La guerrilla de la Restauración

La guerrilla de la Restauración

Por: FABIO HERRERA MINIÑO

 

*El autor es ingeniero civil. Reside en Santo Domingo.

 

El 16 de agosto último se conmemoró el 152 aniversario cuando en Capotillo se le dio inicio formal a la lucha restauradora para sacudirnos del yugo español, impuesto por “inconsulto caudillo”, que en marzo de 1861 hizo ondear la bandera española en la Torre del Homenaje, ante las protestas sordas de una población sorprendida por su ingenuidad de creer en los políticos.

Desde ese momento, la rebeldía dominicana, que ya había cesado de sus luchas en contra de Haití y resignados estos por la pérdida del territorio oriental de la isla que habían ocupado por 22 años, estalló en San Francisco de Macorís con las primeras escaramuzas sin mucha organización, luego en junio de 1861 se produjo la gran tragedia del fusilamiento del patricio Francisco del Rosario Sánchez, ordenado por Pedro Santana, junto a otros compañeros que ingresaron al país desde Haití, apoyados por el presidente de ese país Fabre Geffrard.

Los pueblos de la Línea Noroeste se convirtieron desde 1861 en los escenarios de las luchas guerrilleras que impusieron los valientes dominicanos para enfrentar a un ejército muy organizado y heroico, que comenzó a enseñar sus garras al enfrentar cotidianamente los improvisados soldados dominicanos casi sin armas, sin uniformes, descalzos la mayoría y peor alimentados, pero sí con un profundo amor por su Patria que pocos años antes le había costado mucha sangre para frenar y derrotar las pretensiones haitianas de la reconquista.

Las confrontaciones restauradoras en el noroeste del país alcanzaron niveles de leyenda, y luego del grito de Capotillo, España envió al país lo más granado de sus tropas estacionadas en Cuba y Puerto Rico, llegando a desembarcar en Monte Cristi a miles de soldados fuertemente armados para combatir al improvisado ejército dominicano que ya sabía hacerle daño a las poderosas fuerzas españolas.

El episodio del asedio a la fortaleza San Luis en Santiago, precipitado por el incendio de varias cuadras de la ciudad por instrucciones estratégicas de Gaspar Polanco, se convirtió en la epopeya más importante de la lucha restauradora cuando los españoles comprendieron que sus esfuerzos eran en vano en el Cibao para consolidar su ocupación, mientras el resto del país mantenía una relativa calma con una aparente aceptación de España en Santo Domingo y en las regiones Sur y Este del país.

LUPERON

Gregorio Luperon.

La batalla de Santiago propició el surgimiento de un joven desconocido, que tildado de aguajero por sus compañeros que lo veían presumiendo de valiente por andar siempre con una espada muy afilada, se transformó en un héroe imprescindible desde septiembre de 1863 en las calles de ese pueblo cibaeño hasta la culminación de la salida de las tropas españolas en 1865.

Gregorio Luperón surgió como la principal espada restauradora, y gracias a su inteligencia y ambiciones, se convirtió en el líder de un movimiento amorfo sin una cabeza definida, que aun cuando tenía mentes privilegiadas como Ulises Francisco Espaillat, Santiago Rodríguez, Benigno Filomeno de Rojas, Pepillo Salcedo y Pedro Francisco Bonó, solo poseía a los valientes cibaeños lanzados al campo de batalla para defender su independencia, haciéndole pagar a las tropas españolas la repudiada anexión que perdía sus pocas simpatías en todos los escenarios incluyendo en la misma España donde el eminente intelectual Emilio Castelar abogó por la retirada de las tropas de su país.

DUARTE

El episodio negro fue la diplomática expulsión de Juan Pablo Duarte del país en abril de 1864, a los pocos días de haber llegado, con riesgo de su vida, desde Venezuela. Se manchó la historia de unos hombres celosos y temerosos del arraigo que pudiera tener el patricio, que hasta el día de hoy ningún historiador criollo ha querido incursionar ni profundizar en tan espinoso episodio. Fue un bochornoso hecho para los restauradores, en que Ulises Francisco Espaillat fue uno de los artífices de esa deportación diplomática a nombre de que fuera a defender la causa dominicana en Venezuela y también a buscar recursos.

El patricio se dio cuenta de esa maniobra tan burda y aceptó la expulsión para evitar malquerencias entre los restauradores a quienes no conocía y solo se le permitió permanecer al lado del otro patricio Ramón Matías Mella en lecho de muerte, y luego que él muriera, se marchó del país para siempre.

