La triste historia de un ni-ni

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RAFAEL ALVAREZ DE LOS SANTOS

Filósofo y teólogo

“No se preocupe mamá, cuando yo sea licenciado las cosas van a cambiar”. Fueron las palabras de José a su madre una mañana de lágrimas.

Su madre era una de tantas que desafían la vida a diario sustentando a su hijo sola. Su esposo la abandonó cuando el niño tenía tres meses de nacido en un barrio empobrecido de la capital.

La madre se había preocupado en dar a su hijo buena educación. Era un muchacho sano y el único incidente que pudiese llamársele como tal ocurrió al ser sorprendido por un narcotraficante que visitaba el barrio dibujando la palabra “lávame sucio” en el cristal lleno de polvo de su yipeta blanca.

Su madre había observado el hecho a través de la persiana de su casa. Cuando vio a su hijo conversando con aquel señor sintió un frío que le apretó el alma. Salió con prisa de la casa, lo llamó con cierto temor mientras miraba furtivamente al señor que de manera discreta había pasado una tarjeta con sus números al adolescente mientras  hacía un gesto manual indicando que le llamara.

Al día siguiente de su graduación en administración de empresas, inició José su transitar por diferentes empresas dejando un currículum en cada oficina y recibiendo por respuesta una expresión que había aprendido de memoria: “OK señor, le llamaremos”.

Algo extraño comenzó a inquietarle y es que, pese a los tantos currículums que había depositado, no le llamaban de ningún lugar.

Días después leyó en la prensa que en el país hay 780,000 jóvenes sin empleo, y que de ellos 675,000 ni trabaja ni estudia lo que representaba el 19% de la población dominicana y estos son los denominados ni-ni. Aunque había terminado su carrera se consideraba un ni-ni por no tener empleo para pagarse una maestría como había soñado.

El problema se lo hizo ver Jordi, su mejor amigo, el día en que le dijo “Mira José, si tú quieres trabajar debes cambiar la dirección, no puedes decir que vives en un barrio porque los pobres existimos para justificar los discursos de campaña”.

Pasaron los días, la llamada no llegaba. Pero el día en que sonó el teléfono fue el peor para su madre. No supo quién lo llamó, solo escuchó a su hijo colgar al momento de decir “está bien, nos vemos en la cancha”.

¿A dónde vas José? Preguntó con cierta intriga, sobrecogida por el pavor que presagiaba lo peor. Eso que llaman instinto de madre la trasladó al incidente de la yipeta blanca. “No lo sé” respondió con voz firme; “Pero no negaré mi barrio, ni tampoco me quedaré pobre”. “Aquí el que no tiene dinero se jodió, pero el que tiene dinero lo tiene todo inclusive el poder de decidir qué pasará con un joven de un barrio que sólo pide una oportunidad”. “tantos corruptos que se quedan con todo en cada gobierno y nada pasa”.

El día en que lo apresaron por tráfico de drogas rodó por su mente un cortometraje de su vida, desde el episodio de la cancha con el narcotraficante, hasta las últimas palabras de su madre y entendió su desgracia pues dentro de los vehículos utilizados en el operativo en que le detuvieron se encontraba la misma yipeta blanca y en ella estaba sentado un agente que conocía muy bien, pero no como policía, que sonreía mientras era conducido esposado.

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