Ha muerto uno de los grandes: Francisco Comarazamy

Por SAUL PIMENTEL

EL AUTOR es periodista, director de ALMOMENTO.NET.

Con verdadero pesar me he enterado del fallecimiento, por causas naturales, de Francisco Comarazamy, uno de los periodistas más afables, mejor preparados y que mayores contribuciones hizo a la formación de docenas de comunicadores, incluyendo yo mismo.

Don Frank, como le decíamos sus subalternos y “alumnos”, murió cuando se aprestaba a cumplir 104 años, larga edad que logró gracias a su filosofía de vida, a su jovialidad y a su permanente pasividad, las cuales mantuvo en alto en todo momento.

Aunque yo había visto su nombre a través de los medios de comunicación, no fue sino hasta comienzos de la década de los 80 cuando comencé a tratarlo personalmente, en ocasión de mi ingreso al periódico Listín Diario. El era el subdirector (cuasi director), el verdadero “filtro” informativo y el jefe que ordenaba los trabajos en este diario, función que desempeñaba siempre con afabilidad pero sin perder la autoridad. Debido a que el director Rafael Herrera no era muy dado a las reprimendas, Don Frank era, además, la persona encargada de dar los “boches”, en forma tan especial que hacía que el “reprendido” en vez de ofenderse, quedaba más bien con sentimiento de culpa y arrepentimiento por la falta cometida.

Una anécdota que habla mucho de su carácter es la siguiente: Un domingo en el que me tocaba trabajar, coincidió con una gran fiesta en mi ciudad natal. Era un “pasadía” bailable en el salón de “caoba y espejos” del hotel San Cristóbal, en el cual abundaban las bellas chicas y las buenas bebidas. Me sentía tan a gusto en el lugar que opté por llamar al periódico y pedirle a uno de mis compañeros que comunicara a Comarazamy que yo “no podía ir a trabajar porque me encontraba enfermo”.

El lunes cuando Don Frank me vio, me amonestó con las siguientes palabras:“Oye.. cuando tú te vuelvas a enfermar, anúncialo!!”. (Admito que sentí vergüenza y nunca más volví a “enfermarme”).

Masón durante toda su vida y profesor de generaciones, nunca ví a Comarazamy criticando a ninguna persona. Casi siempre estaba de buen humor, y se caracterizaba por ser un “viejo-joven”, que permanentemente nos repetía la frase: “Pa´lante!!”, a manera de estímulo colectivo. Fue un amante de la literatura, tanto así que durante muchos años mantuvo una columna sobre “Comentarios de Libros Dominicanos” en la que fueron lanzados al estrellato muchos de los buenos escritores que conocemos hoy día.

Como periodista era buen redactor, de estilo sobrio y directo, que desmostraba haber tenido sólida formación intelectual en su natal, San Pedro de Macorís, pero no era un buen orador ni tenía facilidad de expresión verbal.Vinculado a la Universidad Central del Este (UCE) contribuyó a forjar numerosos profesionales del periodismo.

Durante décadas él fue la segunda figura más importante del Listín Diario, después de su director, Rafael Herrera, con el cual (dicho sea de paso) nunca tuvo fricciones. Me voy más lejos: era el verdadero pilar, el héroe anónimo, a cuya gestión se debió indiscutiblemente gran parte del extraordinario éxito que alcanzó este periódico en las décadas de los 80 y los 90, cuando dominaba el 91% de la circulación nacional de todos los periódicos.

Tan importante era su trabajo que cuando Rafael Herrera enfermó, Comarazamy durante dos años se mantuvo dirigiendo el periódico y los lectores ni siguiera se percataron de la ausencia del primero. Por eso siempre consideré un error empresarial que tras la muerte de Don Rafael, a él no lo designaron formalmente como director y, en cambio, nombraron a otra persona cuya gestión resultó desafortunada porque lo primero que hizo fue intentar “desrafaelizar” un medio que durante décadas estuvo “rafaelizado”. Don Frank hubiera sido la continuidad en todos los sentidos y otro rumbo hubiera tenido el periódico.

Después de casi diez años sin verlo, fui recientemente a visitarlo a su residencia en el ensanche Naco y a mi llegada pedí a los sirvientes que le atendían que no me anunciaran para ver si él me reconocía. Inmediatamente me vio, exclamó: “Pimentel!!”.

Para mí fue una gran sorpresa que a sus 103 años estaba lúcido y recordaba todo. Hablamos de muchas cosas.Cuando le pregunté a qué atribuía su longevidad, respondió que posiblemente era porque él nunca había abrigado odios ni ninguna otra de las bajas pasiones humanas tales como la envidia, la crítica y la maledicencia. Señaló que había sido un amante del buen vino y los buenos quesos, pero nunca se emborrachaba ni ingería bebidas fuertes.También lo atribuyó a que siempre se entretenía leyendo buenos libros.  Entre otras cosas, cuestionó el deterioro de la profesión periodística.

Debido a que en este momento estoy en La Florida, no he podido ni podré asistir a su velatorio ni a su sepelio, pero aprovecho este humilde medio para expresarle mis testimonios de gratitud y admiración, a sabiendas de que se ha marchado en paz y con la satisfacción del deber cumplido.

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