Mientras la Línea Noroeste y el Cibao se desangraban, tiñéndose de la sangre de los españoles y dominicanos, la capital y las regiones sur y este del país mantenían una relativa calma llena de expectativas a la espera de una definición de lo que ocurría en el norte, que hasta se contó con la cooperación del gobierno haitiano.

Los enfrentamientos se trasladaron hacia el sur de la Cordillera Central para finales de septiembre de 1863. Las fuerzas restauradoras, al tener más control del terreno cibaeño, enviaron generales para organizar las luchas que se escenificarían para combatir a los españoles y a sus colaboradores dominicanos.

Los llanos orientales de la cuenca del Ozama, al sur de Yamasá y Monte Plata, fueron los campos propicios para los primeros enfrentamientos en donde Pedro Santana tuvo participaciones que le acarrearon varias derrotas, su caída en desgracia con los españoles y precursores de su muerte en julio de 1864.

Los combates en Arroyo Bermejo, Yabacao, Yamasá, San Pedro, Guanuma, Sillón de la Viuda, Los Llanos marcaron la diferencia de un ejército irregular y aguerrido, lleno de aprestos de gloria para ver su territorio liberado de las fuerzas españolas. Esas extensas sabanas para pastos y luego caña de azúcar permitieron a Gregorio Luperón afincarse como la primera espada de la Restauración y extendía sus hazañas a algunas poblaciones del sur como Baní y Azua.

Las fuerzas españolas, después que fueron desalojadas en septiembre de 1863 de Santiago, se concentraron en Puerto Plata en donde recibían sus refuerzos desde Cuba, incendiaron la ciudad y desde allí despachaban expediciones a otras regiones del Cibao, mientras los restauradores en Santiago conformaban su gobierno y consolidaban el control del Cibao con la figura clave de Pepillo Salcedo, que meses más tarde sería ejecutado por órdenes de Gaspar Polanco.

Salcedo fue uno de los héroes restauradores más íntegros, inteligentes y valientes, que la envidia de sus compañeros los llevó a atentar contra su vida y finalmente fue ejecutado en un rincón de la playa de Maimón, indicando Salcedo la forma de cómo quería que se depositara su cadáver en la fosa que se excavó para ese siniestro final de un héroe.

Los enfrentamientos en el sur de la república no tuvieron la intensidad sangrienta de los efectuados en la Línea Noroeste ni en la sabana de Guabatico. En el sur predominó la vesania de algunos generales dominicanos enrolados con los españoles y los latrocinios como los de Pedro Florentino todavía ocasiona horror de la forma cómo fusiló a muchos jóvenes de Baní, así como de los pillajes en Azua y San Juan, hasta que finalmente fue ultimado por un soldado de su ejército.

Otro dominicano aferrado a la causa española fue Juan Suero, que se le bautizó como el Cid Negro por su valentía y habilidades para enfrentar a sus compatriotas y salir triunfante para la causa española.

EL FINAL

El inicio del 1865 trajo la decisión del gobierno español de concluir su aventura dominicana con un decreto cesando la anexión e iniciar el retiro de las tropas, intercambio de prisioneros y de heridos de manera que el país recuperaba de nuevo su independencia, mientras los restauradores se destripaban enfrascados en una sorda lucha interna de ambiciones y personalismos que dio al traste con el heroico efecto de haber llevado a cabo la hazaña de derrotar un ejército de superior calidad por la cantidad de hombres, armamentos y disciplina.

Las filas restauradoras, con su administración establecida en Santiago, se distinguían por las intrigas, los enfrentamientos y alejamiento de los antiguos camaradas, mientras los españoles se preparaban para su salida que se materializó el 10 de julio de 1865, y ya para fines de mes no quedaban tropas españolas en el país.

En un momento dado las tropas se elevaron a más de 25,000 hombres, muy parecido a lo que ocurrió un siglo más tarde durante la guerra patriótica de 1965 con las tropas americanas de intervención, que estuvieron dispuestos a aplastar la rebelión dominicana como fuera necesario. Los españoles tuvieron en contra a su jefe final, José La Gándara, que, por su incompetencia, los llevó a constantes derrotas y dejar el país, humillados por los aguerridos dominicanos, muy celosos de su independencia.

herreraclubnaco@gmail.com

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