Chilenos en fuga de España

No son la colonia más grande, pero sí una de las que tienen ventajas cuando hay que buscar trabajo en este país en crisis. Los chilenos hablan el idioma, tienen redes de apoyo y mayor facilidad que otras nacionalidades para huir a otro país antes de tocar la indigencia. Pero no son inmunes al desempleo. Entre Madrid y Barcelona hablamos con siete familias: algunos regresarán a Chile, otras dicen que jamás. Todos lamentan perder una forma de vida que no existe en su tierra natal.

Raimundo “Mumo” Pérez está por graduarse de ingeniero civil. En diciembre dará los últimos exámenes y su plan es viajar a Chile en enero con su esposa francesa, Eléa Malhomme. Se casaron ayer, sábado 25 de agosto. Mumo Pérez sabe que tras el desplome del boom inmobiliario español su carrera ha dejado de tener futuro en este país. Su caso es de manual: el ejemplo fácil que se pone cuando uno quiere explicar cómo han cambiado las cosas en España desde hace al menos tres años.

Hasta 2008, ser ingeniero civil, como ser arquitecto o peón de obra, estaba acompañado de las más altas expectativas de conseguir un trabajo y un sueldo por encima del promedio. Había peones de obra que al enterarse de cuánto ganaba un profesor de colegio o un médico a tiempo completo, desdeñosamente decían: “Yo, por ese sueldo, no me molestaría ni en levantarme”. Hasta entonces era motivo de celebración que en 2005 en España se hubieran construido más viviendas que en Alemania, Francia e Italia juntas. Y en 2007, en un artículo del diario El País se leían afirmaciones como ésta: “España se ha convertido en el modelo de referencia para los países que se han incorporado a la Unión Europea”.

Hoy, el índice de desempleo roza el 25%. Lo peor viene cuando esa cifra se desglosa y entre los jóvenes la desocupación sube a un terrorífico 48%. Mumo tiene 30 años y Eléa, 28. Ella tiene dos carreras, Filología Hispánica y Comercio Internacional. Por suerte, sí tiene trabajo. Porque él, no. En abril se rompió el tendón de Aquiles y tuvo que dejar su empleo de barman en un pub irlandés. “Posibilidades profesionales, aquí, ya no tengo -dice Mumo, mientras camina cogido de su bicicleta por el popular barrio madrileño de Vallecas, donde viven-. Por eso nos vamos. Si como ingeniero no empiezo hoy, ¿cuándo?”.

Chile es su plan A. Específicamente, su natal Pemuco, en la VIII Región. Desde ahora está enviando su currículum a constructoras. Eléa también está “moviendo sus contactos”, como ella los llama con su castellano chilenizado: colegios bilingües o empresas con intereses en el extranjero. Si todo les va bien, se quedarán en Chile un buen rato. Si no, tienen un plan B: mudarse a Francia. “No es que mi país esté mucho mejor que España -dice Eléa-, pero tan mal, tan mal tampoco”.

Desde que en 2009 estalló la crisis económico-financiera que afecta a la Unión Europea y muy severamente a España, cada vez hay más extranjeros que abandonan este país. Más emigrantes que inmigrantes. Hasta 2010, el Instituto Nacional de Estadística calculaba que de los 47 millones de personas que residían en España, casi 7 millones eran inmigrantes llegados en la última década, a un ritmo de 600 mil por año. El año pasado la tendencia cambió: llegaron 457 mil, se fueron casi 508 mil. En su mayor parte, de América Latina.

Hay una diferencia entre el inmigrante latinoamericano y el de otro país. La primera, obvio, es la lengua. Eso facilita las cosas, como postular a un trabajo compitiendo en igualdad de condiciones con alguien de Marruecos o de Rumania, por poner como ejemplo dos de los países con mayor inmigración a España junto con Ecuador. La segunda son las “redes sociales”, las verdaderas, no las de Facebook, que permiten que siempre aparezca “un amigo del primo del compadre” dispuesto a echar una mano. La tercera es que América Latina es vista hoy como un continente pujante y en crecimiento. Por último, una diferencia ventajosa sólo para los chilenos: al igual que a España, hay otros países a los que pueden ir a probar suerte sin necesidad de visado.

Es por eso que difícilmente se ve a un latino mendigando, como sí a algunos gitanos rumanos o búlgaros; ni tampoco en el más precario escalón de la venta ambulatoria, como a senegaleses o nigerianos.

Con Chile en la mira

Cada mañana, lo primero que Raúl Maltez hace al salir de su casa es caminar hasta el Comité de Defensa de los Refugiados, Asilados e Inmigrantes en el Estado Español, Comrade. Allí, en el pizarrón, mira si alguien ofrece un empleo temporal. Hay muchas cosas para las que Maltez está capacitado y con experiencia: desde los oficios de la construcción hasta mozo de restaurante. Su especialidad es la impermeabilización de tejados, techos y azoteas, aunque también podría hacer de pastor de ovejas, pues fue el primer trabajo que tuvo al llegar a España. “Pero no es fácil -dice-. La crisis no sólo afecta a los inmigrantes, sino también a los españoles. Y a veces te encuentras compitiendo por un puesto de camarero con gente que tiene desde cinco hasta ¡43 años de experiencia!”.

