Una reflexión para ser leída por el liderazgo haitiano.

Una reflexión para ser leída por el liderazgo haitiano.

Autor: Manuel Antonio Mejía.

.Prefacio: Ocurrió un día, mientras terminaba mi carrera de Odontología…  Pregunté a mi amigo y contemporáneo académico Maxon Toussaint: «Maxon, ¿qué crees tú deberemos hacer para terminar graduados en una carrera con tantas dificultades y tan altas exigencias económicas?» Recuerdo que ayudaba a aquel colega en el Quirófano de Cirugía Dental de la Facultad de Odontología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Maxón me miró fijo, con ojos de un Fauchard negro, mientras desarrugaba su pijama verde de dentista y me dijo: «Los hombres, como los pueblos, deben luchar siempre y sin desmayar por lo que quieren cuando su sueño es loable». Luego seguimos trabajando.

A viernes 17 de julio de 2015.

Cuando hurgamos en la historia de América, nos encontramos -contrastando con las actitudes y aptitudes de gran parte del liderazgo del siglo XX y del siglo XXI del pueblo haitiano-, con la noticia de que Haití fue el primer pueblo de América Latina y nada más y nada menos que el segundo, en todo el continente americano, sólo después de EE. UU., en lograr su independencia. Haití luchó, nada más y nada menos que contra una de las primeras y más poderosas potencias del mundo para lograr su independencia: Francia; la invencible; la Francia de Napoleón y su Gran Armee, el hombre que infirió el mayor temor a potencias de potencias como fue el caso de la Rusia del Zar Alejandro Primero, del General Kornilov, las guerras europeas de Eblé, de los sargentos en Bourgogne y sus crónicas del campo de batalla… Así también de Lecler, posesionado en El Caribe (cuñado del poderoso Emperador francés -el mismo Napoleón-, propulsor de la Revolución Francesa) y el terrible Ferrand, también en todo El Caribe.

La nación caribeña que pervive al oeste de la isla de Santo Domingo y que paradójicamente ve tantas veces un altostratus cubierto de tanto oro fundido ante los ojos de la pobreza que le ha infringido gran parte de su propio liderazgo, cumplió en el génesis de las guerras americanas su objetivo. Se independizó el 1ro. de enero de 1804, cuarenta años antes que la República Dominicana de Duarte, a la postre independizada el 27 de febrero de 1844 y restaurada por Luperón durante los ’60 de los de los años 1800 y con un saldo de millares de vidas en el territorio nacional y una difícil situación económica sin par en América ni en el mundo.

El mismo Bolívar llegó a admirar y poner como ejemplo las hazañas de ambas naciones, y en especial de Haití; su valía de pueblo en sus interminables empresas bélicas americanas. Admiró al líder haitiano Petión, el que le ayudó en su gesta por tres veces consecutivas; la posteridad tuvo luego que hablar de personajes como Saîn Michel, Cristoübal, Dessalines, Toussain, sin los cuales no se reescribiría la historia del sufrido pueblo.

Pero entonces, ¿qué ha sido de ese sentimiento de los líderes haitianos por el sueño y la emancipación de su pueblo frente a su pobreza; al futuro de ellos como país y urbe y referente de etnias africanas; como nación?

Pese a aquellos 22 años de invasión al pueblo dominicano; el pueblo de Duarte y de Los Trinitarios y de los Restauradores, pudo sobreponerse a la adversidad; y ha tomado con seriedad capital y con insoslayable determinación los roles de su papel como nación democrática. Y a pesar de los embates del siglo XX con su parvada de cosas; incluidas en él como fueron: el efecto espejo de la Guerra Fría, el más alto y despiadado ámbito de los experimentos de guerra, y espionaje y Tumbes de gobierno, modelo nuevo de las naciones imperiales «modernas», «contemporáneas» y en ocasiones hasta magnicidas, la comunidad de los dominicanos supervive. Así, del mismo modo, ante los difíciles arquetipos puestos desde la nueva idea de las Economías del crecimiento y La Globalización, versión de la ascensión al poder mediático de los mundos del siglo XXI.

La República Dominicana, sin embargo, ha sabido sobreponerse a todo aquello. ¿Muros? ¿Tormentas y tormentos? ¿Golpes? ¿Pruebas de hierro? ¿Amaneceres impredecibles? ¡Claro!… ¡Claro que sí! Pero este país; la República Dominica, se ha sobrepuesto forjando el dominio a su inédita adversidad. Ha querido luchar siempre, anteponiendo el respeto a las naciones hermanas, lo hace con el respeto a su más cercana vecina que es Haití; por la determinación de sus hombres y mujeres de cumplir el sueño que hoy nos plantean los procesos de competitividad actuales, rigurosos, estatalmente profilácticos. Los retos planteados a la República Dominicana por Dios, por el Destino, por la Comunidad Internacional, por grandes potencias… no han sido diferentes a los de Haití, jamás desiguales, y ahí hemos estado, luchando valientemente a pesar de nuestras debilidades como pueblo, a pesar de las dificultades del camino, en el tormentoso trayecto de lograr un verdadero y total estado de bienestar.

Si Haití tuvo a Boyer, nosotros tuvimos a Trujillo; si tuvieron los haitianos guerras difíciles que librar desde su fundación, los dominicanos aún permanecemos luchando contra poderes multinacionales hercúleos -emergidos del ponto- desde nuestros propios inicios.

Nos ha faltado paz, independencia, fuerzas; pero todas estas cosas las hemos encontrado en un esfuerzo de lucha consistente: Cuesta mucho lograr decir: «Tenemos una nación». Aquello ha costado sangre, sueños lerdos, sacrificios sin gemelos universales y seguimos luchando. Y, entonces, vuelvo y me pregunto: ¿qué pasa con ese pueblo haitiano de tantos líderes antaño luchadores que tanto dieron por su gran nación que fue y sigue siendo Haití y la que hoy dudan ver crecer por sí misma sin detrimento de otra en los niveles de desarrollo y exigencias actuales?

Una nación no es la solución a los problemas totales de otra. La historia así lo enseña. Todos los paradigmas equivocados de las naciones que se han sumido en la autocompasión y los recuerdos vanos pasados no hacen más que hacer avocar a un sueño fatuo, a su propia invisibilidad y a la opacidad de sus mejores exponentes y por tanto sí lleva hasta el empuje y al olvido y estancamiento de sus progresos históricos, sociales, políticos, culturales, intelectuales, económicos, democráticos, civiles.

Los liderazgos haitianos deben emprender las acciones, de una vez y por todas, de dar muestra (a las naciones del mundo que quieren ayudarles verdaderamente) de querer levantar su pueblo por sí mismos sin el desmedro y sí el apoyo de otros. Esa decisión; ese impulso es, innegablemente, el motor de arranque para construirse un nuevo y mejor destino. No existe pueblo sin adversidad; pero ante la verdad de que el mandato a la superación es el equilibrio, no existe tampoco pueblo que no haya hecho de esta verdad un paradigma, un axioma, un plasmo verde de cifras matemáticas.

Me preguntó qué está pasando desde hace tantas décadas al liderazgo antaño luchador del pueblo haitiano.

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