Titanic: un sueño burgués, una pesadilla moderna

He aquí un artículo sobre el Titanic sin las típicas consideraciones sensibleras modernas. Una visión más realista sobre cuales eran las distintas clases sociales que viajaban a bordo. Todos los anhelos reales de aquella burguesía que no difiere mucho de la nuestra, porque más que el fin de una era, fue el principio de una época.

 

LENA ORTEGA

Como todos sabemos, en la madrugada de este 15 de abril se cumplió un siglo del hundimiento del Titanic. Nadie puede negar que tan luctuoso acontecimiento quedó incrustado en la memoria colectiva de la humanidad como un hecho trascendental y relevante, razón por la cual en este señalado aniversario hemos leído y oído hasta el cansancio todo lo que ya conocíamos sobre el celebre naufragio. No pretendo, pues, volver a narrarles los hechos ni referirme a las miles de historias y curiosidades que conocemos de El insumergible. Se trata solamente de que en medio de todo este maremágnum de información a mí se me ocurre pensar que aquello no fue el fin, como se dice habitualmente, sino el principio de una época tan llena de contradicciones como la nuestra.

La primera gran contradicción es de “género”, pues es evidente que el “horrible machismo” imperante en la época permitió que se salvaran más mujeres que hombres. “Primero las mujeres y los niños”, era la orden que resonó en aquella clara y dantesca noche sobre la inmensidad del océano. ¿Qué dirían hoy nuestras feministas?… ¿No estarían contentas? ¿No es el principio de una época donde primero deben pasar las mujeres, y a los hombres que les parta un rayo? El Titanic fue precursor de un nuevo tiempo, de este penoso matriarcado donde las mujeres se ven obligadas a ser mujeres al tiempo que hombres, obligadas a serlo todo sin tregua, tal como lo fueron las pobres madres sobrevivientes del Titanic privadas de sus maridos con los cuales criar a sus hijos.
Se ha especulado siempre con que una de las causas del hundimiento de la nave se debió a que fue construida con un acero de mala calidad para ahorrar costes, lo cual permitió que el barco fuera cortado por el hielo como un cuchillo y que naufragara totalmente en solo dos horas y cuarenta minutos al inundarse de agua. Los que construyeron el lujoso y magnifico barco pensaron que la nave era insumergible y que bien valían sus capitales cualquier ahorro a costa de lo que fuere. Todo ello, la verdad, suena a tiempos tan actuales…
Contrariamente a la gran leyenda relativa a los pasajeros de primera clase, a los que pintan tan pudientes como poco bondadosos, en el Titanic había más pasajeros de tercera clase que de primera. Sin duda fue una gran injusticia que murieran casi todos los hombres a bordo de la tercera clase, cuando se cerraron las contrapuertas de hierro instaladas en los barcos de la época que viajaban a Estados Unidos, según requerimiento estadounidense para controlar el flujo de inmigrantes que pasarían por la mítica Ellis Island. Estos pasajeros de tercera iban en busca del sueño americano. Como millones de inmigrantes, muchos de ellos partían no solo por las hambrunas que recorrían Europa en tiempos de la revolución industrial: muchos eran campesinos que, si bien poseían un techo y comida en sus aldeas centenarias, iban en busca de los ecos lejanos que les llegaban de un futuro promisorio para sus hijos como médicos, abogados, empresarios… En fin, anhelaban que su prole tuviera la oportunidad de llegar a ser como los que viajaban en segunda y primera clase: basta escuchar las conversaciones telefónicas y leer las cartas en el maravilloso museo newyorkino dedicado a la inmigración que es la Isla Ellis. Muy loable el deseo de estos hombres y mujeres, que no representa, sin embargo, el fin de una época, sino el auge de inmensas masas desplazándose por la Tierra en busca del acariciado sueño burgués.
Por otra parte, es totalmente falso que en primera clase viajara la aristocracia, como se regodean en repetir demagógicamente. Hoy se suele confundir grandes fortunas con aristocracia. En primera clase iba todo aquel que tuviera dinero para costearse tan lujoso recorrido: para abordar el Titanic en primera clase a nadie se le exigía título nobiliario alguno. Exactamente igual que hoy no se le exige a quien tenga medios para pagarse una suite en el Ritz de Londres. A los navieros de la White Star Line no les importaba el apellido ni el pedigrí o los antepasados de siglos. Sólo les interesaban las cuentas bancarias de sus flamantes pasajeros. Nada tengo, la verdad, contra el lujo y la belleza, prefiero el derroche de aquel estilo de vida que erróneamente llaman decadencia a la cutre y ordinaria decoración de los modernos y horrendos cruceros, donde, por cierto también existen camarotes de distintos “precios”, ya que en nuestro mundo no queda ni tan siquiera primera ni segunda clase —hoy todo es de cuarta.
Por último, de verdad que no comprendo por qué le llaman el fin de una época cuando fue más bien el comienzo, y menos entiendo de dónde sacan que viajara la aristocracia a bordo de la primera clase del Titanic. En lo más mínimo: la aristocracia, o lo que quedaba de ella, estaba en los lejanos confines de Europa central, donde pocos años después terminó sucumbiendo, o la hicieron sucumbir los mismos viajeros burgueses de primera clase, junto a los que construyeron el transatlántico más famoso de la historia.
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