VALIÓ LA PENA SER UN INMIGRANTE ILEGAL


Por Guillermo Morales Catá
Legalcity.es

Las redes sociales sociales vomitan en los últimos días mensajes de satisfacción y júbilo porque países como Brasil endurecen sus criterios para la entrada de españoles a aquel país; los mismos requisitos que el Gobierno español pone a los ciudadanos brasileños que desean entrar a España. Pero diría más, he leído mensajes de rencor e incluso odio hacia los españoles por el endurecimiento de las normativas de determinados países para aquellos ciudadanos de España que desean hacer turismo o emigrar al llamado “Tercer Mundo”. Y solo me cabe una pregunta ¿por qué reaccionamos así?
Por supuesto que entiendo que muchos de nosotros, probablemente la gran mayoría, la hemos pasado muy mal desde el momento en que decidimos abandonar nuestros países de origen e intentar rehacer nuestras vidas en Europa. Muchos hemos logrado hacernos con “los papeles” y muchos otros ni eso. Algunos hemos podido trabajar en la época de las “vacas gordas” e incluso, ahora en la época de las “vacas flacas”. Si bien es cierto que la actual situación económica de España afecta con más dureza a los inmigrantes que a los españoles.
El odio y el rencor, la revancha, no lleva a ninguna parte.
Muchos inmigrantes han tenido que dejar atrás sus estudios de médicos, ingenieros o periodistas para terminar trabajando en la construcción o como empleados de hogar. No todo ha sido como nos hubiera gustado. Muchos han trabajado horas interminables y han sido usados como papel higiénico por empresarios y empleadores inescrupulosos e incluso, hemos sido tema de campaña para los políticos que intentan endilgarnos todos los males del país porque “alguien” tiene que cargar con los platos rotos.

Hemos estado criminalizados muchas veces por los medios de comunicación y nos hemos visto obligados, a veces, a caminar con miedo con pies de gatos para evitar una identificación policial que nos podría costar una expulsión o en el mejor de los casos, una multa de 500 euros por “no tener papeles”. Dejamos, en tantas ocasiones, de ser inmigrantes para convertirnos en “números” o en “ilegales” aún sin haber robado, matado, violado o traficado con drogas.
Pero, por mal que lo hubiéramos pasado, hagamos balance si hemos ganado o perdido más. En mi caso personal, he ganado mucho, muchísimo. España me ha dado la oportunidad de realizarme como persona. ¿Podía en Cuba, yo, poner los pies en un hotel? ¿Podía en Cuba, yo, visitar las playas que los “guiris” pueden visitar? ¿Podía en Cuba yo salir a la calle y diferir del discurso oficial? ¿Qué pasa en Cuba si uno no está de acuerdo con Fidel o Raúl Castro?
¿Qué tipo de educación reciben mis hijos en Cuba? ¿Educación o “adoctrinamiento”? ¿Han tenido mis hijos aquí la obligatoriedad de llevar su mano al pecho o a la frente, cada mañana, para dar gracias “a lo que son” a Che Guevara? ¿Se han visto mis hijos obligados en España a “adorar” a mártires que no le dan de comer? Uníamos los cinco dedos y cantábamos aquel himno que para nada hacia un llamamiento a los valores humanistas del la persona. “Que morir por la Patria es vivir”, decía una estrofa. En Cuba, nuestros hijos se ven obligados a cantar un himno que no tenía sentido y que nos invitaba a morir por una Patria. Pero si a fin de cuentas ninguno de los niños tendríamos la obligación de ser “camicazes”. ¿Morir por qué? ¿Y por cuál Patria? ¿Contra cuáles enemigos? ¿En cuál guerra? ¿Qué guerra? ¿Quiénes son los invasores? ¿Dónde están?….
¿Han crecido mis hijos en una sociedad que teme constantemente “la invasión del enemigo” que nunca llega? ¿No han tenido acaso mis hijos derecho a una asistencia sanitaria de primer mundo?
Hoy mis hijos han tenido, aquí, en Europa; en esta Europa “capitalista”, “cruel”, “enemiga”, “degradada, “perversa” y “pervertida”, la opción de ir a un colegio público gratuito, a uno privado o a uno “concertado” (donde el gobierno subvenciona la mitad del coste de los estudios). Claro que, en ninguno de ellos han tenido que repetir “Rajoy Ordene” o “Seremos como los héroes de la Guerra Civil”. Y por fortuna, tampoco “Viva Franco”.

La democracia con la que soñaba no ha sido perfecta pero se acerca bastante: en la opción de tener opciones, sin líderes, sin mártires que nos torturen toda la vida, que nos guíen el camino, que nos marquen para siempre. Pero, ya se sabe, “pioneros por el Comunismo” y no hay opción. “Seremos como el Che” y no hay opción de ser como otro u otros. O como nadie.

Quizás mis hijos hoy no entiendan. Pero, muy probablemente no serán locos guerrilleros que abandonarán a sus hijos en busca de otras guerras. Tampoco llevarán una boina con una estrella en la frente.
No quiero estrellas en la frente “que iluminen el Continente de la América Latina”. Si acaso una, una minúscula estrella que de luz al pensamiento, al entendimiento, a la razón, a la defensa de una sociedad cívica, plural, diversa, donde todos tengan espacio y libertad de creer en Che Guevara o en Mambrú. O en lo que se venga en ganas. En creerse la historia de que los niños vienen en cigüeñas o que los reyes magos existen. O simplemente no creer en nada.

Tampoco serán mis hijos aventureros inventándose guerras en África o en Bolivia. Ni serán asmáticos enfermizos. Ni rencorosos vestidos de verde olivo con un pelotón al mando fusilando en La Cabaña a quienes no lo darían todo por la Revolución. Al menos las huellas de las balas que guardan las mazmorras de La Cabaña, de tantos asesinados, no habrán salido de ellos, de mis hijos.
Ni mucho menos serán seguidores de aquellos “trabajos voluntarios” que se inventó Guevara. No amigos míos, no. Cuando crezcan serán camareros o periodistas. Me da igual. Pero trabajarán a cambio de un dinero que les permita cubrir sus necesidades básicas. Y no harán trabajo voluntario porque el voluntarismo, lamentablemente, no paga hipotecas.

Pagarán una cuota a Green Peace o apadrinarán a un niño de África y no para limpiar sus conciencias. Esa será su filosofía, o quizás no, tal vez otra u otra. O Ninguna. Eso lo decidirán ellos. Otros ya no decidirán por ellos. Al menos estos “pioneros” no serán como el Che…
¿Porqué nos obligaban a aquello? ¿Porqué tendríamos que ser como aquel hombre? Y aunque pasan los años no dejo de tener pesadillas del pasado. En mis sueños me persiguen héroes que son villanos, villanos reconvertidos en héroes, himnos, frases, slongans de batallas. Tal vez ella, sin morir por nada ni por nadie, descansarán por las nochez en paz.
Aquí no he sido torturado ni juzgado diferente por los jueces por ser inmigrante.
Hoy pongo en una balanza las cosas buenas y las malas. Por mis hijos, por los tuyos, por todos los que nos hemos venido y por lo mucho que hemos recibido de esta sociedad que compartió y comparte con nosotros, los inmigrantes, para mi valió la pena.

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