La vigencia política del legado de Peña Gómez

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Por:   Fausto Herrera Catalino

El doctor José Francisco Peña Gómez dedicó toda su vida a la política, que es una actividad inherente a la condición humana. 

Inició su sobresaliente carrera política con un  acontecimiento singular, cuando acudió a El Conde 15 –sede del PRD entonces- y se presentó el 7 de julio de 1961 ante Ángel Miolán, uno de los comisionados de la avanzada que llegaron dos días antes al país, a quien le dijo: “He venido a inscribirme en el PRD. Soy locutor, poeta y profesor”.
Comprendió, en la plenitud de su juventud, a la edad de 28 años, mientras era asediado por la discriminación, que lo persiguió desde su nacimiento hasta su muerte y, aún después; que la política está para solucionar los problemas, no para crearlos. Aprendió de Mandela, quien utilizó la política para restañar, unir, tolerar.
Este joven,  consciente de la conspiración que auspició  y en cumplimiento de su misión histórica, al ser informado que los militares patriotas  apresaron  el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas,  la tarde del 24 de abril de 1965, se apresuró a través del programa radial del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), Tribuna Democrática, convocando  “al Pueblo dominicano a las calles a deponer el gobierno de facto y déspota del triunvirato e instaurar el gobierno constitucional de 1963…”.   Esta  gesta revolucionaria y sus dotes de orador de multitudes lo convirtieron  en un líder inigualable.
La periodista Margarita Cordero, en su artículo por el Respeto a Peña Gómez, nos explica: José Francisco Peña Gómez fue un rebelde, y solo esta condición, que le opuso de manera sistemática a los poderes fácticos, explica el ascenso de su estrella y su liderazgo popular aún hoy insuperable…Él supo siempre (o casi siempre) dónde estaba la razón, y no cedió un ápice en su defensa. Por eso tuvo la fuerza moral de decir “yo los perdono” la noche misma en que la muerte se lo arrebató al pueblo, aunque no a la egoísta Historia.”
En lo esencial de su fecundo legado político  se destacan la vigencia de su pensamiento táctico y estratégico. Primero, su inclaudicable convencimiento del valor de la participación popular en las grandes decisiones partidarias; segundo, la apertura masiva del PRD a las corrientes doctrinaria e ideológica del Nacionalismo Revolucionario, la Socialdemocracia y el Socialismo Democrático; tercero, la incorporación del quehacer político dominicano en las corrientes internacionales progresistas; cuarto, la reestructuración, orientación y conducción del PRD luego de varias tormentosas crisis internas; quinto, su eminente contribución al mejoramiento del sistema democrático dominicano, con el impulso de trascendentales reformas constitucionales, como la prohibición de la reelección presidencial; y, sexto, su desempeño pulcro como Alcalde de la Ciudad de Santo Domingo y como presidente del PRD reunía regularmente los organismos y  rendía cuentas de las finanzas del Partido en cumplimiento estatutario, no obstante estar facultado con poderes extraordinarios por mandato de la Convención.
A todos los perredeístas, este miércoles 6 de marzo cuando el líder cumpliría 76 años, nos corresponde levantar la bandera blanca y el jacho prendío y llegar hasta su tumba para hacer un juramento de autocrítica por la unidad y el reencuentro del PRD, por una Convención democrática y por una oposición en defensa y al servicio del pueblo dominicano.
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