La homosexualidad en la Biblia

amin2_0Amin Arias Garabito
Político dominicano residente en Madrid

Una cruzada contra el Embajador (2)

 

 

Lo que quizás pasa es que los cristianos más conservadores no dan mayor relevancia a otros documentos que a las sesgadas interpretaciones propias de las leyes por las que se rigen sus congregaciones, lo que justificaría la entrada en contradicción con lo mismo que predican. Hablan de amor cuando siembran odio contra un hermano. Hablan de perdón y no se cansan de condenar a los demás. Miran la paja en el ojo ajeno pero se olvidan del tronco que llevan en el propio. El mensaje de Jesús no lo aplican y viven permanentemente recordando cómo vivir bajo los mandatos del Antiguo Testamento, que fue precisamente la ley contra la que se pronunció Cristo al hacer ese cambio revolucionario que lo llevó a perecer crucificado.

Leyendo con objetividad los textos bíblicos y las diversas interpretaciones hechas a lo largo de la historia por teólogos, estudiosos de la Biblia e historiadores, sin que se entienda con este ejercicio pretensiones de erudición, podemos comprender fácilmente lo que he señalado anteriormente: de primeras hay que decir que no existe ninguna referencia de condena a la homosexualidad en ninguno de los evangelios. No existe constancia de que Jesús se opusiera o marginara a los que fueran homosexuales. Todo lo contrario, según la propia doctrina cristiana, el Mesías llegó a la tierra precisamente para proteger a los oprimidos y salvaguardar su dignidad prometiéndoles una vida mejor en el Reino de los Cielos: “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

Sólo en las epístolas de Pablo de Tarso, uno de los fundadores del cristianismo primitivo y descrito por muchos como un homosexual reprimido, encontramos referencias interpretadas por algunos como condenatorias de la homosexualidad en el Nuevo Testamento, aunque no sin mayor polémica. No obstante es por todos conocidos el radicalismo de Pablo y su gran apego a la Torá.

Connotados exégetas (Mc Neill; Hartman; Maike Bal; D. S. Bailey; Llinares) han analizado las referencias de Pablo de Tarso en Corintios y Romanos, y las conclusiones distan mucho de las interpretaciones salidas del Levítico, Jueces o el conocido relato de la destrucción de Sodoma y Gomorra que se hace en el Génesis, y que dicho sea de paso nunca fue mencionado como elemento condenatorio de la homosexualidad por Jesús ni es mencionado en ninguna parte del Nuevo Testamento cuando se habla de las practicas homosexuales.

Jesús “demostró mucha libertad frente a las costumbres de su pueblo, distanciándose de todo tipo de discriminación social y asumiendo con firme delicadeza la defensa de los marginados de su tiempo” (Alexandre Awi M., Isch). Incluso en su propio linaje encontramos indicios muy bien sustentados históricamente e ilustrados en la literatura y la propia Biblia que informan sobre lo especial de la relación mantenida por el joven príncipe de Israel Jonatán, hijo de Saúl, con el que posteriormente se convertiría en el Rey David. Los libros primero y segundo de Samuel dan cuenta detallada de esa amistad. La Biblia habla de una especial relación: «El alma de Jonatán quedó ligada al alma de David.» (1 Samuel 18:1).

Hay un relato al que se presta poca atención y que certificaría la relación homosexual mantenida por Jonatán y David. Se trata del momento que describe Samuel como ese gran arrebato del Rey Saúl contra su heredero al que dice lo siguiente: “Hijo de la perversa y rebelde, ¿no sé yo que tú has elegido al hijo de Isaí para vergüenza tuya y para la vergüenza de la desnudez de tu madre?» (1 Samuel 20:30). Esta reacción de Saúl iría en línea con la moral judía que no veía con buenos ojos la práctica homosexual, por lo que reclama a su hijo que mantuviera una relación de ese tipo con su protegido David, quien se había convertido en un reconocido guerrero tras haber ganado a Goliat.

A la muerte de Jonatán en la batalla de Guilboa contra los filisteos, David escribió un cántico fúnebre a su amado: «¡Cómo sufro por ti, Jonatán, hermano mío! ¡Ay, cómo te quería! Tu amor era para mí más maravilloso que el amor de mujeres» (2 Samuel 1-26).

Los estudiosos lo tienen claro e incluso nos hacen ver que en ningún pasaje del Antiguo Testamento se condena el lesbianismo, cuestión que encierra una importante relevancia. De todas formas, siguen habiendo voces más ortodoxas que prefieren pasar por alto estas referencias del Antiguo Testamento y seguir señalando negativamente la homosexualidad sin atender a interpretaciones más correctas de los textos bíblicos.

Pasemos ahora a los evangelios y leámoslos con atención. En el Evangelio de San Mateo (Mt. 8, 5-13) asistimos al pasaje del centurión romano que solicita ayuda a Jesús para sanar a su siervo (la palabra utilizada en este relato es páis que en griego quiere decir “amante” y era el término utilizado en la época para referirse a los amantes masculinos). Mateo lo relata de la siguiente manera:

Al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión, que le rogaba diciendo: «Señor, mi amante (pais) está postrado en casa, paralítico, gravemente afligido». Jesús le dijo: «Yo iré y le curaré». Pero el centurión le dijo: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra y mi siervo sanará, pues también yo soy hombre bajo autoridad y tengo soldados bajo mis órdenes, y digo a este “ve” y va y al otro “ven” y viene; y a mi siervo “haz esto”, y lo hace». Al oírlo Jesús, se maravilló y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes». Entonces Jesús dijo al centurión: «Vete, y que se haga según tu fe». Y su amante quedó sano en aquella misma hora (Mt 8, 5-12).

Los centuriones tenían prohibido casarse durante el ejercicio de sus años de servicio, sin embargo sí que se les permitía tener efebos. En este relato que nos muestra el evangelio según San Mateo, Jesús, aún conociendo la relación que guardaba el centurión con su sirviente, no la condena. Lo mismo extraemos de la referencia a este hecho que se hace en el Evangelio de San Lucas (Lc. 7. 1-10) donde se utiliza la palabra griega doúlos (que se traduce por esclavo, siervo) y donde se dice del sirviente que era alguien “a quien éste quería mucho”, en referencia a lo que sentía el centurión por él. Por tanto, y atendiendo a una correcta traducción de las palabras utilizadas en los textos originales de la Biblia, y tal como nos señalan un gran número de estudiosos de los textos bíblicos, Jesús no se posiciona contrario a las relaciones homoheróticas, que por demás eran muy comunes en la Judea ocupada por Roma.

Podemos concluir, vistos los ejemplos, que la homosexualidad no está condenada en el Nuevo Testamento y que existen referencias homofílicas en el Antiguo Testamento, lo que desmontaría todo el argumentario religioso contra la homosexualidad.

Con las traducciones más modernas los estudiosos concluyen que en la época en la que se escribieron esos textos la homosexualidad era practicada y que, aunque no fuera muy habitual, sí estaba generalmente aceptada. Y si las reglas que vino a darnos Jesús, el hijo de Dios, no condenan la homosexualidad, atendiendo a sus propios postulados, entonces hemos de entender que la misma no es contraria a los designios del Altísimo.

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