Ligia Amada, las becas y lo´ moño´ malo

Amín-Arias-Garabito

Amín Arias Garabito
@AminArias
Voy a ser duro, lo sé. Pero como dicen jocosamente en los barrios populosos del Sur de mi país: ¡ME SE IMPOLTA!
Y en realidad no es que me dé igual, sino todo lo contrario. Como me duele mi país, como verdaderamente me duele mi gente, lo que no tengo es miedo. Mi independencia, mi libertad absoluta me obligan a velar por los intereses de todos y cada uno de los dominicanos y dominicanas frente a los tejemanejes de los pervertidores del sistema
¡YA ´TA BUENO, COJOLLO! Ya estamos “JARTOS” de tanto latrocinio, tanto clientelismo y discriminación institucionalizados contra la propia base social de la República Dominicana.

Ya basta de tener que rendir pleitesía a los “apellidos” y de aceptar como normales prácticas que se alejan de toda lógica institucional. Los Órganos del Estado no son la finca particular de ningún Ministro o quien diantres sea. El Estado y sus instituciones son patrimonio del pueblo, en el que descansa “exclusivamente” la soberanía nacional y del que “emanan todo los poderes”, como reza el artículo 2 de la Constitución de la República.
Los miembros del Gobierno y de los demás estamentos que configuran la Administración son servidores públicos, y están para servir a los ciudadanos, al pueblo, que somos quienes pagamos los impuestos que cubren sus astronómicos sueldos, sus dietas, sus viajes al extranjero, etc. Somos los que sostenemos el país haciendo frente a nuestras obligaciones fiscales para que se construyan las infraestructuras que necesitamos en todos el territorio nacional, para tener un sistema de salud y una educación de calidad, y quienes votamos cada cuatro años, otorgando nuestra confianza, para que quien llegue a los lugares donde se ejerce el poder puedan generar políticas públicas en beneficio de la sociedad para acabar con las desigualdades y erradicar las situaciones de desvalimiento de los que se encuentran en riesgo de exclusión.
A nosotros no nos regalan nada, somos quienes generamos riqueza y movemos la maquinaria nacional. Incluso yo que, aun viviendo en el extranjero, contribuyo a la economía nacional con mis remesas, como la inmensa mayoría de los que vivimos en el extranjero, que aportamos una gran inyección económica extra al país, dinero que nuestros familiares gastan en los comercios, pagando sus respectivos impuestos, sus hipotecas, fianzas de carros, terrenos, etc.
Creo que el racismo institucionalizado y generalizado que existe en la República Dominicana, esos tics que muchos niegan pero que son evidentes, es el único en el mundo que no se ejerce contra una minoría de la población, porque los dominicanos somos mayoritariamente el resultados de la mezcla, y esencialmente somos afrodescendientes, pésele a quien le pese. La realidad del pueblo dominicano no deja lugar a dudas de que somos un país de negros que, vergonzosamente, ejercer discriminación contra aquel al que le ha caído un chin más de café en la leche.
Un país racista y que vive sumido en oscurantismo es aquel que obliga a su gente a renegar de su realidad, a abjurar de su verdadera identidad construyendo un relato falso sobre su propia configuración que se aleja de toda verdad histórica y de la lógica más elemental, atreviéndose a “blanquear” incluso al propio Padre de la Patria, del que todos sabemos que proviene de una familia mestiza. Porque aunque nunca nos lo dijeron en la escuela, Juan Pablo Duarte es el resultado de una mescolanza que le viene heredada por línea materna.
Un país racista es aquel que dice a sus niñas que tienen que desrizarse el pelo porque sus trenzas, símbolo de la resistencia de las esclavas que trazaban mapas en los cráneos de sus hijas para gestar los planes de huidas de las plantaciones, reforzando así la organización de la lucha cimarrona, no están permitidas en las escuelas.
Una nación es racista cuando obliga a los hombres a cortarse el pelo casi a “caco pelao” si estos quieren acceder a algún puesto de la Administración Pública. Y para muestra un botón: fíjense en los y las que trabajan en lugares, como por ejemplo, el Banco de Reservas. Los hombres llevan un corte de pelo estándar, y ellas el pelo desrizado. Un criterio absurdo que mina la propia configuración del libre desarrollo de la personalidad recogido en el artículo 43 de la Constitución como uno de los Derechos Fundamentales que son inherentes al ser humano y por consiguiente inviolables.
La última ocurrencia de la Ministra de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, Doña Ligia Amada Melo, independientemente de si se negó o no a dar la beca a una estudiante por tener lo´ moño´ malo, lo que me da pie es a analizar determinadas prácticas incomprensibles (por no decir inconstitucionales) que aparecen con frecuencia en el ejercicio de las funciones de los representantes públicos.
