Populismo

Manuel Antonio Mejía.
Ensayo didáctico
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Populismo
Populisme

Madrid, España..

“Cuando en aquellos gobiernos de índole popular la ley es subordinada al capricho de los muchos, definidos como los «pobres», surgen los denominados demagogos que suelen alagar a los ciudadanos, infringiendo máxima importancia a sus sentimientos, así como orientando lo pseudo de la praxis política en función de éstos. El demagogo, en fin, no es más que un adulador del pueblo”. Aristóteles.

Buscando en múltiples literaturas hemos visto que, al parecer, la existencia del vocablo “populismo” es una realidad en todas las lenguas, incluso en las más remotas. Lo que sí nos llama verdaderamente la atención es que este vocablo, cosas de la vida, no aparece registrado en ningún diccionario de ninguna lengua a nivel mundial, salvo la existencia de sus primos lingüísticos como: popularismo, populacho, popular, populachismo. Se inscriben, sorprendentemente, en el uso de este vocablo hasta las lenguas amerindias, indígenas, mongólicas y africanas para describir en sus tribus (subsistentes aún) lo que es, en sus diferentes aspectos, formas, cualidades y espectrales mecanismos de acción ante la gente, un demagogo; un arribista político; un sarcástico y maquiavélico (salvamos la ocasión para expresar que el término “maquiavélico” está también mal usado); un político en la sombra o, simplemente, un mentiroso palaciego o congresista o ufano; actor, con regularidad y sin medida.

Como el que presentaremos a continuación es un ensayo didáctico, como todos los que siempre ofrecemos para deleite de nuestros seguidores, ahondaremos un poco en esta palabra, de forma que podamos dar luz sobre los orígenes etimológicos reales; su ortografía, adaptación morfológica en las lenguas actuales; su ropaje sintáctico y semántico, así como sus usos superfluos `medalaganarios´, o usos con fines politiqueros. Veremos también los procesos en que una palabra, una vez surgida en la boca de un mortal, llega a convertirse en materia para la comprensión y el entendimiento de las diferentes sociedades que pueblan el mundo.

Populismo como metodología política.

Tanto la aplicación del método como el uso de la palabra “populismo” tienen sus orígenes en La India. Para sorpresa de muchos nos seguimos encontrando con datos informativos de dadores que han preferido no sumergirse un poco más en aquellas cosas (de ilustración) históricas para las sociedades de la actual post-modernidad, o no quieren hacerlo. Esto, ya por cuestiones políticas ya por cuestiones que atañen ciertos compromisos a los cuales, la verdad, no encontramos razón de ser, puesto que, viviendo en la era digital, con bibliotecas actualizadas, algunas a regañadientes, pero actualizadas; contando con nuevos métodos para la investigación científica; conociendo que los estudios filológicos han avanzado a unos niveles sorprendentes; viendo que tantos documentales nos dejan boquiabiertos, no sólo en la televisión convencional, sino sobre todo en la televisión virtual, no queramos (me refiero a aquéllos a los que se ha dado el don de la palabra) investigar, aunque sea, un poquito más. El subyacer de la Edad Contemporánea con su vetusto libreto de guerras ocasionadas, inventadas, maquinadas en laboratorios burocráticos y escritorios de tecnócratas sumisos al dedo y mandato de la pólvora y la “luz cenicienta” del misil, se convirtieron en el “Buenos días” (y café de casi todos los días, bueno, mejor quitemos el casi) en cada nuevo despertar. Pero no nos salgamos del tema aún lo conquistado que solemos sentirnos al tratar la temática frente a aquello que tiene que ver con los conflictos bélicos que tantas vidas al costado aunque tanto nos apasionan. Nuestro tema de hoy es el “populismo”.

Los orígenes de la palabra populismo.

¿Cómo surgió? Decíamos que, tanto la aplicación del método como el uso de la palabra “populismo” tienen sus orígenes en La India. Veamos nuestro punto de vista.

Durante el año 320 ó 321antes de Cristo, tuvo La India un emperador de nombre Chandragupta Maurya, conocido también como Candragupta Maurya, que era su nombre común. Chandragupta Maurya dicto leyes y gobernó La India casi durante un siglo. Su reinado terminó en el año 398 antes de la Era Cristiana, que fue el año del calendario prejuliano para el incipiente e insaciable imperio romano de entonces. Estamos, pues, hablando del Siglo IV. Este emperador unificó La India; gobernó con manos menos férreas que sus predecesores; construyó edificaciones y modernizó las derruidas por las constantes guerras de su país frente a sus vecinos. Maurya fundó, además, una verdadera dinastía si cabe en mano de los hindúes; la Dinastía Maurya. Los problemas se iniciaron con su sucesor, su hijo Bindusara o, bien, A-mitra Ghata, así le conocían los pueblos de imperios aledaños y circundantes tales como Grecia o Roma.

