Limpieza general

Limpieza general

Amin Arias Garabito

La política dominicana necesita adecentarse. Que se produzca una catarsis que obligue a cambiar las oxidadas estructuras de los partidos políticos, que haga desaparecer las malas prácticas gubernamentales, su arraigada red clientelar que extiende sus tentáculos hasta el infinito, y que drene definitivamente las tuberías de la nación, sacando de lo más profundo de sus entrañas las oscuras aguas de la corrupción, la indecencia y la falta de compromiso social.

La ausencia absoluta de una preocupación real por los verdaderos problemas que afectan a los dominicanos y dominicanas es la causa principal de esta pantomima en la que vivimos, de esta burda representación a la que asistimos fielmente día tras día.

El Congreso Nacional parece un mercado. No hay respeto alguno por parte de muchos legisladores a las instituciones, a los símbolos que representan la Soberanía Nacional, a la Casa del Pueblo que son el Congreso y el Senado de la República, símbolos de la representación popular que ellos y ellas ejercen por nuestro mandato, porque les hemos delegado ese grandísimo honor de ser Diputados y Senadores de la Nación.

Pero es que ya ni el valor de la República es algo que les importe… Al parecer, defender la República es crear conflictos inexistentes contra Haití, para así dar pan y circo a las masas a las que hay que mantener entretenidas mientras ellos y ellas perpetran un sinnúmero de barrabasadas, muchas de ellas delictivas, para cuya ejecución creen estar autorizados. Para ellos y ellas amar la Patria es poner una corona de flores cada 26 de enero en la tumba de Juan Pablo Duarte o sacar a lucir su bandera el 27 de febrero, mientras sus resoluciones no van dirigidas a acabar con la pobreza, exterminar el monstruo de la desigualdad, amparar a los colectivos desprotegidos e inconstitucionalmente marginados o a simplemente trabajar por el interés general, sino por el suyo propio.

Los partidos políticos en estos momentos no aportan absolutamente nada al juego democrático. Sus estructuras organizativas están llenas de dinosaurios políticos a los que, sin desmeritar en absoluto su trabajo en los años más duros de la dictadura o tras la llegada de la democracia, y reconociendo siempre su dilatada experiencia, tienen que ser urgentemente enviados a la jubilación, aportando desde un segundo plano sus conocimientos, pero dejando la construcción del futuro del país en manos de una nueva generación más acorde con la sociedad de este siglo en el que vivimos, todo por una sencilla razón: sus «métodos» de construcción nacional han fallado en todos los aspectos.

No es posible que quienes ostentaban cargos orgánicos en una determinada organización política, antes incluso de que yo naciera (y ha llovido mucho desde entonces), sigan ocupando el mismo o similar cargo dentro de las ejecutivas partidarias. No es posible, e incluso me atrevería a decir que resulta antidemocrático que sigan ejerciendo tales posiciones porque lo que hacen, muy conscientementemente, es desarrollar prácticas continuistas al más puro estilo trujillista y balagueristas que tanto critican.

El discurso del «aquí estoy yo, soy imprescindible, no puedo dejarlos huérfanos» es una forma de dominación absoluta sobre las masas que al verse sin esperanzas, sin soluciones efectivas, se aferran a la figura milagrosa de un héroe salvador que viene a entregar su vida por nosotros, pero que lo único que entrega es su baberío y sus proclamas vacías de contenido.

Nos engañan, y les dejamos pendejamente que lo hagan. Pues jactarse de representar las soluciones de los problemas nacionales sin un programa ejecutable, sin un análisis profundo y mucho menos sin bajar al «guetto» no será nunca creíble por mas que nos cambien espejitos por oro.

A veces la democracia para regenerarse necesita que desaparezcan determinados liderazgos o de lo contrario estaremos condenados a vivir eternamente metidos en un bucle, en un agujero del que nos será imposible asomar la cabeza para respirar.

La política dominicana se ha convertido en un juego de cromos. En un «toma y daca», la mejor expresión del «tú me das y yo te doy», al que se le suma la tesis del «si no me das un chin más de lo que te pedí entonces me enfado, me voy, te quedas solo y ya no somos amiguitos». Así de pueril es la política en nuestra querida República Dominicana, un juego de niños que juegan con la necesidad de la gente como si fuera un intercambio de «tazos», y golpean los nudillos del pueblo con tanta fuerza como cuando jugábamos de chamaquitos a las canicas.

El transfuguismo es una vergonzosa realidad que vivimos día a día. Los dirigentes se cambian de partido como de calzoncillos, precisamente cuando el que prometió no dio lo que dijo o simplemente porque el que se cambia a otra organización política lo hace porque ve una rentabilidad mayor en lo que ofrece el contrincante.

No hay un compromiso ideológico real, todo gira entorno a los personalismos, a las imposiciones de liderazgos, sean nuevos u obsoletos, y a una falta infinita de amor patrio, el que no ha de ser otra cosa que la preocupación perenne que se siente por el más desfavorecido.

Y no me refiero únicamente a la política de pactos que, en muchos de los casos puede estar justificada por circunstancias excepcionales en el avatar diario del trabajo de las organizaciones. Ni me refiero, claro está, a la creación de nuevas organizaciones políticas surgidas de la escisión de otras, que es algo absolutamente legítimo. Hablo de la falta absoluta de rigor de nuestros políticos, a la ausencia total de coherencia en sus planteamientos o a la ausencia misma de estos.

Las organizaciones políticas no tienen una hoja de ruta clara, con objetivos definidos, con cuestiones concretas que realmente aborden nuestros problemas y planteen soluciones viables y en plazos razonables. Un país que crece tanto anualmente no puede mantener a tres millones de personas en la extrema pobreza, con un sistema educativo deficiente y un mercado laboral poco atractivo, no industrializado y dependiente de factores como el turismo del que no vamos a poder vivir mucho más si no somos capaces de articular una política medioambiental efectiva.

El país está hundido y así seguirá por los siglos de los siglos. A menos que provoquemos ese rompimiento con las viejas prácticas, con esa forma añeja de hacer política.

Perpetuarse en las direcciones organizativas no es ni positivo ni democrático, por lo que debe producirse un reajuste profundo en las tuberías de la nación, a las que deben entrar nuevas aguas que refresquen el calor que se siente allí dentro. Nuevas aguas y nuevos aires que oxigenen todo aquello y expulsen el hediondo vaho que nos repugna.

Pero como el poder no se regala, hay que tomarlo, entonces tendremos que plantearnos hacernos con él asumiendo todas las consecuencias: participando activamente en política y emitiendo nuestras opiniones, expresando nuestros pensamientos, vertiendo nuevas experiencias aunque eso nos cueste que nos llamen «filorios, soñadores y muchachos». Total, eso mismo le llamaron a los trinitarios cuando pretendieron perpetuar el cambio político en nuestra media isla, los vilipendiaron, los persiguieron, los acusaron de traidores, y sin embargo ellos, los trinitarios, que la mayoría no llegaba a los 30 años de edad, lograron darnos una nacionalidad de la que hoy nos sentimos orgullosos y orgullosas.

O empuñamos las armas de la democracia que no son otras que la palabra, la decencia y las buenas prácticas, y echamos de nuestras instituciones a los corruptos o moriremos muy pronto faltos de amor propio.

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