Los herederos del perejil.

Los herederos del perejil.

Amin Arias Garabito

Ser dominicano es algo verdaderamente único, indescriptible, enorgullecedor y, particularmente para mi, algo realmente mágico. Reivindicamos nuestra identidad en todo momento y lugar haciendo constar con vehemencia nuestro origen, dando cuenta de nuestra gastronomía, de nuestra forma de hablar, de nuestro sol, de nuestro mar, de lo internacionalmente conocidos que son nuestros ritmos musicales, tanto el Merengue como la Bachata, que ponen a vibrar a millones alrededor del Mundo… Estamos convencidos de que cualquier particularidad nuestra es inigualable, y no hay «vaina» en el Mundo entero, en ninguno de los idiomas del planeta, que dé significado al orgullo que sentimos los dominicanos por nuestros dos tercios de isla.

Y por supuesto, exactamente lo mismo dicen acerca de sus sentimientos para con sus terruños los cubanos, estadounidenses, mexicanos, congoleños, franceses, japoneses, australianos… Es decir, el sentimiento nacional lo tenemos todos y cada uno de los seres humanos siempre que nos sentimos unidos a una tierra, a un lugar determinado. El sentimiento nacional nos arropa cuando nos identificamos con todo lo que hace especial a ese pedazo de mundo en el que hemos nacido.

Todos los seres humanos tenemos ese sentimiento de pertenencia, sentimiento al que algunos pueden llegar incluso a renunciar voluntariamente o perderlo sin mas con el paso del tiempo a razón de que prefieren, conscientemente, ampliarlo al máximo y entregar todo ese amor que llevan dentro a más partes del Mundo; compartirlo, por ejemplo, con el lugar en el que han decidido vivir. Algunos simplemente dejan de sentir que están ligados de una manera tan intensa con aquel lugar porque les parece más importante amar a las personas, a sus luchas, a sus reivindicaciones, que a un pedazo de tierra, aunque hayan nacido en ella. Prefieren amar a las personas de esa tierra que les vio crecer y a otras gentes de otras tantas tierras.

Por esa razón resultan tan extrañas las exacerbadas muestras de patriotismo de muchos seres humanos. Muestras que rayan en lo absurdo porque van del amor por la querida tierra al chovinismo más extremo que da paso a la justificación del odio encarnizado contra los que pertenecen a otros lugares. La xenofobia les atrapa casi sin que ellos se den cuenta y el racismo aflora desde lo más profundo de sus almas sin que lleguen a identificarlo, sin que quieran reconocerlo.

En nuestro caso particular, la escalada antihaitiana que sufre gran parte de la población dominicana, alentada en su origen por el minoritario partido ultraderechista Fuerza Nacional Progresista, encabezado por el trujillista Vincho Castillo y sus hijos, así como por algunos comunicadores, varios generadores de opinión, políticos importantes, intelectuales de reconocida trayectoria, activistas sociales y miembros de grupos populares, no puede estar bajo ningún concepto justificada.

Estamos en una absurda lucha violenta que ha encontrado un apoyo en la mas que inconstitucional Sentencia 168/13 del Tribunal Constitucional, que desnacionaliza a todo dominicano nacido de padre extranjero si estos al momento de haberles traído al mundo estuvieran en medio de una situación administrativa irregular, contraviniendo los designios de la Carta Magna de 1966, por la que se reconoce como dominicano a todo aquel que nace en territorio nacional, independientemente del estatus migratorio de sus padres, y aplicando de una forma inhumana el Principio de Retroactividad de las Normas, explícitamente prohibido por la Constitución de 2010 vigente en la actualidad. Por aplicar esta Sentencia el país ya ha sido condenado por la Comunidad Internacional, la que nos mira con lupa por las atrocidades en materia de derechos humanos que se cometen en el país.

El éxito de la gran patraña de una supuesta conspiración internacional que tiene como fin lograr la unificación de las dos repúblicas que comparten la Isla de la Española está alcanzando cotas inimaginables. Se extiende tan rápido como un virus mortal de esos que ataca la capacidad de discernimiento de las personas y les aliena de tal manera que cualquier argumento en contrario a sus pensamientos les parece un ataque directo a lo que ellos llaman «patria», lo que convierte automáticamente a los emisores de opiniones divergentes en «traidores» que «merecen ser fusilados».

Las manifestaciones públicas de ese grupo de agitadores que atentan contra la vida de personas única y exclusivamente porque defienden el derecho a la libre circulación de los seres humanos, sean del lugar que sean, deben ser castigadas con todo el peso de la ley de una sociedad que se autodefine como democrática y garantista de los derechos fundamentales.

Las amenazas de muerte a periodistas son un atentado contra la libertad de expresión y un gravísimo golpe contra la democracia. El silencio absoluto, que para muchos resulta cómplice, de las autoridades gubernamentales y la justicia dominicanas, que parecen mirar hacia otro lado, indica que en las altas esferas piensan más en los problemas que les podría generar enfrentarse a la turba de herederos de aquellos años oscuros de la dictadura de Chapita, esos que campan a sus anchas sin que se les reproche absolutamente nada y continúan activos en la vida pública, que en resolver verdaderamente los problemas generados con esta tensión entre países y defender con contundencia la independencia de los comunicadores dominicanos y los ciudadanos en general.

Dichas amenazas han llegado a un extremo para muchos impensable, pero desde luego nada imposible de que suceda en un país donde los deseos de los poderosos siempre se han impuesto a sangre y fuego, y como ahora, esos complots nos traen la triste noticia de tener que contar un muerto, una vida humana de un chico muy joven y con familia perdida por culpa del odio.