Bindusara intentó seguir los rigores bélicos, arquitectónicos, filosóficos y expansionistas de su padre, durante los afanes, estremecimientos y caducidades del Siglo IV. Durante este siglo, a lo externo de La India, el gran Tirano Dionisio, oriundo de Siracusa, iniciaba la guerra contra Cartago; la ciudad de Sicilia, que estaba siendo, para aquel entonces, sitiada por la peste, llamada por algunos “la peste negra” y por otros “peste diabólica”, cuyos orígenes estaban en las proximidades del canal de Suez, en el territorio de Pelusium, la pronto pasó como contagio extremo a Alejandría. Aquella enfermedad era una zoonosis o afección corporal infectocontagiosa de alto altísimo riesgo provocada por la bacteria yersinia pestis, que tenía en vilo a toda la Eurasia de aquellos tiempos.

En esos mismos años Motia había sido atacada e invadida por órdenes del mismo Dionisio. Aquél era un acontecimiento y un golpe importante, debido a la sensibilidad mitológica e histórica que el lugar tenía para los cartagineses, que aseguraban era una ciudad fundada por una mujer convertida por éstos en heroína y que llevaba el mismo nombre de la ciudad embestida. Acababa en ese tiempo de morir el faraón egipcio Amirteo y, Parisatide, la cual reinaba en Persia, hija de Artajerje, acababa de ser víctima de asesinato por su matrimonio con Darío II que, obviamente, no era Darío I, el cual tenía por sobrenombre El Grande. Todo este acontecer externo era el que rodeaba La India.
Dada toda esta situación del mundo hacia fuera del Imperio Maurya, Bindusara no pudo cumplir, inmediatamente, con las expectativas continuistas y secesionistas a la muerte de su padre, lo que enfrascó a La India en una gran crisis sin precedentes. Bindusara buscó entonces los atajos, valiéndose de forma abusiva del discurso demagogo ante las masas que en principio, con gran júbilo, aplaudió sus discursos, promesas y las futuras y supuestas ejecutorias que pondrían a La India en un lugar más alto, incluso que en el que la había dejado su padre, y luego llegaron las protestas. La grandeza de Bindusara fue que, tras sus primeros intentos de gloria a raja tabla e inmediatistas, el emperador hizo luego consciencia y se sinceró con su pueblo actuando correctamente, de tal forma que durante y tras su reinado volvió a La India la Era Dorada y con ella el Imperio o Dinastía Gupta. Pasado el poder de Bindusara, sus servidores palaciegos (primogénitos, hijos segundos, bastardos y subalternos) se convirtieron en una clase que mentía a la sociedad y eran, desde el principio, tenidos en la mira incalificable de grupos que no cesaban de complotar bajo la sombra de las columnas de las altas casas del poder, esperando algún momento clave para la excitación del pueblo. Bindusara, que se había visto en grandes diatribas y peligrosas emboscadas, jamás sospechó del peligro que se le avecinaría a sus sucesores. Él, que había dado un giro total a su gobierno y a las gestas importantes a su cargo, promovió guerras que le remitieron lo deseado; así igualó a su padre en gloria. Gran parte del este y oeste de Asia y del Medio Oriente cayeron en su poder, contados dentro de aquellos pueblos los que conocemos hoy como Afganistán y Beluchistán. El juego, sin embargo, posteriormente, tuvo con Susima, su hijo mayor, y luego con Asoka, otro de sus hijos y la terrible tiranía impuesta por los gobernadores en cada uno de los pueblos conquistados, resultados funestos. El fiasco en la administración, las vulgaridades de Estado, la violencia, la demagogia a ultranza, la corrupción… trajeron entonces consigo la debacle y con ella a los “susimaístas” o “demagogos” políticos. Los “susimaístas” pronto fueron reconocidos por los emprendedores de campaña romana como popularistas. Por supuesto que, previo a aquellos tiempos, eran utilizados los términos demagogo, falacia, manipulador del significado, omisiones, estadista fuera de contexto, demonización personificada, falso dilema con sus términos antónimos y sinónimos como oclocracia, eufemismo, lenguaje políticamente correcto… los cuales, desde lo más remoto, eran objetos de estudio en manos de filósofos griegos tales como: Aristóteles, Platón, Sócrates, Epicuro o Tucídides.

Ocurrió que los susimaístas se transformaron en los “susimas y agos”, del gran país. Así los llamaban los griegos. El morfema “demos” no tardaría, por supuesto en combinarse con el otro morfema “agos”, ante las tantas denominaciones del país de las grandes artes europeas frente a lo acontecido en La India. “Demos”, era una especie de arcaísmo griego del morfema “daimôn”, que significa, etimológicamente, “genio del mal”. “agos”, era a su vez un morfema derivado del sustantivo del dios griego “Argos” que con su apellido “Panoptes”, era el gigante de los cien ojos y como “argos”, propiamente dicho, era un dios apónimo (dios que parece del bien), hijo de los dioses Zeus y Niobe. El término fue fundido a razón de los tiempos. Pronto aquel léxico, tras el proceso de romanización, tras la conquista a los griegos y dado el proceso de intercambio cultural grecorromano, tuvo lugar el origen de la palabra “pueblo”. En el Congreso romano se hablaba, desde entonces, de “vox populis” o “voz del pueblo”; “coectus populi” o “grupos populares”, “centro popular de los cagaderos o sanitarios y letrinas”; “populism” o “popularistas”. Y aquí viene la gran contradicción, porque un “populista”, no, necesariamente tenía que ser un “susimaístas” hindú; porque un “popularista”; lo que hoy conocemos en su versión neologista como “populista”, era un buen servidor del pueblo o alguien muy “popular” y querido.

