Cabrera un paraíso más allá del ‘todo incluido’

Cuando se menciona el nombre de República Dominicana resulta inevitable pensar en las playas paradisíacas de Punta Cana, Bávaro o Puerto Plata. Pero en este “hoyito en medio del mar y el cielo”, como le llama el cantante Juan Luis Guerra, emblema del país, hay muchos rincones que escondidos en el anonimato albergan paisajes llenos de sorpresas.

Ubicada en la costa nordeste del país, a tres horas de Santo Domingo, una joyita conocida como Cabrera se oculta al este de Puerto Plata y al oeste de Samaná. Aunque desconocido por muchos, incluso locales, este pequeño municipio ha encantado hasta a los conquistadores de la isla. Según cuenta la historia, Cabrera sirvió de refugio al almirante Cristóbal Colón en su primer viaje, donde reforzó las amarras de sus embarcaciones para no zozobrar. Con playas de arena blanca, cuevas sumergidas entre ríos subterráneos y paisajes tropicales, este pequeño pueblo perteneciente a la provincia María Trinidad Sánchez no tiene desperdicio.

Alejado del ‘todo incluido’ de los complejos turísticos, el mayor encanto de Cabrera es su virginidad. Sus playas están reservadas solo para el disfrute de sus visitantes. Una de ellas es La Entrada. Como su nombre lo indica, es lo que da la bienvenida al pueblo. Tiene olas moderadas y sus alrededores están adornados con palmeras y cocoteros. Por si fuera poco, un chorro de agua dulce se conecta con el mar hasta llegar al río Arroyo Salado. Tranquilo y con poca profundidad, se encuentra a escasos pasos del mar, una combinación de agua dulce y salada que complementa un escenario difícil de olvidar, lo que hace justicia al lema popular: “Entra si quieres, sal si puedes”. Y es que, a medida que se va explorando sus encantos se hace más y más difícil desprenderse del lugar.

Gilbert Tobal, joven dominicano residente en Madrid, tiene los mejores recuerdos de su niñez en la playa de La Entrada. “Tener una casa en Cabrera fue un sueño familiar. Mi madre visitaba mucho esta zona de niña y desde siempre ha soñado con construir aquí”. No pasa un año sin que Gilbert visite su “casita de veraneo”. La Entrada «es una zona mucho menos explotada y eso se nota en sus habitantes”, afirma Gilbert sobre esa magia que mantiene este pueblito pesquero.

Más allá de las playas

Otra opción para los que prefieran las aguas frescas en escenarios exóticos es la laguna El Dudú, una de las cuevas llenas de agua dulce gracias a los ríos subterráneos que cubren el suelo cárstico propio del norte de la provincia. El origen de su nombre ha construido teorías y leyendas. Una de ellas hace referencia a las dudas sobre su profundidad real y otra cuenta la curiosa historia de un taíno (indígena de la isla) llamado Dudú que residía en la cueva.
Su enorme profundidad (alrededor de 32 metros) es ideal para aquellos aventureros que quieran disfrutar del impresionante ecosistema marino, ya que es una de las pocas zonas que permite realizar espelobuceo, como viene a denominarse la exploración de cavidades subacuáticas. Al sumergirse en el agua color turquesa se puede atravesar desde un lago natural hasta otro viviendo una experiencia única.

Monumento Natural Cabo Francés Viejo

Una de las razones principales de la ausencia de complejos turísticos en el pueblo es el Monumento Natural Cabo Francés Viejo. Gracias a la riqueza de sus bosques y sus playas, en 1974 se firmó un acuerdo que declaró esta zona como Monumento Natural, por lo que está prohibido construir hoteles en sus costas. En apenas 1,5 kilómetros, el Cabo Francés concentra en su paisaje tropical una diversidad de vistas panorámicas que impresionan a fotógrafos y visitantes: acantilados, ensenadas, fauna y flora componen uno de los ecosistemas tropicales más importantes del norte de la isla.

Está ubicado de cara al Atlántico y al norte de la Provincia María Trinidad Sánchez y por pocos euros un guardaparques te acompañará para dar un paseo por la zona y contarte su historia. A medida que se avanza, se pueden ver árboles endémicos como las javillas, guásima y caoba recién sembradas justo antes de llegar a tres faros y un mirador. El desenlace de la visita es en la playa El Bretón, con una belleza dificil de describir, sus colores y chorros de agua brindan una experiencia que no necesita del ‘todo incluido’ para dejar enamorados a los que descubren esta joya escondida en Quisqueya.

1 Ago/ Amo Dom/ ElCorreo.com

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