Los bonos de Manny Acta siguen altos

Por Richard Justice / MLB.com

 

A Manny Acta se le salieron las lágrimas aquel día que escuchó el himno nacional de los Estados Unidos.

«Hasta ese momento, no estaba convencido de que había llegado a Grandes Ligas», reveló el dominicano.

Era el Día Inaugural en Montreal en el 2002, fecha que representó un hito importante en su carrera. Después de 16 años en liga menores, Acta por primera vez vestía un uniforme de Grandes Ligas.

Acta había sido contratado para formar parte del cuerpo de coaches de Frank Robinson al principio de los entrenamientos y, aunque no era la trayectoria que había imaginado, ese día se sintió muy bien recompensado.

Diez años después, Acta es uno de los dirigentes jóvenes más respetados del béisbol. A sus 43 años de edad, se encuentra en su tercera temporada como capataz de los Indios de Cleveland.

A veces el camino arduo es el más gratificante. Acta llegó a Estados Unidos en 1986 tras firmar con los Astros en la República Dominicana. Tenía 17 años de edad y no hablaba inglés.

Pero tenía sueños. Quería mantener a su familia y triunfar en grande. Conocía a ligamayoristas dominicanos como Tony Fernández y George Bell y pretendía seguirles los pasos.

A finales de esa campaña, algo increíble había sucedido. Cuando un ejecutivo de los Astros se reunió con los novatos del club, éste le pidió a Acta que levantara la mano. Dan O’Brien lo felicitó por haber aprendido inglés más rápido que cualquier otro jugador de liga menor que había conocido.

 

¿Cómo lo hizo?

«No estoy diciendo que lo hablara muy bien», dijo Acta. «Me podía comunicar. Hablando con Tony Fernández cuando joven, aprendí que tenía que adaptarme. Recuerdo que cargaba un libro titulado ‘Basic English’. Era muy vergonzoso no entender ni una palabra de lo que se decía en las reuniones.

«Veía televisión y escuchaba a mis compañeros angloparlantes. Tomaba las cosas un día a la vez. Ahora (MLB) hace un buen trabajo de enseñar inglés en sus academias en la República Dominicana. En aquel entonces, eso no existía. Pasabas vergüenza si alguien te decía que fueras a la derecha e ibas por la izquierda por no entender. Presumían que no éramos lo suficientemente inteligentes. Teníamos la mala costumbre de responder, ‘Yes, yes, yes’ a todo lo que nos decían. Nos daba vergüenza reconocer que no entendíamos».

Acta no tenía forma de saberlo en aquel entonces, pero la impresión que dejó luego le permitía estar en Montreal aquel día en el 2002.

Siete años antes de eso, los Astros le informaron que su carrera como jugador había llegado a su fin, pero que la organización tenía otro puesto para él.

«Fue triste, pero a la vez fue un alivio», recuerda Acta. «Lo sabía durante mi último año. Estaba en Doble-A en 1990. Cuando llegué a los entrenamientos en 1991, me llevaron a un lado y me dijeron, ‘No creemos que vayas a llegar a Grandes Ligas’.

«Fue difícil al principio. (El manager de liga menor de los Astros) Rick Sweet tuvo una buena reunión conmigo y me dijo, ‘Tienen muy buena opinión de ti aquí’. Me dije, ‘No soy tan bueno. Eso lo sé. Voy a comenzar mi carrera como coach’. Fue un consuelo saber que la gente me estimaba. Ese año mandaron a casa como a 50 muchachos, pero yo sabía que no me iba. De inmediato establecí mi meta. No llegué como jugador. Tengo que triunfar como coach».

Eso fue justo lo que hizo Acta, quien también estudió para ser escucha. Finalmente, a sus 24 años de edad, se convirtió en mánager en Clase A. Durante las siguientes seis temporadas, ejerció una gran influencia sobre decenas de jóvenes, enseñándoles no sólo los fundamentos del juego, sino también cómo comportarse como ligamayoristas.

«Cuando llegué a los Estados Unidos, veía a los jugadores estadounidenses como enemigos», dijo Acta. «Llegamos y nos poníamos a la defensiva. Llegamos a entender que eran iguales que nosotros. Simplemente hablaban otro idioma. Hay que tratar a la gente como tú quieres que te traten».

La vida de Acta comenzó a cambiar a partir de ese momento. Los Astros querían que fuera coach en un nivel más alto, pero antes de que eso sucediera, Acta recibió una llamada de un ex coach de Houston, Tommy McCraw.

«¿Estarías interesado en unirte al cuerpo de coaches de Frank Robinson en Montreal?» le preguntó McCraw, quien había tenido en mente a otro candidato.

Dentro de dos años, a Acta lo estaban entrevistando para puestos en la Gran Carpa. Los Nacionales le dieron una oportunidad después de la temporada del 2006.

«Obviamente, manejar el personal y colaborar con los demás es lo más importante», dijo. «La estrategia no es la parte difícil del puesto. No hay una forma correcta o incorrecta de hacer las cosas. Mandas un toque de bola o no lo haces. Es cuestión de trabajar con otras personas y crear un ambiente en el cual la gente esté dispuesta a hacer cualquier cosa por ti».

Los Nacionales lo despidieron en el 2009 a mediados de su tercera temporada como mánager del club. Seis meses después, los Indios y los Astros le ofrecieron puestos de piloto en sus equipos grandes.

Acta ha dado pasos tan agigantados que en ocasiones le cuesta creer todo lo que ha conseguido.

«Vivo con una actitud de agradecimiento», dijo. «Frente a mi casa (donde se crió) aún hay una calle sin pavimento. Crecí en una casa de madera con un techo de hoja de metal (zinc), un camino de tierra al frente y un campo de caña de azúcar atrás. Ahora soy dirigente en Grandes Ligas. Ni en mis sueños más locos pensé que algo así sucedería».

 

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