El cretinismo político: Amable, Carlos y Víctor Díaz

Por CESAR MEDINA*

El autor es comunicador y embajador dominicano en España
Estos personajes de la política dominicana difícilmente encuentren definición en algún texto sociológico fuera de nuestro entorno.

En ninguna otra actividad de la vida se expresa tanto cretinismo como en la política. Sobre todo en la política clientelar que se ejerce en estos países donde el ascenso social y económico muchas veces lo determina el mérito partidario, el arribismo o la capacidad para estar siempre con el partido que está en el poder y con el líder que ejerza mayor influencia. Es probable que no exista otro país en el mundo donde un fenómeno como este adquiera categoría de Estado y donde se pueda pasar con mayor facilidad de la indigencia a la opulencia en el clásico salto de garrocha que no deja espacio al talento, a la creatividad, al esfuerzo profesional o al desarrollo del intelecto.

Eso tal vez explica que en muchos casos el liderazgo partidario se sustente en la capacidad que se tenga para agenciarse corifeos que al mismo tiempo escalan posiciones en las formaciones partidarias y formulan propuestas presidenciales sin ninguna base ideológica, programática, social o económica y que en ocasiones terminan lanzando a las multitudes salchichones, pollos y puercos. Sobre todo esto último, puercos… a veces vivos.

Estos personajes de la política dominicana difícilmente encuentren definición en algún texto sociológico fuera de nuestro entorno. Y no es posible encontrárselos en sociedades más desarrolladas que la nuestra simplemente porque no se concibe tanta desfachatez en el ejercicio de la política. En una sociedad organizada es impensable la posibilidad de que un individuo se arrime a la actividad partidaria y de la noche a la mañana salte al estrellato social y económico. Y no es que en los países desarrollados no haya corrupción política. Claro que la hay, pero los dirigentes corruptos son los menos y jamás las posiciones partidarias se adquieren de la noche a la mañana.

Y ni pensar que también de la noche a la mañana puede un ‘Juan de los Palotes’ saltar de la más notoria indigencia a la opulencia más ostensible.

El caso de Lagos

Recuerdo muy bien, porque acababa de llegar a Chile como embajador, que a mediados de febrero del 2006 el presidente Ricardo Lagos abandonaba el poder después de agotar un período extendido de seis años.

La ocasión era memorable porque le sucedía en el cargo una mujer, Michelle Bachelet, y a pesar de que provenía de la misma alianza partidaria que reemplazó a Pinochet después de 17 años de régimen totalitario –la Concertación por Chile– se trataba de un experimento porque la historia de esa nación sudamericana no registraba la experiencia de que una mujer asumiera el poder.

Tengo muy fresca en la memoria aquella escena del Palacio del Congreso en Valparaíso cuando tras imponerle la banda presidencial a su sucesora Lagos se abrió paso entre la multitud que solo miraba maravillado a su nueva Presidencia y abordó su viejo carrito Peugeot de ocho años de uso y se fue manejando hasta su casa acompañado sólo por su mujer.

Y no vaya nadie a pensar que se fue a una nueva residencia, tal vez propia de un jefe de Estado que antes o durante su gobierno pudo haber adquirido bienes y fortuna. No, se fue a su pequeño apartamento de un sector de clase media de Santiago, de donde salió a ocupar la casa reservada a los presidentes de Chile y que tienen que entregar a su sucesor –en este caso a su sucesora– el mismo día que entregan el poder.

Pero no es un caso único. La presidenta Bachelet hizo lo propio cuando le entregó el poder a Sebastián Piñera, y a nadie eso extraña. Es lo debido y lo que exige una sociedad como la chilena, con conciencia plena de que los fondos públicos son producto como en todas partes de los tributos de los contribuyentes, que son todos los ciudadanos, pobres y ricos, viejos y jóvenes, hombres y mujeres. Y así mismo actúan los funcionarios de todos los niveles, desde ministros hasta subalternos.

Nicolás Eizaguirre, que fue el ministro de Hacienda en los seis años del gobierno de Lagos, salió de ese puesto sin automóvil propio, y para mantener a su familia tuvo que emplearse como técnico de la Cepal por tres mil dólares mensuales. Y tampoco es cosa del otro mundo, así es la transparencia en Chile y nadie se extraña de ello.

¿Y aquí, entonces…? Muy sencillo. En nuestro país nadie se extraña de que cualquiera sin profesión ni oficio conocido salte al estrellato económico después de su paso por un cargo público. Porque aquí no existe fiscalización de las riquezas ostensibles ni siquiera para que se paguen los impuestos. Abundan por estos lados los que no resisten ni siquiera una elemental auditoría visual porque antes que disimular sus teneres los exhiben como trofeos del éxito político o partidario.

Probablemente eso explique el transfuguismo que observamos como espectáculo de campaña y porque gente que mudó los dientes en un partido, de la noche a la mañana aparece apoyando a un candidato contrario y jurando por lealtades ajenas abominando de amigos y viejos compañeros. Es por eso que en estos tiempos de campaña es cuando más se ven los camiones de basura recogiendo bultos en cualquier esquina.

Amable y Víctor Díaz

Hasta hace unos días nadie dudaba que Amable Aristy terminaría apoyando a Hipólito Mejia. Hasta que apareció al lado de Víctor Díaz Rúa entrando al Palacio para visitar al presidente Fernández.

Amable siempre ha sido un hombre fácil de interpretar. Porque no suele contrariar mucho el poder, sobre todo en tiempos tempestuosos como estos. Parecería que sus simpatías andan más cerca de Hipólito que de Danilo. Pero hay otros intereses de por medio.

Andan por ahí unas auditorías que Amable quizás no quisiera que se conozcan, y aunque eso parece chantaje o extorsión política impropia de un debate electoral decente, de decencia es precisamente lo que está careciendo un proceso que se anticipa terminará en paños menores.

En el Partido Reformista, con Carlos Morales a la cabeza, se piensa que Amable está siendo sobrevaluado por el gobierno y por una parte del Partido de la Liberación, sobre todo después que su primo Castro Silverio, a quien legó alguna vez su curul de senador de La Altagracia, se integrara a la institucionalidad partidaria que apoya a Medina.

Amable sabe bien que aquí se está jugando la faja. Si se va con Hipólito está obligado a ganar porque si el PRD pierde no valdrán ni siquiera sus plegarias a la Virgencita de La Altagracia para evitar que el primo lo desplace del liderazgo político en su feudo higu¨eyano.

Pero por encima de eso, nadie duda de la capacidad de persuasión de Víctor Díaz Rúa. Para gente como Amable, nada más efectivo.

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