Los esfuerzos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado por maquillar la autoría del asesinato de «Tulile» resultan patéticos, ya que atentan contra nuestra inteligencia. Es imposible que unos jóvenes, sean haitianos o de la Conchinchina, asesinen a otro joven con la intención de robarle el dinero de un premio de lotería y se tomen la «molestia» de maniatarlo de pies y manos, después de golpearlo brutalmente, para luego colgarlo en lo alto de un árbol en un parque público del centro de una importante ciudad.

Aquel que asesina para robar lo que busca es esconder su crimen para que nunca se sepa que ha sido él quien lo ha perpetrado; en ningún caso quiere exhibirlo como un trofeo de caza porque si su objetivo es disfrutar del botín obtenido tras su fechoría, desde luego que encerrado entre rejas esa posibilidad sería cuando menos difícil de materializar.

Por tanto, la versión oficial no se la creen ni ellos mismos por inverosímil, hasta el punto de que ya hemos escuchando la versión 2.0 del asesinato de ese joven haitiano, en la que se acusa al propio muerto (¡pobre hombre que no tiene ahora cómo defenderse!) de haber presenciado un asesinato previo, razón por la que los responsables del mismo se lo lambieron.

Pero cuando ya estábamos curados de espanto y pensábamos que el ingenio de nuestra queridísima Policía Científica no daba para más, entonces aparece el Ministro de Interior y Policía para afirmar que hay una línea investigativa que apunta al suicidio como causa más que probable de la muerte del joven. Claro, él no ha explicado (y no podrá hacerlo) cómo es que el cadaver apareció no solo colgado, sino también atado de pies y manos. Es decir que nos toman por idiotas de manera oficial.

El mensaje es claro: «miren lo que le hemos hecho a ese «pití», así que cállense la boca, traidores, o los próximos serán ustedes».

A ese nivel llegan las aguas, al punto en el que la vida humana importa tan poco que a los extremistas les da igual que sea un haitiano o un dominicano, sólo quieren matar si es necesario para imponer su criterio. Exactamente igual como hicieron los que fusilaron a Sánchez o los que desterraron a perpetuidad a Duarte, declarándolos a ambos «traidores a la patria», como a los Cavada, Diaz, Lora, Deschamps…

Nos acercamos peligrosamente a una más que probable edición criolla de «la noche de los cristales rotos» que dio inicio a la persecución nazi contra los judíos. Nos alineamos con los movimientos xenófobos y racistas que están cogiendo fuerza en Europa y hacemos lo mismo que le hicieron unos neonazis a nuestra hermana Lucrecia Pérez en España. Los encapuchados que queman banderas haitianas ocultan su identidad exactamente igual como hacían los miembros del KKK en los EEUU cuando colgaban a los negros de los árboles y los quemaban vivos.

Los que hablan de «invasión silenciosa de ilegales» se olvidan de que más de dos millones de los nuestros residen en muchos países del mundo; que una gran cantidad salió del país con una mano delante y la otra detrás, arriesgando sus vidas montándose en una yola, empeñando sus casas, sus conucos o vendiendo lo poco que tenían para poder comparar un «machete» que les llevara al Viejo Mundo o a Nueva York. Y parece que no conocen lo que sigue pasando hoy mismo, donde los dominicanos continúan viajando con visados de turistas al cabo de cuyo permiso son muchos los que se quedan ilegalmente en aquellos lugares a donde llegan. Esto demuestra que la doble vara de medir de nuestros compatriotas no tiene parangón.

Defender la patria no es odiar al de enfrente. No es amenazar, agitar, asesinar, levantar muros… Defender la patria es amar a sus gentes y protegerlas de aquellos que la mancillan con sus acciones corruptas, salvaguardarla de aquellos que desfalcan las arcas públicas llevándose para sus bolsillos el dinero que debería ir destinado a escuelas, hospitales, carreteras, inversión agrícola, viviendas dignas para cada dominicano y dominicana; defender la patria es ponerse de frente a los que se hacen ricos con el narcotráfico y dañan con sus vicios a nuestra juventud, que desesperanzada y sin futuro se lanza a los mares más próximos sin ser conscientes de lo profundos y peligrosos que pueden llegar a ser. Defender la patria es no votar cuatro años más cada vez por los mismos que han mantenido por años las desigualdades sociales creando una sociedad estratificada en ciudadanos de primera y gente de segunda, tercera, cuarta y hasta quinta categoría. Defender la patria es no dar el poder a esos que limitan y eliminan derechos y libertades, a los que no las conceden por vivir presa de los prejuicios y de la intolerancia, haciendo que gran parte de sus compatriotas vivan infelices porque no pueden realizar sus vidas con toda la naturalidad, el apoyo y el amor que merecen. Defender la patria es amar a los seres humanos, así como decía el cantautor venezolano y gran patriota, Alí Primera: «la Patria es el hombre».

Esos que ahora reivindican a nuestros héroes de la Separación y la Restauración de la República son «Los herederos del Perejil» que están más que dispuestos, y así lo han manifestado públicamente, a dar inicio a una matanza como la que arrasó en 1937 con la vida de miles de haitianos (y dominicanos negros) bajo el mismo argumentario que escuchamos hoy, que no deja de ser mas que una paranoia colectiva. Porque es cierto, los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla. Y aunque parezca exagerado, ese es el siguiente paso que quieren dar los «domininazis»: pasar a cuchillo, pegar un tiro o colgar en lo alto de un árbol de cualquier parque público a todo aquel «negrito» que no pueda decir «perejil».

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