Samir corriendo en brazos de su padre de la guerra.

Manuel Antonio Mejía

Manuel Antonio Mejía

 

Autor: Manuel Antonio Mejía.

Madrid, España, a 08 due julio de 2016.

<<El Corán dice que “quien cree en Dios será salvo en el último día. Es una religión cuyo nombre es Islam, cuya etimología es la palabra Shalom, que significa paz. Se trata de establecer la paz; por ello nos saludamos con “La paz sea con vosotros”, gesto que los judíos hacen al saludarse”>>.

Feisal Abdul Rauf.

Desde que Samir crecía su madre Sara Iza le enseñó los valores que tenía Al-lah para con el hombre. Le enseñó que, según el Corán: “Vuestro Dios es un Dios Uno. No hay más Dios que Él, el Compasivo, el Misericordioso. Soñaba siempre con recitar de memoria  el Capitular 2:163. Le educó sobre la base de que quienes creen y hacen obras justas, esos serán los dueños del Paraíso: ellos serán en él inmortales”; que “quienes cometen maldades y después se arrepienten y creen, serán perdonados”. Le habló de aquella afirmación: “Tu Señor, después de ellas, será indulgente, misericordioso. Que era bueno conocer el significado: “Combatid en el camino de Dios a quienes os combaten, pero no seáis los agresores. Dios no ama a los agresores” y que “quien cambiaba la fe por la incredulidad, deja lo bello en medio del camino”… ¡Ay, la paz!; Samir se dormía entre nanas cada día escuchando a Sara Iza: “Bueno es manifestar las buenas obras, pero todavía mejor ocultadas y derramadas en el seno de los pobres”.  “ No  le es posible al Sol alterar su curso apareciendo de noche y así alcanzar a la Luna, ni la noche puede adelantarse al día; todos los astros circulan por sus órbitas. Y, si llegan a un acuerdo, es lo mejor Al-lah Concede a la gentileza lo que no concede a la violencia, “Oh Al-lah, Tú Éres la Fuente original de paz; de Ti proviene toda paz  y a Ti retorna toda paz.  Por eso, Haznos vivir con paz; y Permítenos entrar en el Paraíso: la Casa de Paz. Bendito Seas, Señor nuestro, a Quien pertenece toda la Majestad y el Honor”.

Así se dormía Samir, ante la sonrisa tierna de su padre Akram (El Muy Generoso), cuando araba la tierra para obtener frutos secos y suplir en la ciudad su pequeño negocio de blakawa.  Ocurrió uno de esos días, luego del trabajo, recuerda que el pequeño Samir le sorprendió por la espalda mientras él lloraba. “¿Qué son las lágrimas, papá?”, le preguntó. “Es el río del alma”, le contestó. “El río es divertido y tú, sin embargo lloras”. “Siéntate, hijo, siéntate”.  El pequeño Samir obedeció. “¿Es que el río se ha convertido en pólvora?”, preguntó Samir. “Sí, hijo, en pólvora. Y con él toda la casita azul de su orilla”, le contestó su padre. “¿Y cómo se llama a las bombas donde está esa pólvora, papá?” “Son los “Chicos altos” y “los Chicos malos”, hijo”.  «Ajá…, ¿y qué es la guerra, papá?» Akram pensó, errabundo, son enfrentamientos a escala mundial, por un daño que un grupo culpable de algo muy grande ha hecho a otro, Samir». El niño pensó. «Lo que quiere decir que nosotros los niños somos culpables de algo muy grande, porque hace poco una bomba destruyó la escuelita del maestro Aiman. ¿Cuál es el daño tan grande que hemos cometido, papá?» Akram enmudeció de repente y dejó perder su vista por todo el gris horizonte del desierto mientras una nube de humo oscurecía patidifusa el rostro del Sol.

 

Una tarde, al llegar desde el colegio que albergaba un remoto poblado de Hurgada, ya que el recinto de su escuelita había sido destruido por una bomba, le preguntó a su madre, porqué existía la guerra; y porqué el Corán hablando de la paz tenía que también hablar de la guerra. “Somos hermanos, mamá, hijos de Al-lah, y nos matamos”; lo ha dicho el profesor Aiman”. Samir sabía que Aiman significa Hombre Bendecido y si era bendecido no le iba a mentir. “Debes saber, Samir, que en todo libro sagrado y de sabiduría está la guerra; pero ella es la mala raíz. Lo importante son la paz y el amor, que es la tierra que cubre y apaga todo rugir del rencor, la desigualdad y la propia guerra del metal y el fuego de hombres contra otros hombres. De la tierra nace toda yerba, toma sólo la buena; toma la sólo la buena tierra para sembrar lo bueno, que es siempre el amor y la paz”.

 

Al día siguiente, eran las cinco de la mañana, se oyó en todo el pueblo campanas y sirenas de guerra; estruendos; muchos e inigualables estruendos. Se escuchaba desesperante el berrido de los camellos.

 

—¡Salid, Sara, salid!, gritó Akram, pero ya era tarde. Caían las viejas Talboys “Chicos altos”, los piñones “Chicos malos”, y “Pedacitos de ilusiones negras” sobre el gris terreno. Sara Iza cayó abatida, pero Akram pudo salir con Samir en brazos. Durante años caminaron por los miles de mundos miles de kilómetros mendigando pan y paz; amor y sueños junto a otros padres cientos de miles de niños, madres embarazadas, animales y toda suerte de bestias con el pelo quemado; los hombres y ancianos y todos iban con sus rasgadas y pobres vestiduras “fruto” de las alambradas y rieles de trenes y espinos mortales y cañones y metrallas frente a sus caras maculadas de humildad  y tristeza. Samir miró las lágrimas bajando como hormigueros de barniz por las mejillas de millones de niños y de sus padres: “No temas, papá”, dijo, algún día el hombre atado a “Chico alto” o a “Chico malo” entenderá que la tierra fue hecha para que, primero, vivan los niños su árbol generoso e inmortal de las ilusiones”.

 

 

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