodoxa rusa por la celebración de un matrimonio entre dos hombres, Denis Gógolev y Mijaíl Morózov, realizado por el pope Vládimir, párroco de la Iglesia de la Natividad, en la ciudad de Nizhni Novgorod, contando con todos los elementos del rito ortodoxo).

Es incomprensible, por tanto, la actitud de estas congregaciones religiosas que dicen seguir a Jesús, pero siguen aplicando las leyes contra las que él se reveló, no practican el discurso del amor que predicó. Por tanto, están totalmente alejadas de los verdaderos planteamientos cristianos.

Afortunadamente son cada vez más las iglesias que se muestran favorables al reconocimiento de la dignidad de la comunidad LGTB y muchas se han pronunciado a favor de la celebración de las uniones entre personas del mismo sexo.

Entre ellas las iglesias protestantes llevan la voz cantante donde encontramos a los episcopalianos, quienes nombraron en 2005 a Gene Robinson como su primer obispo abiertamente homosexual en EEUU; la Iglesia Anglicana canadiense que bendice los matrimonios homosexuales, y hemos visto como hace tan sólo unos días la cabeza principal de la Iglesia Anglicana, la Reina Isabel II de Inglaterra, proclamaba el derecho de los homosexuales a contraer matrimonio en Reino Unido, después de haber sido aprobada la ley por la Cámara de los Comunes.

Los luteranos, presbisterianos y la Iglesia Evangélica Española han renunciado a los prejuicios y la discriminación de la comunidad LGTB. Incluso ramas liberales de los cuáqueros y los mormones aceptan la homosexualidad con naturalidad. Dentro de estos últimos existe una rama denominada Iglesia de Jesucristo de la Restauración en la que conviven gays, lesbianas, bisexuales y transexuales en plena igualdad, sin discriminación y en donde las mujeres también pueden llegar a ejercer el sacerdocio en igualdad de condiciones que los hombres.

El Papa Francisco acaba de pronunciarse tibiamente a favor de la comunidad LGTB en unas declaraciones sin precedentes al decir que si los homosexuales son buenas personas quién es él para juzgarles, adoptando así la verdadera postura cristiana de amar al prójimo por sobre todas las cosas. Una posición que contrasta con la que han estado aplicando los miembros de la curia en la República Dominicana y allí donde se encuentra asentada la Iglesia católica, y en los lugares donde crece el radicalismo de algunas iglesias protestantes; radicalismo que debemos evitar a toda costa en nuestro país para así alejarnos de los desgraciados ejemplos que nos presenta a diario Rusia con las crecientes persecuciones, vejaciones y asesinatos de jóvenes homosexuales, masacrados con la impunidad que les da a los grupos de extrema derecha las leyes antigay promulgadas por el gobierno de Vladimir Putin; el recrudecimiento del discurso de algunos mandatarios africanos que alientan la ejecución de crímenes de odio, y la reiteración de episodios deleznables de masacres de personas transgénero en algunos países de América Latina.

Lo cierto es que el reconocimiento y el respeto de los DDHH es una labor de todos y cada uno de los ciudadanos y ciudadanas. Los gobiernos tienen la obligación de defender la dignidad de los suyos y las confesiones religiosas deben abandonar el discurso del odio para poder aplicar realmente aquello de lo que se jactan, procurando ubicarse en el terreno de lo divino y dejando a los gobiernos los asuntos terrenales.

La sociedad dominicana ha demostrado una gran madurez al no sumarse a las peticiones de estos grupos religiosos y al empezar a transitar por el camino de la tolerancia que lleva al reconocimiento de la igualdad de derechos. Ahora toca a los políticos mover ficha y plantar cara a los que quieren marginar a una parte importante de la sociedad. República Dominicana va por el buen camino, aunque muy lentamente, pero es claro que llegará muy pronto al final con un buen resultado.

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