La muerte de Gadaffi

Robert Ramos. Dominicano residente en Barcelona

Escrito por: Robert Ramos

Los seres humanos, sobre todo los que profesamos el cristianismo tenemos una tendencia natural y muy noble de identificarnos y solidarizarnos con las víctimas. Por eso vemos que ante la muerte de cualquier persona, por más malo y criminal que haya sido, decimos “que descanse en paz” y tendemos a resaltar las partes positivas de ella, de ahí el dicho que después de muerto, todo el mundo era bueno.

Dice un viejo refrán popular que «quien a hierro mata, a hierro muere». Todo esto viene a propósito de la muerte de Muamar Gadafi y la posterior difusión del video, con los momentos finales de su vida, en los que algunos amigos de Facebook, todos personas nobles y buena gente, se han escandalizado.

Por lo que es bueno recordar que este señor no era un niño de teta, ni un monje en clausura, que delante de este caballero, personajes como Somoza, Pinochet, Trujillo y Duvalier eran hermanitas de la caridad. Que conculcó todo tipo de libertades y sometió por 42 años a la población Libia a un régimen de terror impuesto a base de sangre y fuego. Que él y sus hijos y algún que otro líder tribal de su entorno de canchanchanes y lambones eran los dueños de casi todos los medios de producción de Libia, de la radio, la televisión, etc. Su fortuna personal se calcula alrededor de los dos mil millones de euros. Que no quepa duda, Gadafi era un terrorista internacional, maestro de terroristas, protector de terroristas y un vulgar asesino, en Libia se entrenaban los terroristas de las Brigadas Rojas, los de ETA y muchos otros.

Fue expulsado de la ONU, entre otras cosas, por atentados como el del vuelo 103 de Pan Am en diciembre de 1988 en el que murieron las 259 personas que viajaban a bordo y 11 personas más en tierra, el atentado con bomba de 1986 contra la discoteca La Belle en Berlín y el atentado de 1989 contra un avión francés de UTA. La comunidad internacional en un acto bochornoso le permitió volver a la ONU, luego de que este indemnizara a cada una de las familias víctimas de esos atentados con la suma de US 10 Millones de Dólares, que totalizaron alrededor de uno tres mil millones.

Que actualmente Libia tiene la esperanza de vida más alta de África continental, que también cuenta con el PIB (nominal) per cápita más alto del continente africano, y el segundo puesto atendiendo al PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo (PPA), que demás, ocupa el primer puesto en índice de desarrollo humano de África, pero a qué precio, ese tipo de crecimiento y variables macroeconómicas es además algo común de todas las dictaduras, sino miremos hacia Chile con Pinochet, República Dominicana con Trujillo, etc., etc.

El que siembra vientos…..Cosecha tempestades, lo común es que los asesinos, terroristas y tiranos como Gaddaffi mueran de ese modo. Lo raro es que mueran en sus camas. Si seguimos el razonamiento de los que ven el ajusticiamiento de Gaddaffi como un asesinato salvaje, entonces los que una noche del 30 de mayo del 61 emboscaron el carro de Trujillo y le entraron a tiros y liberaron a la nación dominicana de ese sátrapa, no serian héroes, sino asesinos.

El bienestar general, el orden y el interés social siempre están por encima de la ley. Tomemos como ejemplo el caso de la muerte de Trujillo, en derecho puro no sería un ajusticiamiento, sino un asesinato: dos o más personas, aprovechando la nocturnidad, con armas, con premeditación y asechanza, le entran a tiros a un hombre que se desplazaba por una avenida, solo acompañado de su chófer, después lo tiran como un perro en el baúl de un carro, aquí se reúnen todos los elementos constitutivos del asesinato, pero no lo fue, se trató de un AJUSTICIAMIENTO a los que mataron al JEFE todos los dominicanos los consideramos como HÉROES NACIONALES, con la única excepción del Dr. Ramón Pina Acevedo, que opina que se trató de un asesinato.

Muammar Gadafi, era un criminal, terrorista y ladrón, genocida de su propio pueblo, es una vergüenza que este señor se volviera a sentar en la ONU, que muchos presidentes le recibieran con honores, le celebraran sus chistes, le visitaran en su tienda de campaña, le aceptaran sus regalos, le estrecharan la mano, le vendieran armas, e hicieran negocios con él, que el único lugar que debía estar era la cárcel, pagando por sus crímenes.

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