Y esto me lleva a preguntarme ¿qué cojollos hace una Ministra entrevistando uno a uno a cada estudiante solicitante de una beca de postgrado? ¿Nadie en la República Dominicana se ha puesto a pensar que esa no es una función específica del Ministro de Educación Superior ni de ningún otro Ministerio por imperativo legal? O ¿acaso tantos años ocupando la misma poltrona le impiden ver a Doña Ligia cual es el valor de su función, que no es otro que el de velar por el buen funcionamiento de ese estamento público? ¿Estamos, de verdad, tan perdidos en la República Dominicana que nadie conoce su papel real dentro de la Administración?
Ni la Ley Orgánica de Administración Pública, ni la Ley de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, ni el Reglamento de las Instituciones de Educación Superior, ni la propia Constitución de la República otorgan “discrecionalidad” al Ministro de turno para la concesión de una beca. La ley y la lógica son aplastantes: las becas han de concederse a aquellas personas que cumplan con los requisitos establecidos y bajo unos criterios estandarizados. A la Ministra Melo le tiene que dar exactamente igual qué ropa se ponga un estudiante, de quien sea hijo o hija, cuál es su filiación política o cómo lleve el pelo.
Los escándalos en el Ministerio que ella dirige desde hace casi veinte años, sin restarle sus méritos individuales y personales, son clamorosos. Y todos lo sabemos. Hay becas que se dan sin ningún criterio, sin que se cumplan las prerrogativas establecidas para que los estudiantes vuelvan al país con garantías de que podrán encontrar un trabajo digno, acorde con su nivel académico… Así no se puede seguir.
Y aparecerán quienes defiendan a capa y espada a la Ministra argumentando que “ella” ha dado becas a gente con “moño malo”. Y volvemos al principio:
1. Que “ella” no es quien tiene que dar las becas, “ella” no da las becas. Ese “regalo” ha de otorgarse a quien se lo haya ganado. No debe emanar, en ningún caso, de la voluntad individual y la discrecionalidad de absolutamente nadie, sino de la consideración al mérito académico o a la protección de las personas de escasos recursos cuya única vía para acceder a la educación sea por medio de una ayuda a sus estudios.
2. Lo apellidos, las relaciones de unos con otros, las filiaciones políticas y las lealtades sobrevenidas por compromisos adquiridos tampoco deben ser elementos justificadores para el otorgamiento de una beca de estudios, ya que esa práctica perpetúa los niveles de corrupción existentes dentro de la Administración, y son un claro ejemplo de un tráfico de influencias continuado que puede llevar a presuntos actos de malversación de fondos públicos, ambas acciones perseguibles por la Justicia y reprochables socialmente.
Somos dominicanos y sabemos perfectamente cómo han funcionado durante toda nuestra vida republicana los entresijos del Estado. El amiguismo, el señalamiento a dedo, el nepotismo, en definitiva, el país de Conchoprimo: una nación con miles de leyes, pero quienes tienen la obligación de ejecutarlas, el deber de dar ejemplo, se las pasan por el arco del triunfo, otorgando así la razón a aquel que dijo una vez lo de que la Constitución, eso que llamamos ley, no es más que un trozo de papel.
La acción cometida por la Ministra Melo y denunciada por la politóloga Nicky González Méndez es un atentado contra la dignidad del pueblo dominicano en su conjunto. Es una amenaza contra las mujeres libres, autoreconocidas en su identidad y su diversidad. Es una ofensa contra los hombre que defendemos los derechos de todas y de todos a tener una educación de calidad, a un Estado que verdaderamente nos proteja. Es un acto racista perpetrado por una mujer que al parecer nunca se ha visto en el espejo la nariz que lleva acompañándola toda la vida, una ñata orgullosamente afro, orgullosamente negra.
Veinte años es demasiado tiempo al frente de un organismo público. ¡Ya está bien de tanta cogioca!
Espero que esta sea la última acción contra un pueblo que lo único que pide a sus representantes es que le deje avanzar. Una sociedad que quiere escapar del odio, de la caverna y abrirse al exterior saltando las fronteras mentales que nos han impuesto para fusionarse con el mundo del siglo XXI que nos llama agitadamente a la puerta. Mi grito en defensa de los derechos de todos y de todas se suma al de tantos dominicanos y dominicanas que vemos un horizonte nuevo, diferente, un país en el que cabemos todos.
Se acabó su tiempo, Ministra, ya no puede “desrizar” sus palabras. Y no olvide nunca que lo duro de nuestro “pelo malo” constituye la fuerza de nuestra resistencia.

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