Cuando no hay ofertas en Comrade, lo cual ocurre a menudo, Maltez se va a ver si en el mercado, en una tienda o mesón “buscan a alguien que les eche una mano para ese día”. El vive en Madrid, en un barrio cuyo nombre le recuerda su encrucijada: Cuatro Caminos, también conocido como el pequeño Caribe, por su concentración de dominicanos y cubanos. Allí vivía con su mujer peruana, Flor, y sus dos hijos. Ella, que hace tiempo también se quedó sin trabajo, ha sido la primera en dejar el país para tentar suerte en otro lado. Ahora está en Canadá, donde ha encontrado un empleo temporal “pagado en negro”. Por eso mismo no puede quedarse: en Canadá, la educación sólo es pública para los inmigrantes legales con contrato, y nadie quiere dárselo. Si Maltez fuese a su encuentro y se quedaran ilegales, tendrían que pagar US$ 12 mil al año de colegio más un seguro por cada niño.

He aquí la encrucijada de Maltez: quedarse en Madrid, donde aún les falta pagar 15 años de hipoteca por la casita de 38 m2 que Flor compró, o marcharse. “Yo estoy decidido a volver a Chile. Flor también. Pero yo no soy el padre del mayor de los niños, es un español, y en el Consulado me dicen que no va a ser fácil mover los papeles”. Su segundo problema: encontrar trabajo en Chile.

Apenas la ministra de Trabajo, Evelyn Matthei, habló de una iniciativa para que 81 familias chilenas acogidas al “programa de retorno voluntario” de la Organización Internacional para las Migraciones volvieran a Chile con un trabajo seguro, él corrió a averiguar. Le informaron: que era sólo una iniciativa, y sólo para esas 81 familias. Por si acaso, se anotó. En Madrid no puede esperar.

Claudia Garrido y Daniel Ramírez Centurión ya empezaron a guardar en cajas lo que se van a llevar de regreso a Chile. No es mucho. Básicamente ropa y juguetes de su bebé de 3 meses, y un espejo de pared que ella, restauradora de antigüedades, rescató en las calles de Barcelona, la ciudad donde han vivido desde hace 10 años, ella, y 11, él.

La vocación de emprendedores de ambos y la tenaz voluntad de fundar empresas, impresiona. Daniel es diseñador interactivo y consultor web, con un MBA en la Universidad Autónoma de Barcelona, varios estudios de posgrado y ex docente en la European University. Claudia, además de abrir su taller de restauración, es programadora de sistemas con experiencia en sondeos de opinión.

La colonia chilena afincada en Barcelona los recuerda también como dos de los más entusiastas impulsores del XileFest, un festival que puso a Chile en el mapa cultural de España, y a él como fundador del estudio D76, de la web www.chilenosenbarcelona.com y dueño de la tienda online www.altiro.es.

El próximo noviembre se subirán al avión. “Aquí no hay posibilidades de seguir haciendo lo que queremos -dice Daniel-. Con este panorama, hace un año nos dijimos: vamos a pensar en la vuelta. Y aquí estamos, a punto de decirle adiós a todo esto”. ¿Y qué es todo esto? “Un estilo de vida -dice Claudia-. Yo vine acá de vacaciones. Si han durado 10 años es porque aquí encontramos una tranquilidad, una seguridad y unas oportunidades de formación que en Chile no se ofrecía para todos”.

Lo que ambos tienen para el regreso son ilusiones. La primera, vivir en Viña del Mar. No quieren hacerlo en “la locura de Santiago” y esperan que Viña sea lo que para ellos ha sido Barcelona: una urbe moderna, pero pequeña y con un cierto espíritu de barrio. Su segunda ilusión: “teletransportar” sus trabajos. El concepto es de Daniel, quien mira a Chile como una base de operaciones para extender sus negocios a Perú, Brasil y Ecuador. La tercera, gestionar a la distancia su tienda online de productos chilenos. Y con ella, la cuarta: mantener un pie en Barcelona.

Resistir

Ingrid González y Eduardo Araya son como un espejo en Barcelona de Cecilia Bustos y Herber Silva en Madrid. Ambos son matrimonios de varios años, los cuatro pasan de la cincuentena y en ambos casos es ella la que quiere volver y él quien se quiere quedar en España.

