¡Navidad pa’l pueblo!

Amín Arias GarabitoAmín Arias Garabito
Dominicano residente en Europa
@AminArias

Hay pocas cosas en el mundo que me gusten tanto como la Navidad. No sé si le pasa a más gente, pero lo que es a mi como que me sube «una cosquillosa por el costao» cada vez que escucho la canción de «El Pavo y el Burro». Es una sensación verdaderamente indescriptible. Ciertamente estoy convencido de que cuando llega la Navidad, los que la celebramos, los que sentimos ese «espíritu», amamos más, nos metemos a todo el mundo en el corazón aún a riesgo de que colapse y a pesar de que alguno haya sido más que un cabroncete durante el año.

Amamos más pero no porque en el resto del año no lo hayamos hecho, sino porque estamos extremadamente sensibles y por tanto somos propensos a esa
sensibilidad humana y a que se nos aflojen las rodillas y se nos caiga alguna lágrima en cada abrazo que damos. Como dice un viejo villancico que
cantábamos en la escuela cuando yo era uno de los niños del Coro (sí, señoras y señores, yo cantaba muy bien… hasta que la naturaleza decidió acabar
con mi preciosa voz blanca) que la Navidad «es el tiempo del año para reunir la familia». Una verdad tan grande como un templo. Y menos mal que la hemos convertido en eso porque el objetivo original es celebrar el nacimiento de Jesús que, me van a perdonar los cristianos por romperle sus esquemas nuevamente,
cualquier persona que haya leído algo más que la Biblia sabe que no nació el 25 de diciembre y que su venida al mundo se sitúa entre la primavera y el
verano, por varias cuestiones obvias, y entre ellas la de que si El Mesías hubiera nacido en un pesebre de Belén ese día, la Sagrada Familia hubiera
perecido de frío porque para estas fechas en las que estamos toda Judea y Palestina se encuentran en pleno invierno.

Así que, hermanos y hermanas, lo siento mucho otra vez, pero hay que empezar a asumir que la celebración del nacimiento de Jesús se hace por cuestiones de
ajustes del calendario gregoriano y por disposición papal justo el día del culmine de una de las celebraciones paganas por excelencia: el Solsticio de
Invierno. Aunque los familiares y los amigos tenemos todo el año para vernos (y seguro que lo hacemos) esperamos las fechas navideñas para darnos el gran
homenaje (que también incluye varias «jarturas», atracones de dulces, un «jumo» de vino y concluye con varios kilitos demás y el colesterol por las nubes).

Convertimos la Navidad en la fiesta familiar por excelencia. Yo que estoy taaaaaan lejos de mi Azua natal, echo muchísimo de menos el tener esos momentos
para compartir con los amigos y el montonazo de familiares que tengo, porque en Santo Domingo (y eso lo sabemos muy bien los dominicanos) los vecinos son como una extensión de tu familia.
Recuerdo el «lechón asao» de mi tío Amaury, los pollos mandados a asar en donde los Basora (previo pago y habiendo pedido turno varios días antes)
porque no todo el mundo tenía horno en el barrio para hacerlos; el Pan Telera que comprábamos en la panadería de los Lama; el rico sabor del Moscatel Caballo Blanco que era lo único que me dejaban beber porque era menor de edad (en RD los púberes tienen licencia para tomarse un vinito y un vaso de Ponche Crema de Oro -siempre es Ponche Crema de Oro- en un vasito cervecero de plástico, y siempre bajo la supervisión de las abuelas, que dizque están vigilando, pero ¡embuste! ellas son las que rellenan el vaso una y otra vez).

Así es como acaba uno, tirando piropos a todo lo que se le menea a lado, bailando sin combinar un solo paso el «alegre vengo» y tocando con un pandero, una güira y una tambora que nadie sabe de donde salieron. Y es ahí, al rededor de la fogata, entre unas cuantas botellas de «Palo Viejo» que alguien trajo porque se la dieron en la «fundita» que repartió el Gobierno el día 22; medio pote de anís del año pasado; un clerén que compró «el matatán» del barrio en la frontera cuando fue a Elias Piña a comprar una paca de tenis para revender; platos llenos de ensalada rusa, una blanca y otra roja porque le echaron remolacha; arepita de maíz; espagueti como para alimentar a un ejército hambriento; unos dulces latigosos que se pegan en los dientes; uvas por pipá y una colección de manzanas de todos los colores; cerveza Presidente bien vestidita de novia del colmado de mi tía Lourdes; carne ¡mucha carne! y ese vasito de Vino Tinto La Fuerza, que es el más barato, y que nadie escapa a probarlo, donde se improvisa un aguinaldo. Los tigueres y «la muchachada» va casa por casa despertando a las doñas que se fueron a acostar temprano.

Piden lo suyo, le bailan el «volvió Juanita» y a otra casa. Así hasta que ya tienen para hacer su chocolate con jengibre y los chelitos con que completar el serrucho para las chaticas de romo. Al otro día, el día de Navidad, a nadie le dura la resaca. Se toman una «rapidita» y santo remedio. Ahora toca calentar todo lo que sobró de la noche anterior y comerse las cenas que las vecinas pasaron el día 24 por la empalizada. Ese día no se cocina y se bebe desde por la mañana «hasta el amaneca». Ya son diez años sin disfrutar de todo eso.
Diez años por estas gélidas Navidades del norte del planeta. Sin duda son bonitas las celebraciones por aquí, todo muy blanco y mucho Papá Noel. Pero como la alegría de mi República Dominicana no hay dos. Y eso hace que disfrutemos las Navidades el doble. El año que viene yo no me quedo por aquí. RD me verá bailando «salsa pa tu lechón» y bebiendo «triculí» Made in El Hoyo. Quiero música… Quiero embriagarme de pueblo y de Navidad. @AminArias

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