Biblia, Ciencia, Fe y Fin del Mundo

OSIRIS DE LEON, ING.GEOLOGO

Escrito por: R. Osiris De León (osirisdeleon@gmail.com)

Constantemente escuchamos y leemos múltiples debates entre académicos y religiosos que se disputan la posesión de una razón que es buscada entre una antigua Biblia escrita y leída con mucha fe, o en una ciencia moderna que cada día avanza aceleradamente buscando descifrar los códigos secretos ocultos en las estructuras celulares de los seres vivos.

Al correlacionar los textos bíblicos escritos hace tres mil quinientos años, unos; y casi dos mil años otros, con las interpretaciones muy particulares que durante décadas han hecho muchos predicadores, que con buena intención, o sin ella, hacen anuncios apocalípticos sobre el fin del mundo, nos encontramos con discrepancias profundas entre ciencia y fe.

La Biblia en sí no es un libro apocalíptico, son algunos profetas fanáticos los que han interpretado el Apocalipsis como el fin del mundo, para crear terror en la feligresía y tenerlos bajo su control.

Es lo mismo que ocurre con la Constitución y las leyes, donde cada abogado, cada juez y cada fiscal, tienen su propia interpretación de un texto legal moderno que ha sido escrito en el mismo idioma, en la misma época y en la misma cultura, y muchas veces no hay forma de poner de acuerdo a dos abogados respecto a la interpretación de una misma ley moderna.

Y si eso ocurre con los textos modernos, imagínese usted un texto escrito hace miles de años, en diferentes épocas separadas por más de mil quinientos años, y escrito por diferentes autores, desde Abraham y Moisés (viejo testamento), hasta Mateo y Juan, entre muchos otros (nuevo testamento), en idiomas diferentes, con múltiples traducciones, donde cada traductor ha interpretado en su propio estilo, y en base a su conocimiento de esa sociedad y de esa fe, y donde la visión del mundo era muy distinta a la visión del mundo de hoy.

Pero sin caer en anacronismos, ni en dogmatismos, ni en fanatismos, la Biblia sigue siendo el libro por excelencia para construir un verdadero puente conceptual entre la ciencia y la fe, un puente antropológico entre el pasado y el presente de la humanidad, un puente cultural que lleva a los orígenes del cristianismo en Galilea, Samaria y Judea, un puente histórico que nos lleva a conocer la pasada visión «simplificada» del Génesis sobre la creación del mundo en seis días, cuando en realidad han sido 4,567 millones de años, una explicación dogmática de un diluvio universal generado por lluvias e inundaciones de zonas bajas, o la destrucción de Sodoma y Gomorra con fuego, y que pudo ser una tormenta con rayos y granizos caídos sobre techos de paja.

La Biblia nos describe en el libro del Éxodo la cultura faraónica y esclavista de un imperio egipcio que subyugaba al pueblo hebreo, en Pi Ramsés, hasta que, después de sufrir los estragos de las diez plagas, Ramsés dejó que Moisés guiara a su pueblo hebreo en su salida a través de los pantanos bajos septentrionales del mar Rojo para luego vagar a través del desierto del Sinaí.

Sin embargo, el cineasta Cecil B. De Mille, para poder hacer en el año 1955 una narrativa adecuada para su obra maestra «Los Diez Mandamientos» tuvo que mezclar el libro del Éxodo, con los antiguos textos escritos por Philo y Josefo y así transformar el Éxodo es una hermosa narrativa histórica, más que una narrativa de fe, porque cada plaga descrita en el Éxodo tiene hoy una explicación científica que no tiene porqué enfrentar la fe de ese entones.

La Biblia es un puente que permite conocer los viajes de Pablo a través del mar Mediterráneo hasta llegar a las islas griegas y turcas donde sembró las primeras semillas del cristianismo en medio de un árido desierto de fe donde todo cristiano era perseguido y eliminado por el imperio romano, y aunque originalmente Pablo era un hombre perseguidor de cristianos, supo convertirse al cristianismo en un claro ejercicio de fe y supo predicar convincentemente su evangelio hasta llegar a ser decapitado por órdenes del imperio romano.

