Tiempo para hombres buenos.

Autor: Manuel Antonio Mejía.
Madrid, España. A 15 de febrero de 2017
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“Es un error mirar el pasado con ojos del presente.”
Arturo Pérez-Reverte: Autor de “Hombres buenos”.

Parece mentira pero desde que el presente siglo XXI siente el atisbo de un mal presagio u observa su luz caminando un solo instante por entre cortinas tejidas entre hilos de neblina o telares estampados de hielo, éste se sacude. Se sacude como un mamífero turbado por el agua fría; se sacude como un árbol estremecido por la tempestad repentina a la que se va desacostumbrando; se sacude como el universo cuando sus astros y estrellas se distraen mirando un arconte volador en vez de volver la mirada a Pegaso, a pesar de su anatomía mitológica.

El siglo se sacude como las puertas de los monumentos cuando, en medio del viento impetuoso protege vidas en su interior. Éste, es el siglo de las plazas, una modalidad que él-este siglo XXI- copió del siglo XX desde la primera vez que el interregno de Hemingway, Luther King, Malcon X o la caminata de los 390 kilómetros de Gandhi y sus seguidores en La India en contra del imperio Británico el 12 de marzo de 1930 cambió la historia.

Sabemos, sin embargo que, de forma paradójica, la ocupación por peticiones reivindicativas de las plazas tiene su origen más reciente en Argentina, cuando desde el 17 de octubre de 1945, la gente empezó a apoyar la gesta del peronismo y su camino hacia el poder. En este mismo país vimos ocupar plazas y calles…
La imagen de soldados argentinos, más tarde, desde todos los puntos de la nación suramericana, luego de la Guerra de las Islas Malvinas o Guerra del Atlántico Sur, que protagonizaran la misma República de Argentina y el Reino Unido, entre unas hostilidades que tuvieron lugar del 2 de abril al 14 de junio de 1982 dio la vuelta al mundo.

Es, naturalmente cierto que, cuando el Barroco en el siglo XVII removió los cimientos con el invaluable propósito de dejar sembrados sus innovadores fundamentos estéticos en toda Europa contra las viejas bases del Medioevo, las manifestaciones a la intemperie no dieron respiro a muchos de los gobernantes de entonces y autoridades reales, pero es más cierto que el hombre de entonces emergía de un acontecer y sentimientos puramente culturales y artísticos y religiosos. Cabe mencionar El Renacimiento, con todo su andamiaje de cambios en la ciencia, las bellas artes, la política, el movimiento contra la realeza hacia el sentimiento republicano de los pueblos, la Reforma Protestante de Lutero en Alemania, Calvino en Francia o Enrique VIII en Inglaterra.

Se tiene noticia también de que en América, antes del Caltanmí, de Moctezuma y la Noche Triste de Hernán Cortés Monroy Pizarro Altamirano -a la postre conquistador del país norteamericano en 1521- dicho rey azteca había sido estremecido por una manifestación estimulada por dos de sus consejeros y sabios en medio de una sequía y dificultades en la cosecha del maíz. La historia recoge también fuertes enfrentamientos de clase durante la construcción de la Gran Muralla China, no sólo al discurrir de la Dinastía de los Quin y los Shi Huang, sino hasta los términos de los últimos períodos y dominio del territorio asiático de la extensa estirpe de los Han y Ming.
Una de las manifestaciones antiguas menos comprensible tuvo lugar durante la construcción de la Gran Pirámide de Giza, ordenada por Jufu, representante de la IV Dinastía, creada a la luz de las manos del arquitecto antiguo egipcio Hemiuno. Dicha manifestación explotó debido a la proliferación de datos confusos acuñados en tabletas de piedras o escritos en trozos de papiros sobre informaciones del rey de la autoridad de turno, es decir del faraón.
Es necesario apuntar que ninguno de estos antiguos gobernantes dio a su pueblo en preludio de sus sentimientos internos hacia las ejecutorias malas o buenas del futuro mediato o inmediato; estaban concentrados en el deseo de servir, y de buscar hacerlo bien. En sus períodos de administración lograron estas dinastías o personajes históricos–llevar innovaciones, dejar un legado infraestructural, físico, religioso, teológico, filosófico. Construir algo de cara a la sed de la humanidad frente a los retos del conocimiento ante los inmutables retos del porvenir y la puerta entreabierta del esfínter de luna; del nuevo umbral celestial imperceptible cerrado ante el faro.

Todo ello se convirtió en un río; un arrastre de aguas de la historia y fuego –antaño y reciente– que el siglo XX trajo consigo y lo arrojó cual masa o testigo primaveral al siglo XXI. Y vimos entre el 15 de abril y 4 de junio de 1989 la protesta de la juventud universitaria china en pleno, en la Plaza de Tiananmen, de Pekín, que vino a confluir en las profundas reformas impulsadas y ejecutas por Deng Xiaoping después de una exasperante inflación que ahogaba a la República Popular China.
Se podría decir que, gracias a ese encaro de los jóvenes de la China de Confucio, este país se planteó nuevos retos y ha podido, hasta el momento, domar los bovidaes e invisibles fuerzas del futuro convirtiéndose, hoy por hoy, en una de las principales economías mundiales hacia nuevos repuntes del supranivel financiero de las actuales potencias. Este país, como nación, está obedeciendo al mandato de estos tiempos, que son tiempos para hombres buenos.

