¿Debemos mirarnos en el mismo espejo?

¿Debemos mirarnos en el mismo espejo?

REP-BLICA-DOMINICANA---Debemos-mirarnos-en-el-mismo-espejo-El Caribe / Según los resultados de las recientes elecciones europeas, las organizaciones políticas tradicionales sufrieron una estrepitosa derrota. En España, para el Partido Socialista Obrero Español fue de tal magnitud la debacle electoral que su secretario general, Alfredo López Rubalca, ha anunciado para julio que deja la dirección de la entidad. Por su lado, el Partido Popular (PP), aun cuando ganó las elecciones, perdió millones de votos, lo cual ha causado gran preocupación en el liderazgo de esa institución, que en la actualidad gobierna España. En Inglaterra las cosas no han sido diferentes y por primera vez se ve amenazado el bipartidismo, que por años han mantenido los liberales y los conservadores. El surgimiento de figuras de izquierda, con ascendencia y aceptación popular, indica que la tendencia no sólo corresponde a Latinoamérica, sino que también gana espacio en Europa frente al fracaso de los políticos tradicionales.

Pablo Iglesias, un profesor de ciencias políticas, sorprendió al obtener 1,245,948 sufragios. Con apenas unos meses haciendo campaña con su Partido Podemos y promesas tales como expropiar viviendas vacías, reforma fiscal para que paguen los que más pueden y acercar más los ministros a la población, posicionó un mensaje que ha calado en la población española. La crisis hipotecaria, la cual surgió en los países ricos, afectó la economía mundial, llevó el desempleo y la desesperanza a las grandes urbes y podría estar generando un cambio en la dirección política de importantes países europeos. Iglesias ha dicho: «Los mayordomos de los ricos son los que nos han gobernado.» Parecería tener un discurso que, para algunos observadores, es parecido al del fenecido Hugo Chávez en Venezuela. ¿Cómo nos vemos nosotros en lo que parece un cambio mundial, partidos tradicionales perdiendo gran cantidad de votos y el surgimiento de figuras desconocidas que logran alta aceptación popular? Si lo vemos con imparcialidad, el caso nuestro es diferente. No podríamos decir que los mayordomos de los ricos nos han gobernado ya que tenemos una casta política enraizada, muchas veces dividida por intereses particulares. Si bien no existen escrúpulos frente al dispendio o la corrupción, sin duda no es la oligarquía o el empresariado quienes deciden las elecciones o los candidatos.

Incluso, habría que admitir que los llamados sindicatos de choferes parecerían tener más fuerza que el propio Gobierno, pues no solo en este, sino en otros anteriores, han paralizado el país sin sonrojo ni remordimiento y sin que el costo de sus acciones reciba algún tipo de castigo. Todo lo contrario, la costumbre es que tan pronto paralizan el país se les otorga mayores beneficios de los que ya tienen y vemos cómo líderes de estos supuestos sindicatos ya forman hasta partidos políticos. Son tenedores de grandes fortunas mayores a las de cualquier empresario tradicional con décadas trabajando o con antecedentes de empresas familiares que tienen hasta cien años. Los partidos tienen importantes recursos que les otorga por el hecho de sacar más de un 5% de la votación e incluso hasta los emergentes reciben sus jugosas porciones, con lo cual se crea un estímulo para que surjan nuevas organizaciones políticas. En nuestro caso, el problema viene no por el desgaste de los partidos tradicionales sino por el uso de los recursos que el contribuyente debe aportar con sus impuestos para mantener a esas entidades partidarias. Iglesias en España es un producto de los medios de comunicación. Ese fenómeno no es ajeno en nuestro país. Vimos cómo el 4% a la Educación fue fruto de convocatorias vía redes sociales, que se replicaron y se legitimaron en los medios tradicionales. Contamos con movimientos «Toy Jarto», así como muchos otros que tienen miles de adeptos en un país donde la clase media carga con una enorme y pesado fardo.

Mientras tanto, los empresarios pierden terreno como resultado de los altos costos e impuestos y los pobres pierden la esperanza de salir algún día de una situación que no les permite sobrevivir. Los bancos de los grandes países tienen gran parte de la culpa de este descontento general, pues crearon una crisis de tal dimensión que el mismo gobernador del Banco Central de Inglaterra confiesa que no solo perdieron el rumbo, sino que su preocupación principal fue que su personal trabajó no para el banco, sino para obtener personalmente inmensas fortunas. Pero el descontento no es solo con los banqueros de esos grandes países, y que llevaron al mundo al borde de una recesión, donde miles perdieron sus empleos por las prácticas inescrupulosas, porque  grandes corporaciones repartían bonificaciones millonarias a sus ejecutivos aun estando quebradas. El descontento también es en gran parte de los partidos  políticos y la pérdida de credibilidad puede traer soluciones que no son las más convenientes.

Hay una tendencia hacia un socialismo frente al fracaso del capitalismo, que no es más que la consecuencia de la desregulación de los mercados, donde las consecuencias han sido más que visibles. El nuevo socialismo tampoco ha sido la solución y l vemos en países latinoamericanos donde el resultado ha sido una peligrosa división social. Siempre he creído en un modelo de consciencia social que equilibre las enormes diferencias entre los que tienen demasiado y los que no tienen nada. En esto debemos todos asumir nuestra cuota, la cual empieza por la clase política, que debería deponer sus espectáculos bochornosos, sin que esto signifique que el resto de la sociedad esté actuando correctamente. No todo está perdido y vemos  como grupos importantes están buscando respuestas en las iglesias, acercándose  al mensaje de Dios. Bien decía el Padre Manuel Maza en su homilía del pasado domingo: «Necesitamos un nuevo tipo de cristianismo que se involucre en la vida pública». Sin dudas ese será el camino.

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