“Yo a Chile no vuelvo ni muerto”, dice Herber, el más radical de estos dos hombres que no se conocen. Su argumento es que, así en este momento no tenga trabajo, en España la salud pública nunca lo dejará abandonado. Lo que en su caso considera vital luego de haber sufrido dos infartos, el segundo de los cuales le costó su empleo de conserje en un edificio. Eduardo expone una razón parecida, si no idéntica: “Yo salí de Chile buscando ofrecerle algo mejor a mis dos hijos. En España, con mi trabajo de electricista y el de mi mujer, de limpiadora de casas, pudimos hacerlo durante diez años. Nuestro hijo mayor es actor de teatro, además de trabajar en un estudio de abogados, y el segundo va a estudiar diseño. En Chile, haciendo lo mismo, nuestros sueldos habrían sido tan bajos que no habríamos podido pagarles los estudios”.

Pero los argumentos de Ingrid y Cecilia son tan incontestables como el de sus maridos. Cuando Ingrid dice que ella está decidida a volver porque tiene cáncer y hace un año, tras su última operación, pesaba apenas 35 kilos y eso la llevó a pensar en la muerte y en un rotundo “no quiero morirme acá”, Eduardo no tiene cómo conjurar esa lógica implacable.

Algo parecido debe sentir Herber cuando Cecilia le expone su cadena de motivos para volver: a) ella es la única que percibe ingresos; b) su contrato de trabajo no es indefinido, se renueva cada año; c) si a fin de año dejan de hacerlo, no habrá tutías, tendrán que regresar.

La ventaja que tienen Cecilia y Herber respecto de su espejo barcelonés es que ella es enfermera especializada en unidades de cuidados intensivos, y eso, sobre el papel, le da mejores opciones para reengancharse al mercado laboral chileno. “En Chile trabajaba en el Instituto de Neurocirugía de Santiago. Antes de venir a España ganaba unos US$ 2 mil al mes. Aquí, ahora, gano bien, pero empecé en 800 euros. ¿Qué nos animó a quedarnos? Una idea de vejez. El poder disfrutar, tranquilos, de un modelo de sociedad que da cosas como la atención médica que Herber ha recibido, no gratis, sino como contraprestación por sus impuestos”. Y no sólo eso: también un chalet con un huerto-jardín donde siembran porotos, tomates y ajíes, y un Renault convertible que parece un Transformer. Y esto no lo añado yo, sino un orgulloso Herber.

El plazo que Cecilia y Herber se han dado depende del trabajo de ella. Por su parte, el de Ingrid y Eduardo es de un año más, mientras ella termina la primera etapa de su tratamiento contra el cáncer.

Otro destino

Tatiana Méndez y Ariel Palma no son novios ni comparten casa. Aparecen juntos al final de este reportaje porque ambos ven como opción marcharse de esta España en crisis. De hecho, Ariel lo hará el próximo noviembre. Pero en ningún caso para volver a Chile.

Ella tiene 38 años y él, 30. Ella es actriz, dueña de una empresa de diseño que incursiona en la producción audiovisual y madre de dos niños. Él tiene formación como técnico gráfico y desde que salió de Chile, primero a Inglaterra y después a España, ha trabajado en hostelería. Hoy tiene dos empleos: mozo en un café por las mañanas y barman en un bingo los fines de semana. Su próximo destino es Australia, donde piensa llegar como turista y presentarse a cuanto restaurante, hotel o discoteca vea. “En los 10 años que llevo fuera de Chile he vuelto dos veces -dice en un bar del multicultural barrio madrileño de Lavapiés, donde vive-. En Chile las cosas están bien, pero hay cosas que no cambian, como los ingresos de un camarero. Allá, haciendo lo mismo, me muero de pobre”.

Tatiana Méndez menciona la película para la que actuó en Chile como ejemplo de por qué no quisiera volver. Se titula Punto de partida, se terminó de rodar en 2005, fue premiada en Berlín y Nueva York, pero recién se estrenará. “Así funcionan algunas cosas en Chile -dice-. Cuesta mucho hacer algo, abrirte camino, romper las barreras del colegueo superfuerte que hay allá”. Al margen de que al inicio tuvo que repartir publicidad mientras tramitaba su visa de trabajo, en España ella ha actuado en miniseries, ha conducido un programa de radio, ha escrito guiones y producido contenidos para TV. Y ha fundado dos empresas, la segunda ya en tratos con el actor cubano-estadounidense Andy García para crear programas para la TV online.

“Además, aquí he encontrado una educación gratuita de primera calidad para mis hijos y una atención médica igual”. Y al decir esto nos cuenta que es trombofílica y que la última vez que estuvo en Chile tuvo una trombosis. “Habiendo cotizado allá hasta los 31 años, ¿qué creen que pasó? No me quisieron hacer los exámenes por Fonasa. Fui a una clínica y me dijeron que tenía que pagar un millón de pesos. Regresé a España y aquí me los hicieron de inmediato”.

Es posible que tras la crisis esto cambie en España, le recordamos. “Sí -admite-, y entonces quizá tenga que moverme. Pero no a Chile. Allá la cultura de lo privado lleva demasiado tiempo, y para mí la educación y la salud no se negocian”.

por Toño Angulo Daneri
27 Ago/ Amo Dom/latercera.com

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