RD entre naciones menos violentas de América Latina

Un mapa de la tasa de homicidios a nivel mundial pone en evidencia que América Latina es una de las regiones más violentas del planeta. Mientras las estadísticas oficiales sobre asesinatos y niveles de violencia establecen que Latinoamérica se ha convertido en la zona del mundo de mayor peligrosidad, la República Dominicana sigue siendo una nación con bajos niveles de homicidios por número de habitantes.

Según las estadísticas sobre violencia y homicidios en el mundo, la República Dominicana no figuraba en el 2011 como una nación altamente violenta y entre 16 países de América Latina evaluados, los dominicanos ocupan el puesto 14, solamente superados por Chile, 15, y Uruguay, el 16. La nación más violenta del continente es El Salvador, seguida de Colombia, Venezuela, Guatemala y Brasil. México, nación que sobresale en los últimos tiempos por la alta tasa de criminalidad y crueldad en los homicidios, relacionados principalmente con el narcotráfico, está en el lugar 10.

Estos datos, contenidos en un estudio publicado en su blogs, Contrapuntos, del diario El País, de España, por Pablo Gentili, un argentino de 48 años que ha pasado los últimos 20 años de su vida ejerciendo la docencia y la investigación social en Río de Janeiro, establece que América Latina posee algunos de los índices de violencia más altos del mundo, por lo que las estadísticas oficiales ponen en evidencia «una realidad escalofriante», que rechaza cualquier explicación simplista o convencional.

Indica Gentili en su blogs que «los importantes esfuerzos realizados durante los últimos años en el combate a la pobreza, así como la implementación de políticas redistributivas de gran impacto en términos ciudadanos, no parecen haber tenido la capacidad de disminuir o limitar los altos niveles de violencia que poseen estas sociedades».

Sin lugar a dudas, la disminución de la pobreza y, en particular, de la miseria extrema, indica, constituye uno de los principales desafíos para los países latinoamericanos, mientras que la suposición de que una mejoría en las condiciones de vida de la población es suficiente para una reducción drástica en los altos índices de violencia social «no puede demostrarse de forma muy convincente en Latinoamérica» y apunta categóricamente que en muchos países de la región «la pobreza tiende a disminuir y la violencia a aumentar».

El Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal, de México, en un reciente estudio indica que de las 50 ciudades más violentas del mundo en 2011, 40 eran latinoamericanas, entre ellas, 14 brasileñas, 12 mexicanas 5 colombianas y dos hondureñas, cita Gentili.

El mismo informe detalla que las diez ciudades más violentas del mundo, considerando la tasa de homicidios oficiales, fueron: San Pedro Sula (Honduras), Ciudad Juárez (México), Maceió (Brasil), Acapulco (México), Distrito Central (Honduras), Torreón (México), Chihuahua (México), Durango (México) y Belem (Brasil).

En las tres ciudades más violentas del mundo, la tasa de homicidios cada 100 mil habitantes resultó aterradora: 158,87 (en San Pedro Sula, Honduras); 147,77 (en Ciudad Juárez, México); 135,26 (en Maceió, Brasil).

Los datos quizás sean difíciles de ponderar para alguien no habituado a este tipo de estadísticas, dice el investigador, a lo que agrega que a los efectos de dimensionarlos mejor podemos observar que, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la tasa de homicidios promedio a nivel mundial es de 8,01 asesinatos cada 100 mil habitantes; la de Francia de 1,33; la de España 1,0; la de Alemania 0,78 y la de Japón 0,45.

Explica, entonces, que de manera general, las investigaciones sobre el tema destacan dos tendencias con un alto grade de regularidad en casi todos los países: la concentración de la violencia en los grandes conglomerados urbanos y la alta incidencia de los homicidios entre los más jóvenes.

En el caso de América Latina y el Caribe, presenta Gentili, estas tendencias se presentan con muchísima claridad. Por ejemplo, Honduras posee la ciudad más violenta del mundo, cuya tasa de homicidios es 158,87, mientras su tasa de homicidios a nivel nacional es de 19,66. Lo mismo ocurren con México, Brasil y Colombia, cada uno con tasas nacionales de 17,61; 29,68 y 45,16, respectivamente, aunque sus mayores ciudades superan ampliamente esos indicadores. Si bien las áreas rurales son, en esta región del planeta, escenario de una enorme impunidad, la violencia tiene su epicentro en las grandes ciudades latinoamericanas.

Del mismo modo, la principal víctima de esta violencia suele ser la población juvenil, como lo revela el excelente estudio de Julio Jacobo Waiselfisz, Mapa da Violencia : Os jóvens da América Latina (2008).

Además de la altísima tasa de homicidios en América Latina y el Caribe, la información evidencia la alta concentración de la misma en la población joven, superando ampliamente la relación existente en cualquier otra región del planeta, inclusive en África. Cada 10 personas asesinadas en América Latina y el Caribe, 7 son jóvenes, revela al indicar que «un nuevo récord para Latinoamérica: ser la región del planeta con mayor número de asesinatos de jóvenes» y que, como sostiene Julio Jacobo Waiselfisz, a diferencia de lo que habitualmente se afirma, la violencia juvenil no es necesariamente un fenómeno universal. En Europa, Asia y Oceanía la relación entre homicidios de la población joven y no joven es muy semejante, mientras que en América Latina y el Caribe es significativamente superior.