Pero la decapitación de Pablo no logró decapitar la rápida expansión del cristianismo en los territorios dominados por el poderoso imperio, y la fe terminó imponiéndose sobre el imperio.

Basta llegar hoy día a las cuevas artificiales excavadas por los primeros cristianos en las suaves rocas volcánicas de Capadocia, Turquía, para ver, como hemos visto, cómo vivían ocultos bajo el subsuelo aquellos primeros cristianos que salieron huyendo de Jerusalén, cruzaron Tiro, Sidón, Antioquía y Tarso, y llegaron a Capadocia para salvar sus vidas de la persecución de un cruel gobernador romano, y entonces saber bajo qué condiciones fueron escritos aquellos primeros textos bíblicos, algunos de los cuales son parcialmente coincidentes con los textos de los rollos encontrados en el mar Muerto. Algunos textos de ayer deben ser adaptados al mundo de hoy.

Ciencia y fe son parte de una cadena de conceptos que explican, desde sus respectivas ópticas, y en diferentes momentos culturales, la creación del universo y la evolución por adaptación a cambios de clima por glaciaciones o por vulcanismo, adaptación orgánica por cambios de presión y cambios de temperatura entre las zonas altas y las zonas bajas, cambios de color por cambios en los niveles de radiación solar fruto de cambios de latitud geográfica donde se vive.

Desde sus orígenes los seres humanos han tenido que migrar buscando agua, buscando alimentos y buscando mejores condiciones de vida, y esas migraciones en busca de nuevos hábitats han expuesto a los seres humanos a diferentes condiciones climáticas que han obligado a producir los cambios orgánicos para la adecuada adaptación a la presión, a la temperatura, al nivel de radiación solar, al contenido de oxígeno en el aire, al nivel de humedad, etc., etc. Y esa capacidad de adaptación vino en las células originales procariotas y eucariotas, las que han evolucionado para adaptarse al medio ambiente, y eso es lo que tratan de explicar la ciencia y la fe, pero desde diferentes planos.

La verdadera ciencia no está en contra de la fe, ni la verdadera fe niega la ciencia, y sólo basta haber conocido a sacerdotes jesuitas de la talla científica del padre José Luis Alemán y del padre Julio Cicero, economista el primero y biólogo el segundo, ambos miembros distinguidos de la Academia de Ciencias de la Rep. Dominicana, para entender cómo hombres de profunda fe han sido hombres de profundos conocimientos científicos.

Pero una de las grandes discrepancias entre ciencia y fe está en el hecho de que el libro del Apocalipsis nos habla en los capítulos 6, 11, y 16 de un gran terremoto que destruirá la décima parte de la ciudad, porque aunque es normal que en un planeta de núcleo incandescente ocurran terremotos fruto de las corrientes termodinámicas convectivas interiores que mueven las 12 principales placas tectónicas de la corteza terrestre, no es correcto que la sismicidad sea erróneamente tomada por predicadores fanáticos como Harold Camping, el Maestro Wang, y los seguidores de Raphael Bendandi, para pronosticar un falso fin sísmico del mundo, porque no hay ningún terremoto que tenga capacidad para destruir todo el planeta.

Es lo mismo que ha ocurrido con algunos seguidores de los textos mayas quienes dicen que el 21 de diciembre de 2012 vendrá el fin del mundo con un gran terremoto, cuando en verdad ese día 21 de diciembre de 2012 sólo tendremos el fin de una falsa creencia inventada por quienes buscan en cualquier texto antiguo, o en cualquier cambio de fecha, una razón para pronosticar el fin de un mundo que ya tiene 4,567 millones de años, como ocurrió con el Y2K.

La lectura de la Biblia debe ayudar a comprender mejor el avance de la ciencia, y el avance de la ciencia debe ayudar a entender mejor los conceptos de una Biblia escrita hace miles de años, bajo criterios distintos a los actuales, por personas de culturas y conocimientos distintos a los actuales, y su gran valor está en que sigue siendo el libro más leído y más respetado, y donde quienes hacemos ciencias encontramos muchas respuestas a muchos conceptos que antes eran asumidos por simple fe, y donde quienes predican la fe están en el deber de auxiliarse de las ciencias para fortalecer la fe. La Biblia es un libro para iluminar, no para intimidar.

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