Hijos de la frontera

Amín Arias Garabito

 

 

Amín Arias Garabito
Politico dominicano residente en Europa

Tengo unos amigos que ya tienen dos hijos. Mis amigos son dominicanos, como yo. De padres dominicanos, como yo. De abuelos dominicanos, como yo… Pero una de sus bisabuelas, que nació al otro lado del río Masacre, vino con su marido a República Dominicana hace más de ochenta años y se establecieron en San Juan de la Maguana. Allí echaron raíces, se integraron y llegaron a obtener sus propiedades mediante su trabajo. Nadie (me cuentan estos amigos) les vio diferentes (total, mientras más cerca de la frontera se está más se nota esa mezcla inevitable entre ciudadanos de uno y otro lado de la isla), fueron una familia más como todas las de su barrio.

Ahora con la Sentencia 168/13 los ilustres magistrados del Tribunal Constitucional de la República Dominican acaban de decir a esos dos niños, a los hijos de mis amigos, una de dos años y el otro de tres meses, que no son dominicanos porque sus tatarabuelos eran extranjeros «en tránsito», y por tanto ilegales. Les están diciendo que después de haber pasado ocho décadas la situación administrativa de sus ascendientes, la de sus tatarabuelos, les condena a vivir como apátridas, sin derechos, declarados extranjeros en su propia tierra y despojados de su nacionalidad tal y como hizo Santana con Duarte y Sánchez al exiliarles.

Entonces ¿qué se supone ahora que deben hacer esos niños, los padres de esos niños? ¿Tendrán que presentarse ante las autoridades de inmigración para registrarse en el padrón de extranjeros? ¿Les van a retirar la nacionalidad a 4 generaciones de dominicanos? ¿Es que, todavía, compatriotas que defienden la Sentencia, ustedes no comprenden el trastorno que causa dicha resolución a la propia composición de la sociedad dominicana? ¿Podrían ustedes, hijos e hijas de Luperón, de María Trinidad Sánchez y de Mamá Tingó, ver sin apisonamientos lo arbitrario de la medida, no solo por el drama humano que supone, sino por el golpe asestado a la legalidad vigente al legalizar una postura que viola las leyes de Migración, los acuerdos internacionales suscritos por el país, las resoluciones dictadas por la Corte Interamericana de Derechos Humanos que son vinculantes y varios artículos de la propia Constitución?

Ya es hora de dar carpetazo al odio eterno a Haití. Es momento de que dejemos de vivir de espaldas para crear una potencia caribeña con poder suficiente en la región que nos de poder a ambos lados de la isla. La unión estratégica, hablando en términos económicos, le conviene tanto a República Dominicana como a Haití. Somos socios comerciales y los socios comerciales intentan mejorar sus relaciones, no cerrar las fronteras como proponen muchos ultraderechistas que dicen amar la patria. Si se cierra la frontera la economía dominicana se estancaría porque dejaríamos de exportar nuestros productos y eso se traduce en pérdidas de millones de pesos para nuestros productores.

Dejemos la hipocresía y resolvamos las diferencias con altura y con coherencia. Que no nos cieguen los discursos en defensa de una soberanía que en pleno siglo XXI ya no tiene sentido, por lo menos en los términos en los que nació la República en el siglo XIX. Vivimos en un mundo global en el que las relaciones internacionales son más importantes que las cuestiones internas de los países. Estamos insertos en una serie de organismos internacionales y la República Dominicana tiene que aprender a sentirse cómoda en ellos. Reflexionemos con calma y veremos todas y todos que las soluciones y los puntos en común entre la Republica Dominicana y la Republica de Haiti son más que las diferencias.

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