La mayor incidencia de homicidios en los jóvenes latinoamericanos se manifiesta no sólo en los casos de países con altos índices de violencia sino también en los de los que los tienen más bajos. El caso de Uruguay es, en este sentido, singular. En un estudio de 83 países realizado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), Uruguay ocupa la posición 35, la más baja de América Latina, en su tasa general de homicidios. Sin embargo, cuando se considera la tasa de homicidios en la población juvenil, Uruguay sube a la posición 27, entre los países seleccionados.

«Los datos son elocuentes y describen una realidad que nos interpela a todos y obliga a los gobiernos de la región a desarrollar políticas públicas efectivas para contrarrestar los efectos de lo que no es otra cosa que una brutal violación de los derechos humanos. Naturalmente, la lucha contra la pobreza debe continuar y profundizarse, aunque la experiencia latinoamericana muestra que sólo de ella no depende la posibilidad de que los índices de violencia contra las personas y, en particular, contra los jóvenes disminuyan», expone Gentili.

«Nuevas y más efectivas políticas de seguridad pública son fundamentales –explica el investigador en su blogs- no sólo porque los índices de violencia son elevadísimos y porque gran parte de las víctimas son jóvenes, sino también porque los que casi siempre mueren son los más débiles, los más desamparados, los abandonados de siempre, los que «nadie» conoce, los que no salen en la prensa, los que nunca son recordados, los invisibles, los silenciados: los más pobres».

Agrega que la violencia, ya deberíamos saberlo, es siempre cruel y selectiva. Unos suelen sufrirla más que otros. En América Latina, la violencia es un problema social de características endémicas, «sin embargo, sus consecuencias suelen ser diferenciadas, especialmente, cuando se es joven, mujer, negro, indígena, campesino, o todas esas cosas juntas».

En Brasil, menos de 2% de las muertes en la población adulta es producida por homicidios. Entre los jóvenes, llega a casi el 40%. Un promedio nacional que esconde que, en algunas ciudades, más de la mitad de las muertes de los jóvenes se produce por homicidios. Los pobres, claro, no ganan nada por estar primeros en este ranking: la principal causa de muerte entre los jóvenes negros brasileños es el homicidio. La de los blancos: los accidentes de tránsito. Una brutal evidencia de cómo la muerte parece entretenerse dividiendo a la gente en clases. O quizás, claro, no sea a la muerte, sino los que viven de ella, sentencia el investigador.

«Las causas de la violencia (y sus urgentes soluciones) –dice el studio publicado- deben ser buscadas más allá del sentido común con el que generalmente las analizamos. La población negra en Brasil, por ejemplo, está constituida por 97 millones de personas, casi la mitad de los habitantes que tiene el país, y es significativamente más pobre que la población blanca. Todos los indicadores sociales muestran que, entre negros y blancos, los niveles de pobreza, de exclusión y marginalidad son diferentes, siendo siempre peores para los primeros».

Sin embargo, durante los últimos años, explica Gentili, los niveles de vida de la población negra han mejorado de forma paulatina, pero sistemática. En particular, los niveles de educación experimentaron un crecimiento significativo, con un impacto especial entre los negros y negras más jóvenes, gracias a políticas de promoción de acceso a la universidad que han comenzado a modificar, lenta pero sostenidamente, un padrón de discriminación racial que se había institucionalizado en la educación como en todos los niveles de la vida social brasileña. Los datos, en este sentido, brindan esperanza y muestran que con políticas públicas apropiadas, ciertas formas de exclusión y ciertas dinámicas de desigualdad limitan sus efectos.

«La realidad nos muestra, una vez más, su cara más perversa. De modo general, siempre se ha dicho que si mejoran las condiciones de vida de la población y aumenta su nivel educativo, la violencia social tendería a disminuir», indica el investigador.

En Brasil, agrega, aunque las condiciones de vida de los más pobres mejoran y sus niveles educativos aumentan, los niveles de violencia suben. En otros países de Latinoamérica también. Mientras que las víctimas por asesinatos en la población blanca brasileña ha disminuido 22,3%, entre 2002 y 2008, las víctimas negras han aumentado 20,2%. En casi todos los estados del Nordeste brasileño, el número de víctimas negras es 12 veces superior al de víctimas blancas.

Nuevamente, los estudios de Waiselfisz nos aportan datos de gran valor. Entre 2002 y 2008, los asesinatos entre jóvenes blancos disminuyeron 30% y entre jóvenes negros aumentaron un 13%, ampliándose la brecha de mortalidad entre ambos grupos a más del 43%. Si en el año 2002 morían 58,8% más negros que blancos, en el 2008, morían 134,2% más.

Pablo Gentili

Nació en Buenos Aires en 1963 y ha pasado los últimos 20 años de su vida ejerciendo la docencia y la investigación social en Río de Janeiro. Ha escrito diversos libros sobre reformas educativas en América Latina y ha sido uno de los fundadores del Foro Mundial de Educación, iniciativa del Foro Social Mundial. Su trabajo académico y su militancia por el derecho a la educación le ha permitido conocer todos los países latinoamericanos, por los que viaja incesantemente, escribiendo las crónicas y ensayos que publica en este blog. Actualmente, es Secretario Ejecutivo Adjunto del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, Sede Brasil).

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