Castillo contra la libertad

Amín Arias

 

Amín Arias Garabito

@AminArias

 

 

Tras publicar por Twitter mi respuesta a uno de los hirientes comentarios de Don Vinicio Castillo Semán, quien no cesa en su campaña racista y xenófoba contra todo el que considere sospechoso de ser haitiano (o por ser negro, en general), los esbirros de aquel señor, simpatizantes del partido neonazi Frente Nacional Progresista y otros movimientos supremacistas dominicanos, han iniciado una campaña de difamación contra mí a través de las redes sociales.

Mi posición clara en defensa de los derechos humanos de todas y de todos parece molestar a un sector casposo de la política y vida nacionales. A unos trasnochados nostálgicos de regímenes totalitarios como la dictadura de Trujillo, de la que el padre del flamante Vinicito, el conocido «palero» Don Vincho Castillo, quieren revivir.

Publican una foto mía con una bandera LGTB al fondo, y sobre ella varias frases y siglas como la antes dicha, utilizando la «injuria homofóbica» (esa que describe perfectamente el intelectual español y profesor de la Oxford Brookes University Don Alberto Mira en su libro De Sodoma  a Chueca) como elemento difamatorio. Pero se dan de bruces con su pretensión al encontrarse con una persona cuya libertad es absolutamente conocida, lo que les deja a la altura del betún.

Se inventan una palabra y me llaman ONGeista. Así, con todas sus letras. Y yo les digo que si eso significa que defiendo el trabajo de las ONG, pues que han dado en el clavo. He trabajado muchísimos años en el tercer sector y, por tanto, no me es extraño el movimiento en favor de las minorías y de las personas en riesgo de exclusión social.

Lo de «resentido» no lo he logrado captar. Quizás se referirá a él mismo y a ese odio que siente por las personas. A lo mejor el hecho de que su padre, responsable de Ética del Gobierno, haya vinculado familiarmente el apellido Guaba a su realidad, le molesta. Un apellido por todos sabido que tiene origen haitiano-francés. Lo que me lleva sospechar, sin abundar demasiado en el asunto, de que por ahí viene la cosa.

Chantajista, promiscuo, pro-haitiano… Me llegan a llamar de todo. Lo cierto es que Don Vinicito se ha encontrado con la horma de su zapato, porque yo no tengo miedo a descubrir sus vergüenzas.

Empecemos porque ellos, los Castillo, se erigen en defensores y garantes de la República Dominicana por estar emparentados con Matías Ramón Mella, al ser parientes de Manuel María Castillo. Pero recordemos que, a pesar de su redención, Mella fue uno de los más entusiastas facilitadores de la Anexión a España de 1861, llegando a entrevistarse con la propia reina Isabel II para entregar el país. Por tanto, ya hay elementos de abandono del sentimiento nacional en su familia, lo que les hace los menos indicados para hablar de quien es más o menos dominicano.

Vinicito tiene a Manuel María Castillo, y yo por mi parte a Don Hipólito Garabito, héroe independentista de la Batalla del 19 de Marzo de 1844 y de todas las luchas que se dieron por la Línea del Sur durante la Guerra de la Independencia, donde se batió junto a todos los que estuvieron en el frente de batalla contra el ejército haitiano que llegó a la ciudad de Azua.

Mientras su padre Don Vincho Castillo le reía las gracias a Trujillo desde el Congreso Nacional y se plegaba a los deseos de Joaquín Balaguer, mi abuela, Doña Mercedes Gómez trabajaba clandestinamente contra el régimen, apoyando los movimientos revolucionarios antitrujillista, luchando por el reconocimiento de los derechos de los campesinos de la zona de La Plena y toda Azua, reivindicando el valor de las mujeres en la política, llegando a fundar en el patio de su propia casa junto a otros seis compañeros revolucionarios el primer Comité de Base del PRD en Azua tras la llegada de Juan Bosch del exilio.

Mientras los Castillo llamaban a los EEUU y favorecían la invasión de 1965, mi tío Amaury Gómez, con tan sólo 15 años, cogió un fusil y se plantó en la batalla de la cabeza del Puente Duarte y en los demás combates que se sucedieron en la capital durante la Guerra Civil, en defensa de la Constitución de la República, mancillada por las élites que no creían en la democracia, entre la que se encuentra la familia Castillo.

Mientras Vinicito engordaba su odio celebrando el fraude electoral de 1978 conocido como «El Madrugonazo» contra el PRD de Antonio Guzmán Fernández, en el que Vincho fue figura central; cuando aplaudía la fabricación de pruebas falsas contra Jorge Blanco, las que acabaron por condenarle en un juicio cuanto menos plagado de irregularidades; o cuando inició su padre aquella infame campaña de descrédito contra José Francisco Peña Gómez en la que le acusaba de pretender unificar los dos países de la isla por su origen haitiano, de ser traficante de drogas y practicante de vudú, cuando pasaba todo eso, mi madre, Jacqueline Garabito Gómez protestaba contra el régimen balaguerista, se afiliaba al PRD e iniciaba una lucha política contra los que habían perseguido a su madre y los que hicieron que su hermano empuñara las armas.

Lecciones de dominicanidad a mi ninguna. Vinicio Castillo Semán, que además es de origen libanés por parte materna, no puede arrogarse el derecho de ser el más dominicano de todos los dominicanos porque ni el apellido Castillo corresponde a Anacaona ni el apellido Semán es el de Enriquillo, auténticos dueños de estas tierras.

Sus orígenes, como el de todos los dominicanos, está en la migración, forzada o no, desde que Colón llegó a la isla. Ni siquiera la fundación de la República corresponde a un dominicano propiamente dicho porque Juan Pablo Duarte nació como español, de padre español, viajó por Nueva York y Europa con pasaporte haitiano, nacionalidad que le acompañó durante 22 años y murió lejos del país que le vio nacer, siendo ya dominicano, pero abandonado y proscrito por sus propios correligionarios, deseando no volver jamás a aquel país por la maldad de algunos de los hombres y mujeres que ocupan la vida pública.

Vinicio Castillo Semán es uno de esos hombres por los que Duarte sentiría vergüenza al tener que compartir la misma nacionalidad.

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