La España democrática después del 20D.

La España democrática después del 20D.

Jonathan Gómez.

Analista y asesor político, reside en Madrid

Cuando desde el ámbito académico se pretende determinar la calidad democrática de un país, uno de los indicadores a tomar en cuenta es la diversidad de representación de las distintas formaciones políticas en el parlamento, en donde, sin lugar a dudas, reside la soberanía de todo el pueblo que lo elige cada cierto tiempo por sufragio libre, universal y secreto, -garantizando así el proceso de consolidación de la democracia-.

En los países donde el sistema democrático forma parte del ADN de los ciudadanos, de su forma de vida y la construcción institucional de los mismos, sobre todo los países nórdicos, tienen desde hace muchos años la conformación de un parlamento diverso, integrado por una multitud de partidos políticos de todos los colores y de distintas ideologías. En Francia sin ir más lejos, existen partidos de extrema derecha, presidida por Marie Le Pen, en Grecia con el partido político amanecer dorado, también de extrema derecha, en otros países europeos, existen representación de partidos ecologistas, animalistas, europeístas y como no, partidos políticos en contra del concepto teórico y práctico de la construcción y desarrollo de la Unión Europea.

Los parlamentos en los distintos países que conforman Europa integran por lo tanto, una amalgama de partidos que se ven abocados al dialogo, al consenso, al entendimiento, dentro del amparo de la legitimidad que le han otorgado sus votantes y dentro de la legalidad que le confiere el sistema parlamentario del que forman parte. Toda esta dinámica democrática que han experimentado los distintos países de Europa, y su larga tradición democrática ha permitido que éstos puedan crecer a todos los niveles, tanto en aspecto político, social, institucional y sobre todo económico, el cual éste último ha permitido y permite que se haga realidad el anhelo de todo país moderno, y es la idea del estado del bienestar real y efectivo para que posteriormente beneficie a todos sus ciudadanos.

Concretamente en España, a partir de las últimas elecciones celebradas el pasado 20 de diciembre podríamos esperar que el parlamento español al igual que los países de larga tradición democrática, se hubiera diversificado más para que exista distinta representación y que este hecho a su vez permitiese esa evolución en la calidad democrática que todo país debería anhelar. Pero resulta que si comparamos las elecciones del 2011 con las del 2015, encontramos que la cantidad de partidos con representación parlamentaria es la misma. Lo más interesante del análisis, es que una parte de esa supuesta diversificación es una falacia, ya que son grupos que conforman el mismo partido: PODEMOS, aunque con distinto nombre de franquicia, “Marea”, “Compromís”, “En Comú”, que representan en Galicia, Valencia y Cataluña, respectivamente. Es decir, que nuestro parlamento en la actualidad, está conformado por menos diversidad de partidos políticos, ya que ésta supuesta diversidad, es un mismo partido. Incluso contamos con la desaparición de algunas agrupaciones como UPYD y el Bloque Nacionalista Galego.

Por otro lado, cabe señalar que el ganador de las elecciones en España, el partido popular, ha pagado un alto precio la consecuencia de la crisis. Tres millones 650 mil 814 españoles han dejado de votarles en cuatro años de legislatura, un desangre de más de 912 mil votos por año. Lo cual refleja la ardua tarea y alto coste político de las medidas que inevitablemente ha tenido que tomar el gobierno del presidente Mariano Rajoy para esquivar la inevitable quiebra a la que estábamos a punto de arribar. Quizás sin crisis de por medio, el partido popular hubiese gobernado cuatro años más con la tranquilidad que le hubiesen conferido sus votantes, es decir, la mayoría de los españoles.

 

 

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