Sigue emergiendo a pesar del sistema político, social y económico que impera en sus tierras con hombres de estado moderados como Xi Jinping o sus antecesores Ju Jintao o Jiang Zemin. De parte de la China continental, Asia ha entendido que debe cambiar, porque, permítanme repetirlo, se trata de los “tiempos de hombres buenos”; tiempos de éstos en contraste con la historia más reciente de lo ocurrido en, apenas, lo distante de unos pocos años con Mubarak en Egipto, el NuitDebout en Francia, Grecia, el Movimiento 15 M. de los Indignados en España… Saben que estoy evitando decir que, fruto de estas manifestaciones y el surgimiento de los liderazgos basados en la política de la demagogia política y el arribismo promotor de los atajos por conquista sin medida del estado y estadio de sitio –todo aquello mal llamado hoy populismo– hace, en gran medida, peligrar presentes y futuras entidades políticas con fines reales de servicio patriótico, social, progresista, así si se trata de partidos políticos de derecha, de centro o de izquierda. Esto debido a que, unas veces serán los grupos “ultranacionalistas”, con propuestas propagandísticas entre pancartas sorpresivas, más que menos, malsanas, escudadas entre grupos de hombres de ningún partido; menoscabando el trabajo de buenos ejecutores de derecha que quisieran, real y efectivamente, trabajar por la población que representan; y otras veces los pertenecientes a los grupos “pseudo izquierdistas”, menos que más promotores de reivindicaciones serias frente a los grupos prestos de la izquierda trabajadora y los grupos socialistas sensatos, liberales y progresistas.

Toda esta narrativa de hechos recientes e históricos no hace más que corroborar con la idea de muchos actores y personalidades incidentes de la comunidad internacional respecto a lo que ocurre hoy en Estados Unidos y el reciente ascenso a la Casa Blanca de Donald J. Trump. Contrario a lo que un gobernante debe ofrecer, el actual presidente de los Estados Unidos de América comenzó dando datos verbales y presentando pasos cruciales que sólo iban a empezar a hacerle daño a su futura y recién inaugurada gestión. Pero, contrario a lo que mucha gente cree, este paradigma `Trumiano (P)´ no es nuevo en el país de Abraham Lincoln.

Según un estudio que involucró a historiadores e intelectuales norteamericanos y personalidades influyentes de todo el mundo, encabezado por el doctor Iwan Morgan, egresado de una de las principales universidades londinenses, y el investigador David Eisenbach, reconocido estudioso de la Universidad de Columbia, sin distinción entre demócratas y republicanos, los peores presidentes norteamericanos están representados en las personalidades de Andrew Johnson, James Buchanan, John Tyler, Franklin Pierce, William H. Harrison, George W. Bush, James Buchanan, Harry S. Truman, Calvin Coolidge, Ronald Reagan, James Buchanan, Franklin Pierce, Warren G. Harding, John Tyler, Andrew Johnson, Andrew Johnson. La pregunta es clara, a este efecto y taxativa, ¿por qué querrá un presidente o primer ministro de un país (un político en la generalidad de este aspecto) verse colocado en este ranking cuando los desafíos en el arte de eso que Marx llamó «estructura económica de la sociedad o la verdadera base en donde se apoya la moral, las superestructuras legales y reales y con la cual se corresponden formas definidas de consciencia social […]» y Adam Smith, Quesnay y David Hume concibieron como “actividad del hombre esencial de la sociedad para la división del trabajo y fuente de productividad en el papel del mercado?” La respuesta no es menos clave: hay una renuncia explícita e implícita de estos actores a reconsiderarse como entes públicos capaces de aplicar en el buen hacer social de las expectativas humanas, motor del propio poder y del propio estado, tal como lo observó Augusto Comte en su “Política positiva”.

Vistas las sugerencias del Premio Nobel Mario Vargas Llosa sobre la actual situación política en Norteamérica –incluido el generoso país de los antiguos mayas y el de los incansables pieles rojas–, este nuevo momento debe llamarnos a la inquietud, dada la proliferación de estos nuevos arquetipos sociales de grandes influencias en diferentes latitudes del mundo en que vivimos hoy y el hervidero de incertidumbres.

A los gobernantes de hoy queda muy clara la imagen y la magnitud de los anteriores movimientos y las causas y consecuencias de manifestaciones de altísimo calado social tales como los Disturbios de Soweto, en Johannesburgo (Sudáfrica), 16 de Junio de 1976, la Huelga en los astilleros de Gdansk Gdansk (Polonia), 14 de Agosto de 1980,ó la protesta de las Mujeres de Liberia, luchadoras incansables por la Paz desde el año 2003.
No puede, por supuesto, y estoy convencido de ello, ser eterno el poder del devil cuando la bondad de los grandes hacedores de la historia sigue latente presente, entusiasta y solidaria al llamado de la arquitectura de un mundo estructurado en un taller donde el resultado sea la convivencia imprescindible entre todos los seres humanos sin importar raza, religión, credo o visión política, en el corroborar imperecedero del universo y el arte de las relaciones entre los hombres. No tengo dudas de que fuera de ese redil, el sensible siglo XXI terminará exigiendo el saldo a cada representante social no correspondido con sus nuevas y, por suerte, afortunadas exigencias.

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