Populismo en los tiempos actuales. Siglos XX y XXI.

Según otros datos de la historia más reciente, de la bendita palabra ni siquiera los diccionarios actuales en las disímiles lenguas del planeta están de acuerdo aunque, hoy por hoy, no hay una sola lengua que no use el término, porque incluso las lenguas indígenas de diferentes latitudes (como afirmamos hace un rato) hablan de los personajes y grupos populistas con la mayor notoriedad y naturalidad del mundo; tal es el caso de los mongoles, pieles rojas o distintas etnias que pueblan el África. Al final, es como si nadie estuviera de acuerdo en cuál es el verdadero significado de la palabra “populismo”.

Fue un populista Abdalá Bucaram, y lo fue, Boris Yeltsin, Alejandro Toledo… se habla de medidas de “populistas de estado”, de “puntos de vistas populistas”, de “ideas populistas”… Pero en el mundo proliferan, desde la Revolución Industrial, tipos de entidades bancarias como, el Banco Popular y sus multinacionales; formaciones políticas como el Partido popular de Alemania o de España; las instituciones de bien social populares… lo que sí es cierto es que el esqueleto etimológico y cada hueso lexicológico, semántico, fonológico y morfológico de esta palabra ha variado a cansar.

Toda esta enredadera terminológica surge por no usar frente a aquellos que dañan la ilusión de un pueblo la verdadera palabra o sustantivo que es “demagogia” o, bien, el adjetivo “demagogo”, porque, en verdad, según el lenguaje político, suena fuerte y pudiera retar ética, votos, intenciones, adeptos a quien la use o no la use.

Ante lo que sí estamos, por otra nueva vez, es ante un término terriblemente ambiguo que los grupos sociales y políticos engarzan y usan según convenga. Hoy se les llama “populistas” a los partidos enlazados en tendencias internacionales que persiguen un verdadero fin político para sus naciones y gente; se llama “populista” sin medición alguna a religiosos, políticos, humanistas pero, del mismo modo, se denomina a sádicos y oportunistas, lo que no es, dentro de un orden moral y lógico del conocimiento, éticamente correcto. Se define como populistas a gente del grupos financieros esforzados toda una vida en el trabajo o a lo que han logrado riqueza “fácil”.

Arribismo político: materia curiosa de estudio.

Actualmente se sabe que el escritor, ensayista y pensador peruano, José Carlos Mariátegui La Chira, asiduo estudioso del marxismo y político militante del Partido Comunista Peruano, fallecido en 1930, fue quien en 1923 recuperó (y no que usó por primera vez, como afirma Alex Grijelmo en su artículo del periódico El País), el término “populismo”. El autor de “El alma material” e “Ideología y política”, llegó incluso a debatir con detractores sobre el uso de aquella rara pero antiquísima terminología.

Otros autores, inquietos, desde los albores del pasado siglo XX, se han inscrito en el estudio del famoso término [“popularista”] que Mariátegui rebautizó como “populista”, en sus años de inmerso en días de fuego literario y político, desde las altas críticas que levantara en la derecha internacional aquella referencia que hiciera al partido Volkspartei, de Alemania, que en lo posterior y cierto, pasó a ser llamado como Partido Popular Alemán.

Hace tiempo que Maurice Joly definió en su “Manuel del trepador” de 312 páginas, lo que es un arribista político; un demagogo y un artista de la manipulación; sin embargo el dichoso término se sigue considerando como algo sorprendente de los grupos políticos y usándose inadecuadamente entre momentos y personalidades (de derecha o de izquierda) que han asumido en su estilo de vida y accionar una postura y ética correctas.

Continuamente llegan datos desde la Real Academia de la Lengua Española; desde los grupos editoriales de diccionarios ingleses (esto así ya que sabemos que Gran Bretaña no cuenta con una Real Academia de la lengua Inglesa); desde la Academia della Crusca; Académie Française o Consejo de Promoción del mandarín, en China.

¿Qué podemos decir? Al final, el término “populismo” es un vocablo que los griegos definieron hace cientos y cientos de años como “demagogia” política contra el ensanchamiento de los terribles susimaístas hindúes que ya lo habían incluido en su lengua hacía milenios. Entre tanto, en términos de las ciencias sociales y políticas, sabemos que tanto el ramo de la izquierda ideológica actual como el ramo de la derecha persistente, en lo que concierne a las metodologías descriptivas en boga, se preocupan y tosen al hablar o cuando suena la campana y se extiende el dedo acusador en el `tin tan´ del término; sin saber cuándo, ni cómo, ni contra quién, ni porqué usarlo; salvo que esté de por medio un momento de conveniencia política.

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